24 de febrero de 2009

Una Iglesia que no sirve...



Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada.
¿Sirve la Iglesia para algo?.

No hace mucho que leí un magnífico artículo sobre la indiferencia religiosa, en donde una persona trataba de justificar su indiferencia ante la religión diciendo más o menos que la Iglesia no le mantenía a los hijos. Desde luego, y como decía el autor, que si sólo es bueno lo que da de comer, cabría decir que hay muchas cosas y personas que no sirven para nada como el ver una obra de arte, leer un poema o cuidar de un niño o un anciano. ¿Será la Iglesia una institución inútil que no sirve para nada?, ¿Qué puede hacer la Iglesia por este mundo? ¿No basta con la labor de los políticos, de los economistas, de los científicos...?


El autor nos proponía imaginar que en el mundo habían desaparecido los problemas más acuciantes: el hambre, el paro, la guerra, las injusticias, las enfermedades, la incultura... Pues bien, creemos que a pesar de ello sería legítimo hacerse una pregunta: ¿qué sentido tiene la vida?. Y esa es una pregunta que siempre será preciso hacerla, pues el corazón humano nunca se sacia plenamente con las cosas de la tierra. Sólo Dios podrá dar respuesta a las más profundas aspiraciones del hombre. Por eso, por muchas vueltas que de la vida, los hombres nunca podrán ser totalmente indiferentes al problema religioso. Y es precisamente la Iglesia quien puede recordar a la humanidad el sentido y la verdad más profunda de la vida, que no se reduce a este mundo. La Iglesia recuerda cómo Dios creó el mundo por amor y envió a su Hijo al mundo para salvarlo. Y, guiada por el Espíritu Santo, prolonga a lo largo del tiempo la obra de Jesús.Es misión de la Iglesia recordar la gran verdad que el mundo pretende ignorar, la esperanza a la que el ser humano está llamado a vivir. La falta de esperanza en Dios y el reducir todo el esfuerzo a conseguir los bienes materiales, es con mucha frecuencia, causa de egoísmos, injusticias y otros muchos males.


Es verdad que la misión de la Iglesia no es de orden político, económico o social, sino religioso. Pero de esta misión religiosa se deriva el esfuerzo por hacer un mundo más humano, en el que se garantice la dignidad de las personas o se garanticen sus derechos.


La Iglesia tiene el deber de crear obras al servicio de los hombres, sobre todo de los más necesitados. Así por ejemplo nada tiene de extraño que se preocupe de crear residencias para ancianos, centros para personas con deficiencia mental, hogares para las mujeres en situación difícil, centros de rehabilitación de toxicómanos, colegios de enseñanza, hospitales y dispensarios, hogares para transeúntes, etc... Así mismo la Iglesia debe preocuparse y así lo hace, de defender los derechos humanos, de contribuir a la paz, a la cultura... No cabe duda de que, en este sentido, ha prestado y está prestando un gran servicio a la humanidad, impulsando la lucha contra la miseria, la injusticia, las discriminaciones de todo tipo...


La Constitución pastoral Gaudium et spes, nº 43 nos dice: "Se equivocan los cristianos que con el pretexto de que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas... El cristiano que falta a sus deberes temporales falta a sus deberes para con el prójimo, falta a sus deberes para con Dios y pone en peligro su eterna salvación".


Es un gran error pensar que la práctica de la religión consiste solamente en acudir a los actos de culto y que no tiene nada que ver con los trabajos y asuntos temporales (como la economía, la política, la cultura...) Es lo que el Concilio llama "divorcio entre la fe y la vida diaria". Por eso es un mal cristiano quien no se compromete en serio, en la medida de sus posibilidades, a mejorar este mundo.


Recordemos aquella frase: “Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada”. Pero si la misión de la Iglesia es, precisamente, colaborar a hacer un mundo mejor y, además, a conseguir la salvación eterna, y eso lo hace, está prestando un gran servicio a la humanidad.



"Gracias, Señor, por la Iglesia. De veras que no entiendo a los que dicen que creen en ti, pero no creen en ella.¿Para qué hacen falta intermediarios? ¿Para qué hace falta la Iglesia?, balbucean. De nuevo te digo: gracias por la Iglesia. Gracias a ella me ha llegado tu palabra, gracias a ella he podido conocerte. Si su voz se apagara en este mundo, ¿quién podría gritar en favor de los más débiles? ¿Quién podría recordar que tu eres Padre y que son los otros hombres mis hermanos?Ayúdanos, Señor, a amar a tu Iglesia, a trabajar con ilusión en ella, a descubrir la tarea tan inmensa que tú has puesto en nuestras manos. Amén".

LA SANTA CUARESMA.


La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. Es tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo.


La Cuaresma dura 40 días; comienza el Miércoles de ceniza y termina antes de la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo. A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios.


El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa luto y penitencia. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de conversión espiritual; tiempo de preparación al misterio pascual.


En la Cuaresma, Cristo nos invita a cambiar de vida. La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un camino hacia Jesucristo, escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo y haciendo obras buenas. Nos invita a vivir una serie de actitudes cristianas que nos ayudan a parecernos más a Jesucristo, ya que por acción de nuestro pecado, nos alejamos más de Dios.


Por ello, la Cuaresma es el tiempo del perdón y de la reconciliación fraterna. Cada día, durante toda la vida, hemos de arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos que se oponen a nuestro amor a Dios y a los hermanos. En Cuaresma, aprendemos a conocer y apreciar la Cruz de Jesús. Con esto aprendemos también a tomar nuestra cruz con alegría para alcanzar la gloria de la resurrección.


Al mismo tiempo, la ceniza que se nos impone al comienzo de este tiempo, es símbolo de penitencia, y bendecida por la Iglesia, se convierte en un sacramental que nos mueve a desarrollar el espíritu de humildad y de sacrificio.


"Señor, hoy nos recuerdas que somos pecadores, invitándonos a la conversión radical de nuestras vidas. Hoy nos dices: conviértanse y crean en el Evangelio. Es una consigna de liberación de todo lo que nos degrada. He aquí la tarea de la cuaresma en camino hacia la pascua. La ceniza es garantía de resurrección del hombre nuevo. Queremos despojarnos de la hipocresía que nos corroe. Que sepamos buscarte y agradarte en lo secreto. Queremos rehacer nuestra opción bautismal para llegar a la noche de la vigilia pascual como hombres y mujeres nuevos, renacidos de tu Espíritu. Amén".


14 de febrero de 2009

San Valentín, presbítero y mártir.


Según los escritos antiguos y la tradición, San Valentín, fue presbítero y mártir cristiano de la Iglesia primitiva. Valentín, junto con San Mario, y su familia, socorría a los mártires de la persecución de Claudio II. Su virtud y sabiduría le habían granjeado la veneración de los cristianos y de los gentiles. Mereció el nombre de "Padre de los pobres" por su caridad y su celo pastoral. Obligado a apostatar de la fe en Cristo, fue detenido, encarcelado, encadenado y apaleado con mazas. Ante tanta fortaleza en el martirio, fue enviado por el emperador al prefecto de Roma, quien al ver que todas sus promesas para hacerlo renunciar a la fe eran ineficaces mandó a que lo decapitaran. Esto tuvo lugar el 14 de febrero del año 270. Parece que fue el Papa Julio I quien hizo construir una iglesia cerca de Ponte Mole en memoria del mártir. La mayor parte de sus reliquias están ahora en la iglesia de Santa Praxedes. La costumbre sajona de que los jóvenes y las doncellas se escogieran como prometidos en este día, probablemente se basa en la creencia popular que encontramos relatada en la literatura desde los tiempos del poeta inglés Chaucer, de que los pájaros comenzaban a formar parejas el día de San Valentín. “Yo soy la luz del mundo. Quien me sigue, no anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan, 8, 12).

12 de febrero de 2009

En el día del enfermo.

Cada 11 de febrero, fiesta de Ntra. Sra. de Lourdes, la Iglesia celebra el día del enfermo. Aunque se les recuerda en un día concreto, todos los días son "día del enfermo". Recemos por ellos, por los enfermos de nuestra familia, de nuestra parroquia, de nuestro mundo, por toda la gente que sufre a nuestro alrededor, en muchos hogares, en los hospitales, en las residencias... Por todos ellos, por los que los cuidan, para que el Señor los llene de su paz, de su amor, de su consuelo... y también por los que tarde o temprano tendremos que abrazar la cruz del dolor, la enfermedad y el sufrimiento, recemos esta oración del Papa Juan Pablo II.

Señor, Tu conoces mi vida y sabes mi dolor,
haz visto mis ojos llorar,
mi rostro entristecerse,
mi cuerpo lleno de dolencias
y mi alma traspasada por la angustia.

Lo mismo que te pasó a ti
cuando, camino de la cruz,
todos te abandonaron.
Hazme comprender tus sufrimientos
y con ellos el Amor que Tu nos tienes,
y que yo también aprenda
que uniendo mis dolores a Tus Dolores
tienen un valor redentor por mis hermanos.

Ayúdame a sufrir con Amor,
hasta con alegría.
Si no es ¨posible que pase de mí este cáliz¨.
Te pido por todos los que sufren:
por los enfermos como yo,
por los pobres, los abandonados, los desvalidos,
los que no tienen cariño ni comprensión y se sienten solos.

Señor: Sé que también el dolor lo permites tu
para mayor bien de los que te amamos.
Haz que estas dolencias que me aquejan,
me purifiquen, me hagan más humano,
me transformen y me acerque más a Tí. Amén.

29 de enero de 2009

Doctor Angélico.


Santo Tomás de Aquino, conocido también como el Doctor Angélico, es el filósofo escolástico de mayor trascendencia y uno de los más importantes filósofos cristianos de todos los tiempos, nació en Roccasecca (cerca de Aquino, Italia) en 1224. Tras realizar sus primeros estudios en el monasterio benedictino de Monte Cassino y en la Universidad de Nápoles, ingresó con veinte años de edad en la orden de dominicos. Marcha a París y allí estudia con San Alberto Magno, quien será su maestro.
Tomás era de cuerpo grande y solía presenciar las clases desde los últimos lugares, tomando apuntes y permaneciendo en silencio. Sus compañeros lo llamaban "el buey mudo", y según cuenta la tradición, San Alberto Magno dijo al respecto: “este buey mudo un día llenará al mundo con sus bramidos”, y por la bastedad y la repercusión de sus escritos, podemos decir que así fue.
En 1252 retornó a París para graduarse como Maestro de Teología. Enseñó en París entre 1256 y 1259, y continuó luego con esta labor en distintas ciudades italianas. Se estableció nuevamente en París en 1269 y en 1272, retornó a Nápoles. Redactó mientras tanto sus dos obras fundamentales: la Suma contra gentiles y la Suma teológica.
Murió en el año 1274, mientras viajaba al Concilio de Lyón, en el monasterio cisterciense de Fossanova.
Entre sus obras encontramos los Comentarios a Aristóteles, La Suma Teológica (su obra más extensa) es una presentación completa y simplificada de su pensamiento en Teología. La Suma contra gentiles, es una fundamentación más profunda de los temas tratados. Entre las cuestiones disputadas se destacan De Veritate y De Potencia.
Al mismo tiempo, sus demostraciones de la existencia de Dios, conocidas como "Las Cinco Vías", han tenido a lo largo de estos siglos, una trascendencia enorme.

27 de enero de 2009

Eucaristía y comunión.


Como nos dice el Papa, durante la celebración de la Misa, el altar se convierte, de cierta forma, en punto de encuentro entre el Cielo y la tierra; el centro, podríamos decir, de la única Iglesia que es celeste y al mismo tiempo peregrina en la tierra.

Cada celebración eucarística anticipa el triunfo de Cristo sobre el pecado y sobre el mundo, y muestra en el misterio el fulgor de la Iglesia.

La presencia real de Cristo en la Eucaristía, nos dice Benedicto XVI, es una presencia dinámica, que nos aferra para hacernos suyos, para asimilarnos a él; nos atrae con la fuerza de su amor haciéndonos salir de nosotros mismos para unirnos a Él, haciendo de nosotros una sola cosa con Él.

Pero una cosa fundamental al celebrarse la Eucaristía, es la unidad de los hermanos en la fe. Podemos preguntarnos, si posible estar en comunión con el Señor si no estamos en comunión entre nosotros, o si podemos presentarnos ante el altar de Dios divididos, lejanos unos de otros.

Es necesario el perdón y la reconciliación fraterna antes de comulgar. Nuestra alma debe abrirse al perdón y a la reconciliación fraterna, dispuestos a aceptar las excusas de cuantos nos hayan herido y dispuestos siempre a perdonar.

Cuando los creyentes estamos unidos por la caridad, y tomando la frase de San Agustín, nos convertimos verdaderamente en casa de Dios que no teme derrumbarse.

En este sentido, es urgente la necesidad no sólo de la comunión, sino también de la corresponsabilidad, pues la comunión eclesial es también una tarea confiada a la responsabilidad de cada uno.

Que el Señor nos conceda una comunión cada vez más convencida y operante, en la colaboración y en la corresponsabilidad en todos los niveles: entre obispos y presbíteros, consagrados y laicos, y entre las distintas comunidades cristianas.

26 de enero de 2009

La conversión de San Pablo.


Celebramos la Fiesta de la conversión de San Pablo. Con esta fiesta, la Iglesia recuerda y conmemora uno de los mayores acontecimientos ocurridos en los tiempos apostólicos; la conversión del que fue perseguidor y fanático exterminador de la naciente comunidad cristiana. Es ver morir al judío radical, y presenciar el nacimiento esplendoroso del cristiano y del apóstol". San Jerónimo afirmaba que "El mundo no verá jamás otro hombre de la talla de San Pablo".

La vocación de Pablo es un llamamiento personal de Cristo, y que tiene como respuesta la generosidad. En los santos Evangelio hay otros llamamientos personales del Señor, pero son llamadas que tuvieron por respuesta el no seguimiento y la no perseverancia.

San Pablo será ahora tras su conversión al Señor, como un fariseo al revés. Antes, sólo la Ley de ahora en adelante, únicamente Cristo será el centro de su vida. Por ello, Pablo es llamado "el Primero después del único".

Normalmente los llamamientos del Señor son mucho más sencillos, menos espectaculares. No suelen llegar en medio del huracán y la tormenta, sino que se presentan en medio de la suave brisa de los acontecimientos ordinarios de la vida, Todos tenemos nuestro camino de Damasco y a cada uno de nosotros nos llama el Señor en el tramo más inesperado del camino a ser sus discípulos.

Discípulo, por tanto, no es alguien que abandona algo; es aquel que, respondiendo decididamente a una llamada, ha encontrado a alguien. Lo que uno cree que ha perdido, se compensa con creces, y luego termina siendo una ganancia. El propio Pablo llega a afirma: "Todo lo que para mí era ganancia, lo tengo por pérdida comparado con Cristo. Todo lo tengo por basura con tal de ganar a Cristo. Sólo una cosa me interesa: olvidando lo que queda atrás y lanzándome a lo que está delante, corro hacia la meta, hacia el galardón de Dios, en Cristo Jesús".

Que siguiendo el ejemplo de Pablo tras su conversión, también nosotros sepamos estar siempre prestos a escuchar la voz del Señor y a trabajar incansablemente por la extensión del Reino.

11 de enero de 2009

En la fiesta del Bautismo del Señor


Las fiestas de Navidad, ya han finalizado, y comienza el Tiempo Ordinario en la Liturgia de la Iglesia.

Después de estas fiestas de Navidad y de Epifanía, que hemos vivido, la Iglesia nos invita este domingo, a contemplar los hechos y las enseñanzas de Jesús en el inicio de su vida pública, inaugurada con su Bautismo en el río Jordán.

Ahora es el tiempo de vivir con Jesús, proclamando la venida del Reino de Dios. Ahora es el tiempo de compartir la gloria del Señor, aclamado por todos como el salvador de Israel, pero además, es el tiempo de seguir a Jesús hasta el Calvario, para entrar por siempre en la Gloria del cielo.

El bautismo para el cristiano, es el sacramento por el cual nos incorporamos a la Iglesia, es la puerta que se nos abre para seguir a Jesús y entrar en su vida inmortal.

Juan Bautista bautizó con agua; Jesús ahora nos bautiza en el Espíritu Santo. Porque este es el Espíritu de Amor que, en el momento de la Creación, aleteaba sobre la superficie de las aguas, y este es el mismo Espíritu de Amor que condujo a Jesús a ofrecerse por Amor, a su Padre, para todos los hombres.

Jesús es nuestro Salvador: él está puro de cualquier pecado. ¿Entonces por qué lo bautizó Juan? Simplemente, para que se manifestara visiblemente en Jesús, la gloria del Padre, por medio del Espíritu Santo.

No nos olvidemos: el Espíritu Santo está ahí para recordarnos todo lo que el Señor ha dicho y hecho. El Espíritu Santo invita a la Iglesia a vivir otra vez la humildad de su Maestro, de manera que ella pueda compartir, un día, la Gloria de su Resurrección.

En el Bautismo, recordamos que Jesús fue glorificado por su Padre: Jesús se humilló ante Juan el Bautista, y su Padre manifestó su Gloria, Omnipotencia y su amor para con Él. Pero es el Espíritu Santo que viene para manifestar su presencia, visible, corporal, bajo la forma de una paloma nada más ser bautizado.

También nosotros hemos recibido en el sacramento del Bautismo al Espíritu Santo, que hace posible en nuestra existencia una vida nueva como hijos e hijas de Dios para en todo amarlo y servirlo, participando así en su reino de amor y de paz, en esta vida y en la eterna. Pero para que esto sea posible en nosotros, depende de la disposición que tengamos para escuchar y poner en práctica sus enseñanzas, identificándonos con Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y el Servidor por excelencia. Hoy es un día para recordar nuestro propio bautismo y darle gracias al Señor por abrirnos las puertas de la Iglesia, de la gran familia de los Hijos de Dios. Hoy es un día propicio, para renovar nuestra fe, la fe que nuestros padres nos transmitieron, la misma fe que hace que descubramos cada día en Jesús, a nuestro Dios y Señor, al Salvador del mundo.

1 de enero de 2009

SANCTA MARIA, MATER DEI.


Hoy, como cada 1 de enero, celebramos a Nuestra Señora bajo el título de Madre de Dios. La Iglesia Católica quiere comenzar el año pidiendo la protección de la Santísima Virgen María. La fiesta mariana más antigua que se conoce en Occidente es la de "María Madre de Dios". Ya en las Catacumbas o subterráneos más antiguos, cavados debajo de la ciudad de Roma y donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Santa Misa, en tiempos de las persecuciones, hay pinturas de la Virgen María con este título de "María, Madre de Dios".

Si nosotros hubiéramos podido formar a nuestra madre, ¿qué cualidades no le habríamos dado? Pues Cristo, que es Dios, sí formó a su propia madre. Y ya podemos imaginar que la dotó de las mejores cualidades que una criatura humana puede tener.

Pero, ¿es que Dios ha tenido principio? Sabemos que no. Dios nunca tuvo principio, y la Virgen no formó a Dios. Pero Ella es Madre de Jesús, segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo hecho carne en las entrañas puras de la Virgen Santa y por eso, la Virgen María es la Madre de Dios.

Decía San Estanislao: "La Madre de Dios es también madre mía". Quien nos dio a su Madre santísima como madre nuestra, en la cruz al decir al discípulo que nos representaba a nosotros: "He ahí a tu madre", ¿será capaz de negarnos algún favor si se lo pedimos en nombre de la Madre Santísima?

Cuando en el año 431 el hereje Nestorio se atrevió a decir que María no era Madre de Dios, se reunieron los 200 obispos del mundo en Éfeso, e iluminados por el Espíritu Santo, declararon: "La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios". Y acompañados por todo el gentío de la ciudad que los rodeaba portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén".

El título "Madre de Dios" es el principal y el más importante de la Virgen María, y de él dependen todos los demás títulos y cualidades y privilegios que Ella tiene.

Los santos muy antiguos dicen que en Oriente y Occidente, el nombre más generalizado con el que los cristianos llamaban a la Virgen era el de "María, Madre de Dios".
Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis.

31 de diciembre de 2008

Gracias Señor, por el año que termina.


“Señor Dios, dueño del tiempo y de la eternidad, tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro.

Al terminar este año quiero darte gracias por todo aquello que he recibido de Tí.

Gracias por la vida, por la salud y la enfermedad, por la alegría y el dolor, por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser. Te ofrezco cuanto hice en este año, el trabajo que pude realizar, las cosas que pasaron...

Pero también Señor, hoy quiero pedirte perdón por el tiempo perdido, por las obras vacías y por el trabajo mal hecho...


También perdón por la oración que poco a poco fui aplazando y que hasta ahora vengo a presentarte, por todos mis olvidos, descuidos y silencios…


Deseo vivir cada día del nuevo año, con optimismo y bondad, llevando a todas partes un corazón lleno de comprensión y paz.


Cierra mis oídos a toda falsedad y mis labios a palabras mentirosas, egoístas o hirientes.


Abre mí ser a todo lo que es bueno, que mí espíritu se llene sólo de bendiciones y las derrame a cada paso que doy.


Cólmame de bondad y de alegría para que cuantas personas se acerquen a mí, encuentren un poquito de Tí.


Dentro de poco, iniciaremos un nuevo año, detengo mi vida ante el nuevo calendario aún sin estrenar y te los presento a ti Señor, ya que sólo "TÚ" sabes si llegaré a vivirlos.


Te pido por todas las familias, concédeles paz, alegría, salud y fortaleza.


Dios Todopoderoso, danos un año lleno de Bendiciones y enséñanos a seguir siendo instrumentos de tu bondad. Amén.

25 de diciembre de 2008

NATIVITAS DOMINI NOSTRI IESU CHRISTI.


La Iglesia en su misión de ir por el mundo llevando la Buena Nueva ha querido dedicar un tiempo a profundizar, contemplar y asimilar el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. A este tiempo lo conocemos como Navidad. Cerca de la antigua fiesta judía de las luces y buscando dar un sentido cristiano a las celebraciones paganas del solsticio de invierno, la Iglesia aprovechó el momento para celebrar la Navidad.

En este tiempo, los cristianos por medio del Adviento nos preparamos para recibir a Cristo, "luz del mundo" (Jn 8, 12) en nuestras almas, rectificando nuestras vidas y renovando el compromiso de seguirlo con más fidelidad. Durante el Tiempo de Navidad al igual que en el Triduo Pascual de la semana Santa, celebramos la redención del hombre gracias a la presencia y entrega de Dios, pero a diferencia del Triduo Pascual en el que recordamos la Pasión y Muerte del Salvador, en la Navidad recordamos que Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros.

Así como el sol despeja las tinieblas durante el alba, la presencia de Cristo irrumpe en las tinieblas del pecado, para mostrarnos el camino a seguir. Con su luz nos muestra la verdad de nuestra existencia. Cristo mismo es la vida que renueva la naturaleza caída del hombre y de la naturaleza. La Navidad celebra esa presencia renovadora de Cristo que viene a salvar al mundo.

La Iglesia en su papel de Madre y Maestra por medio de una serie de fiestas busca concienciar al hombre de este hecho tan importante para la salvación. Por ello, es necesario que todos los cristianos vivamos con recto sentido, la riqueza de la vivencia real y profunda de la Navidad, el Nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios.

24 de diciembre de 2008

EN EL MISTERIO DE BELÉN.


Esta noche, todos los caminos llevan a Belén. ¡Ha nacido Jesús, en Belén de Judá!.
Las Escrituras Santas nos cuentan algo de este acontecimiento que ha marcado para siempre el rumbo de la humanidad, y nos dice el Evangelio de Lucas; “Por aquellos días, salió un decreto del emperador César Augusto ordenando un censo en todo el Imperio. Y todos iban a empadronarse, cada uno a su ciudad. También José, desde Galilea, subió a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén, y allí se inscribió con su esposa María que estaba embarazada. Y mientras estaban en Belén, le llegó a María el momento de parto, y dio a luz a su hijo y lo envolvió en pañales acostándolo en un pesebre, por no haber sitio en la posada”.
También escuchamos en el Evangelio, lo que en la Noche santa los Ángeles dijeron a los pastores y que ahora la Iglesia nos proclama: “Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis una señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.
Nada prodigioso, nada extraordinario, nada espectacular se les da como señal a los pastores. Verán solamente un niño envuelto en pañales que, como todos los niños, necesita los cuidados maternos; un niño que ha nacido en un establo y que no está acostado en una cuna, sino en un pesebre. La señal de Dios es el niño, su necesidad de ayuda y su pobreza. Sólo con el corazón los pastores podrán ver que en este niño se ha realizado la promesa del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura: “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”.
Tampoco a nosotros se nos ha dado una señal diferente. El ángel de Dios, a través del mensaje del Evangelio, nos invita también a encaminarnos con el corazón, hacia el portal de Belén para ver al niño acostado en el pesebre
La señal de Dios es la sencillez, la señal de Dios es el niño. La señal de Dios es que Él se hace pequeño por nosotros. Éste es su modo de reinar. Él no viene con poderío y grandiosidad. Viene en la debilidad de un niño recién nacido y necesitado de nuestra ayuda. Pide nuestro amor: por eso se hace niño. No quiere de nosotros más que nuestro amor, a través del cual aprendemos espontáneamente a entrar en sus sentimientos, en su pensamiento y en su voluntad: aprendamos a vivir con Él y a practicar también con Él la humildad de la renuncia que es parte esencial del amor. Dios se ha hecho pequeño para que nosotros pudiéramos comprenderlo, acogerlo, amarlo.
El Hijo mismo es la Palabra, la Palabra eterna se ha hecho pequeña, tan pequeña como para estar en un pesebre. Se ha hecho niño para que la Palabra esté a nuestro alcance. Dios nos enseña así a amar a los pequeños. A amar a los débiles. A respetar a los niños.
El niño de Belén nos hace poner los ojos en todos los niños que sufren y son explotados en el mundo, tanto los nacidos como los no nacidos. En los niños que sufren la miseria y el hambre; en los que son maltratados y explotados, en los niños carentes de todo amor. En todos ellos, es el niño de Belén quien nos reclama; nos interpela el Dios que se ha hecho pequeño. En esta noche, oremos para que el resplandor del amor de Dios acaricie a todos estos niños, y pidamos a Dios que nos ayude a hacer todo lo que esté en nuestra mano para que se respete la dignidad de los niños; que nazca para todos la luz del amor, que el hombre necesita más que las cosas materiales necesarias para vivir.
La Navidad, se ha convertido en la fiesta de los regalos, pero el verdadero regalo que podemos hacer en Navidad a los demás, es darnos a nosotros mismos para imitar a Dios que se ha dado a sí mismo. Entre tantos regalos que compramos y recibimos no olvidemos el verdadero regalo: darnos mutuamente algo de nosotros mismos. Darnos mutuamente nuestro tiempo. Abrir nuestro tiempo a Dios.
Y en las comidas de estos días de fiesta recordemos la palabra del Señor: “Cuando des una comida o una cena, no invites a quienes corresponderán invitándote, sino a los que nadie invita ni pueden invitarte”. Precisamente, esto significa también: Cuando tú haces regalos en Navidad, no has de regalar algo sólo a quienes, a su vez, te regalan, sino también a los que nadie hace regalos ni pueden darte nada a cambio. Así ha actuado Dios mismo, y nosotros, lo hemos hecho también en la parroquia con la campaña de alimentos para los más necesitados.
Pidámosle al Señor en esta noche santa, que nos dé la gracia de mirar esta noche el pesebre con la sencillez de los pastores para recibir así la alegría con la que ellos volvieron a sus casas. Roguémoslo que nos dé la humildad y la fe con la que san José miró al niño que María había concebido del Espíritu Santo. Pidamos que nos conceda mirarlo con el amor con el cual María lo contempló. Y pidamos que la luz que vieron los pastores también nos ilumine y se cumpla en todo el mundo lo que los ángeles cantaron en aquella noche: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”.
Jesús, que en tu nacimiento lo haces al modo de los más abandonados, danos a nosotros la capacidad de soportar todo con amor, con paciencia, con esperanza. Tú eres el único, que teniéndolo todo, preferiste no ser nadie, enséñanos a aprender de ti, a esperar siempre y nada más que en ti..
Acuérdate buen Jesús, Rey de Reyes, Señor de Señores, de los muchos niños que no escucharán villancicos en esta Navidad, de los muchos niños que no tendrán regalos, de los muchos niños que quizás, ahora y nunca, tendrán una Feliz Navidad.
Ten misericordia de nosotros, Señor, de los hombres y mujeres que peregrinamos en este mundo, y vamos a tu encuentro, ten misericordia.
Y recuerda, Jesús, que el mejor regalo que hemos tenido, lo has sido tú. Si tú no naces en nuestros corazones, es inútil celebrar la Navidad.
Gracias Jesús, por nacer en la pobreza de Belén. Gracias, mil gracias, Jesús, por hacerte niño, y venir a vivir con nosotros.

14 de diciembre de 2008

EN UNA NOCHE OSCURA...



Juan de Yepes, nombre de pila de San Juan de la Cruz, nació en Fontiveros, Ávila, en 1542. Es el patrono de los poetas en lengua española. A los veintiún años ingresó como novicio en la orden de los Carmelitas y al año siguiente se trasladó a Salamanca para iniciar estudios en Teología, para poco después entrar en contacto con Santa Teresa de Jesús. San Juan de la Cruz, siguió a Santa Teresa en su Reforma Carmelitana. En 1568 fundó en Duruelo el primer convento de Carmelitas Descalzos de la rama masculina, donde instauró unos hábitos monacales basados en la austeridad y en la contemplación más rigurosas. Debido a este cisma entre los carmelitas calzados y los carmelitas descalzos, dio a parar con sus huesos en la cárcel, donde escribió buena parte de su obra bajo la pena del cautiverio, y donde mortificó su cuerpo y depuró su alma.

Santa Teresa había visto en Juan un alma muy pura, a la que Dios había comunicado grandes tesoros de luz y cuya inteligencia había sido enriquecida por el cielo. Los escritos del santo justifican plenamente este juicio de Santa Teresa, particularmente los poemas de la "Subida al Monte Carmelo", la "Noche Oscura del Alma", la "Llama Viva de Amor" y el "Cántico Espiritual", con sus respectivos comentarios. Así lo reconoció la Iglesia en 1926, al proclamar doctor a San Juan de la Cruz por sus obras Místicas.

La doctrina de San Juan se resume en el amor del sufrimiento y el completo abandono del alma en Dios. Ello le hizo muy duro consigo mismo; en cambio, con los otros era bueno, amable y condescendiente. Por otra parte, el santo no ignoraba ni temía las cosas materiales, puesto que dijo: "Las cosas naturales son siempre hermosas; son como las migajas de la mesa del Señor.

San Juan de la Cruz vivió la renuncia completa que predicó tan persuasivamente. Pero a diferencia de otros menores que él, fue "libre, como libre es el espíritu de Dios". Su objetivo no era la negación y el vacío, sino la plenitud del amor divino y la unión sustancial del alma con Dios. "Reunió en sí mismo la luz extática de la Sabiduría Divina con la locura estremecida de Cristo despreciado".

San Juan de la Cruz murió en Úbeda, (Jaén), el 14 de diciembre de 1591. Fue beatificado en 1657 y canonizado en 1726.
CANTICO ESPIRITUAL
¿Adónde te escondiste, Amado,
y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste
habiéndo me herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.

Pastores, los que fuerdes
allá por las majadas, al otero
si por ventura vierdes
aquel que yo más quiero
decidle que adolezco, peno y muero.

Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas
ni cogeré las flores,ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.

PREGUNTA A LAS CRIATURAS
¡Oh bosques y espesuras
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras
de flores esmaltado!
decid si por vosotros ha pasado.

RESPUESTA DE LAS CRIATURAS
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura. [...]

8 de diciembre de 2008

MARÍA INMACULADA.


El Dogma de la Inmaculada Concepción, sostiene la creencia de que María, Madre de Jesús, a diferencia de todos los demás seres humanos, no fue alcanzada por el pecado original sino que, desde el primer instante de la creación de su alma, estuvo libre de todo pecado. No debe confundirse esta doctrina con la de la maternidad virginal de María, que sostiene que Jesús fue concebido sin intervención de varón y que María permaneció virgen antes, durante y después del parto.

Al desarrollar la doctrina de la Inmaculada Concepción, la Iglesia Católica contempla la predilección especial por parte de Dios hacia María por el hecho de ser la Madre de Jesús y sostiene que Dios preservó a María libre de todo pecado y, aún más, libre de toda mancha o efecto del pecado original.

El día 8 de diciembre de 1854, con la bula “Ineffabilis Deus”, el Papa Pio IX, proclama como dogma de fe, la Concepción Inmaculada de la Santísima Virgen María:


“...Para honra de la Santísima Trinidad, para la alegría de la Iglesia Católica, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra: Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo-Jesús, Salvador del género humano, ha sido revelada por Dios y por tanto debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles. Por lo cual, si alguno tuviere la temeridad, lo cual Dios no permita, de dudar en su corazón lo que por Nos ha sido definido, sepa y entienda que su propio juicio lo condena, que su fe ha naufragado y que ha caído de la unidad de la Iglesia y que si además osaren manifestar de palabra o por escrito o de otra cualquiera manera externa lo que sintieren en su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho”.

30 de noviembre de 2008

La esperanza, un encuentro con el Amor.



Las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad –enseñaba Juan Pablo II– son la fe y la razón. Tomando una etimología de San Isidoro de Sevilla, podemos describir en un trazo el contenido de la “Spe salvi”, segunda encíclica de nuestro Papa Benedicto XVI. La esperanza es «el pie» para avanzar, tender a los bienes futuros. Lo contrario es la desesperación. Y desespera aquel a quien le faltan los pies.
A lo largo de toda la encíclica emerge la pregunta siempre nueva y siempre actual: ¿Qué podemos esperar? La imagen del caminar, del «pie», sintetiza y cristaliza la visión integral de la esperanza cristiana que nos ofrece Benedicto XVI, porque esperanza y salvación son inseparables.
Sorprende en primer lugar su intuición teológica para no encerrar la esperanza en las cadenas de una definición conceptual o estática. Al contrario, presenta la esperanza en su dinamicidad, de forma personalizada, comprensible y en diálogo abierto y actual con todos.
Quizás la originalidad más grande de esta encíclica sea el hecho de mostrar una esperanza integral, pues abraza todos los ámbitos. En primer lugar el tiempo, al abarcar el pasado, el presente y el futuro, atisbando la vida eterna. Esperanza que se ejercita en cuatro lugares de aprendizaje: la oración; el actuar, porque toda actuación seria y recta del hombre es esperanza en acto; el sufrimiento, y aquí conviene señalar cómo el sufrir forma parte de la existencia humana y constituye su grandeza. Más aún, Dios es solidario y cercano a nuestro dolor. El cristianismo enseña que Dios –la Verdad y el Amor en persona– participa y se hace solidario, porque ha querido sufrir por nosotros y con nosotros. Citando a San Bernardo, recuerda que: «Si Dios no puede padecer, pero puede compadecer». El último lugar es el Juicio, porque existe la esperanza de la salvación en la resurrección de la carne y lo exige la justicia. La imagen del Juicio final no es en primer lugar una imagen terrorífica, sino una imagen de esperanza en Cristo, nuestro abogado.
La esperanza se desarrolla en dos dimensiones, como los brazos de una cruz: no permanece en uno mismo, sino que se proyecta en los otros, como la salvación o el pecado, que no son individuales. Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo.
Destaca esa visión del Papa Benedicto de una estrecha relación e interacción entre las virtudes y la vida. La fe no es solamente un tender de la persona hacia lo que ha de venir, y que está todavía totalmente ausente; la fe nos da algo. Entre líneas el lector puede evocar aquellos pensamientos que el entonces profesor Joseph Ratzinger enseñaba en su «Introducción al cristianismo»: una fe que es esperanza, que se fía de un Dios Padre, que no puede engañarse ni engañarnos.
La esperanza a la que nos invita Benedicto XVI es personal, porque nace del encuentro con una persona, que es Amor, Verdad, Libertad. En una palabra: Dios. Una esperanza revelada y testimoniada por los primeros cristianos.
Es apasionante la relectura de esta encíclica con el prisma de las falsas esperanzas: desde los ideales revolucionarios de los orígenes (Barrabás, Bar-Kochba), la sujeción al fatal destino, los intentos fallidos de la Revolución francesa de instaurar el dominio de la razón y de la libertad, la Europa de la Ilustración, la falsa idea del progreso humano, hasta las consecuencias nefastas de los errores de Marx, olvidando que el hombre es siempre hombre.
Esperanza, por lo tanto, transformante de todos los ámbitos: personal, social, religioso. Esperanza cristiana, evocada en una oración a María, la «Estrella del mar», que brilla sobre nosotros y que nos guía en nuestro camino. Un camino que debe ser recorrido con los pies de la esperanza. J.P.L.

29 de noviembre de 2008

HA LLEGADO EL...


Comienza el tiempo de Adviento, tiempo de preparación para la jubilosa celebración de la Navidad. Cada uno de nosotros debe proponerse vivir intensamente este tiempo de Adviento con entusiasmo y gozo. Es necesario recordar, que la Navidad no es “Papá Noel”, tampoco es solamente una ocasión para reunirse en familia y hacer grandes comilonas y derroches de dinero. La Navidad es Jesús, y sin Jesús, no hay Navidad. No dejemos, que la cultura de hoy, cada día más secularizada, cultura que vive cada día más lejos de Dios, nos arranque a Jesús de nuestra mente, de nuestro corazón, de nuestra familia, de nuestra sociedad.

El tiempo de Adviento no sólo mira a una preparación externa, de símbolos navideños, de juegos de luces, de compra de regalos. El Adviento invita a una preparación de mucha mayor importancia y transcendencia, la preparación y interior para la venida del Señor, para el encuentro con Él.

El Señor vendrá un día, de forma definitiva, por ello debemos estar vigilantes, para que no nos encuentre desprevenidos cuando llegue. Conviene en estos días de Adviento, avivar la conciencia de que en este mundo sólo estamos de paso, somos peregrinos y nos dirigimos hacia una patria definitiva, y ésa es la única vida que debemos conquistar: la vida eterna.

Pero son muchos los hombres y mujeres, incluso algunos cristianos, que piensan que esta vida lo es todo. Sumergidos en las vanidades de este mundo, ocupados y divertidos en tantas cosas, aprovechando mientras pueden y como pueden el tiempo presente, no esperan ya en nadie, no esperan a ningún Salvador. Tampoco creen que nadie, al final de sus días, les tomará cuentas. Aunque diciendo que creen en Dios, viven como si Dios no existiera. Sus planes, sus proyectos e ilusiones, sus esfuerzos, luchas y sacrificios tienen como meta última esta vida, y olvidan la vida eterna que nos espera.

Sus máximas aspiraciones, sobre todo si son jóvenes, son las de llegar a “ser alguien” en la vida, tener una buena carrera, gozar de algún prestigio, tener dinero, disfrutar de los placeres sin límites, etc. Su esperanza está puesta en el éxito, tan pasajero y vacío.

No es de extrañar, que tantos que sólo ponen sus esperanzas en lo que ven, en lo que pueden palpar y medir, en lo visible y pasajero, terminen pensando que la felicidad es una cruel ilusión, que no existe tal felicidad y que lo único que se puede lograr son sólo algunos momentos fugaces de alegría, gozo o placer.

¿Pero es lo que ofrece este mundo lleno de vacías vanidades e ilusiones de momento todo lo que el ser humano puede esperar, todo a lo que puede aspirar? ¿Hay algo consistente, que dure para siempre, que sea fuente de gozo perenne? ¿Qué pasa con aquellos que esperamos más? ¿Con quienes percibimos fuerte la necesidad del Infinito, la necesidad de ser felices no sólo por unos momentos, sino para siempre? ¿Qué pasa con quienes no nos contentamos simplemente con “pasarla bien” para luego sentirnos nuevamente tan vacíos, solos, abandonados, cada vez más frustrados y decepcionados de la vida?

Para quienes todavía esperan, para los que aún esperamos “contra toda esperanza”, para aquellos que aún esperan en Dios y esperan de Él la salvación, ¡Dios se ha hecho hombre! Y no sólo eso: Jesucristo, el Hijo del Padre eterno que nació de María Virgen hace más de dos mil años, nos ha reconciliado en la Cruz, y resucitando ha abierto para todos los que creen en Él las puertas de la vida eterna, una vida plena de felicidad en la que nuestros más profundos anhelos serán plenamente saciados.

En este tiempo de Adviento los cristianos estamos llamados a intensificar nuestra esperanza, a estar y vivir siempre preparados para cuando el Señor nos llame a su presencia y para saber dar también razón de nuestra esperanza a tantos que en nuestro mundo actual carecen de ella. Que sepamos en este tiempo de Adviento, buscar al Señor, encontrarlo y amarlo con todas nuestras fuerzas.

¡Feliz Adviento a todos!.

22 de noviembre de 2008

En la fiesta de Cristo Rey


El año litúrgico llega a su fin, y desde que lo comenzamos, hemos ido recorriendo el círculo que describe la celebración de los diversos misterios que componen el único misterio de Cristo: el anuncio de su venida (Adviento), su muerte y resurrección (Ciclo Pascual), pasando por su nacimiento (Navidad), presentación al mundo (Epifanía) y el encuentro semanal de cada domingo. Con cada uno de ellos, hemos ido construyendo un arco, al que hoy ponemos la piedra angular. Este es el sentido profundo de la solemnidad de Cristo Rey del Universo, es decir, de Cristo Glorioso, centro de la creación, de la historia y del mundo.
Pío XI, estableciendo esta fiesta en 1925, quiso centrar la atención de todos en la imagen de Cristo, Rey divino, tal como la representaba la primitiva Iglesia, sentado a la derecha del Padre en el ábside de las basílicas cristianas, aparece rodeado de gloria y majestad. La cruz nos indica que de ella arranca la grandeza imponente de Jesucristo, Rey de vivos y de muertos.
Al anunciar y celebrar hoy el triunfo de Cristo, nos llenamos de alegría y esperanza, sabiendo que Él nos llevará a su reino eterno, si ahora damos de comer al hambriento, y de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar a los enfermos, como nos dice en el Evangelio.
“Yo soy Rey”, fue la respuesta rotunda de Jesús a Pilato. Aunque la respuesta completa fue ésta: “Pero mi reino no es de aquí”.Pero si el reino de Jesucristo no es de este mundo, comienza y se realiza ya en este mundo.
Es verdad, que sólo al final de los tiempos y tras el juicio final alcanzará su plenitud definitiva, pero ya ahora, “el reino instaurado por Jesucristo actúa como fermento y signo de salvación para construir un mundo más justo, más fraterno, más solidario, inspirado en los valores evangélicos de la esperanza y de la bienaventuranza, a la que todos estamos llamados”.
Sin embargo, hoy son tantos los que se oponen al reino de Jesucristo. Porque es evidente que son muchos los hombres y mujeres que gritan: ¡No queremos Jesús, que Tú reines sobre nosotros!”. Ese es el grito que se esconde tras tantos diseños de la familia, de la educación, de la moda, de la cultura, de la sociedad actual.
Nosotros, los cristianos, los bautizados en la fe de la Iglesia, los que seguimos a Cristo y lo reconocemos como nuestro Rey y nuestro Dios, hemos de empeñarnos en lo contrario. Es decir, dejarle reinar en nuestra inteligencia, en nuestro corazón, en nuestra familia. Hacer que reine en nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo y gente que se cruce en nuestro caminar.
Cristo viene de la traducción griega del término hebreo “Mesías” que quiere decir “ungido”. No pasa a ser nombre propio de Jesús sino porque Él cumple perfectamente la misión divina que esa palabra significa, se le concede ese título.
A Cristo, como Hijo de Dios, le corresponde por naturaleza un absoluto dominio sobre todas las cosas salidas de sus manos creadoras. “Todas han sido creadas por y en Él. En el cielo y en la tierra, todas las cosas subsisten por Él, las visibles y las invisibles”. Pero además es Rey nuestro por derecho de conquista. Él nos rescató del pecado, de la muerte eterna.
Cristo reina ya mediante la Iglesia “Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de vivos y muertos”. Cristo es el Señor del Universo y de la historia.
Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo. Elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia.
Profundicemos hermanos en esta fiesta, llenos de agradecimiento, como aquellos colosenses a quienes Pablo dirige su carta, en el misterio de amor que es para nosotros Cristo Rey: “Demos gracias a Dios Padre, que nos libró del poder de las tinieblas y nos hizo dignos de la herencia de los santos en la luz, introduciéndonos en el Reino del Hijo de su amor, en el cual obtenemos por su sangre, el perdón de los pecados”.
Cristo se ofreció en la cruz, y con esa entrega, nos hace participar de su Reino de verdad y de vida, Reino de Santidad y de gracia, Reino de justicia, de amor y de paz.
Que el Señor nos aumente cada día el amor, la alegría, la entrega, la fidelidad, la constancia a su llamada, para trabajar en medio del mundo extendiendo su Reino, ese Reino que estamos llamados a vivir en esta vida, para luego gozarlo en plenitud cuando el Señor nos llame a su presencia.

Santa Cecilia de Roma


Santa Cecilia es la patrona de los músicos y su onomástica se celebra hoy 22 de noviembre. Cecilia vivió en el siglo III pero todos sus datos se conocen a través de las actas del martirio divulgadas siglos más tarde, que cuentan que esta ilustre doncella romana fue prometida por sus padres a un joven caballero de nombre Valeriano. La felicidad de Cecilia ante esta boda no era tanta, ya que había consagrado su virginidad a Jesucristo, pero no quiso oponerse a la voluntad de sus padres y finalmente la boda se celebró bajo las leyes romana, pero junto a su esposo, hizo voto perpetuo de virginidad.
Durante años la santa entregó su vida a los más pobres, catequizando a muchos ciudadanos de roma, 400 según las actas, y entregando sus bienes a los más necesitados. Según estas mismas actas, Santa Cecilia fue arrestada por propagar la fe cristiana. La encerraron en el cuarto de calefacción de unos baños romanos con la intención que falleciera asfixiada, pero como no moría al final la degollaron.
El hecho que se le relacione con la música es porque desde muy joven tocaba instrumentos musicales, algunos dicen el arpa. También se le representa tocando el piano, aunque este instrumento no fue inventado hasta el siglo XVIII. También se dice que cuando fue arrestada no dejaba de entonar cánticos al Señor.
En 1584 fue elegida patrona de la Academia de Música de Roma, y desde esa fecha, las diversas corales, orquestas, bandas y cantantes la festejan en su fiesta. Su ejemplo de caridad a los pobres se ve traducido porqué su familia disponía de unos terrenos en la Vía Appia donde se refugiaban los pobres (el mismo terreno que cuenta la tradición que Valeriano fue bautizado por Urbano). En este mismo sitio hubo un cementerio y existe actualmente una iglesia dedicada a ella. Es una de las santas que a lo largo de la historia, más templos ha tenido dedicados en la ciudad de Roma. Valeriano, esposo de Cecilia y su hermano Tiburcio, también sufrieron martirio por proclamar la fe cristiana.

"Señor y Dios nuestro, tu escogiste desde sus más tiernos años a Santa Cecilia. Ella amó a Dios, a su familia, a sus semejantes, hasta entregar todos sus bienes a los pobres. Queremos aprender de ella esa fe y esa valentía para vivir nuestro cristianismo renunciando a los placeres de este mundo y dejar la vida por amor a Cristo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén".

13 de noviembre de 2008

San Leandro, arzobispo de Sevilla.


Celebramos hoy a San Leandro, hermano de los santos Fulgencio, Florentina e Isidoro. Presidió el Concilio III de Toledo en el año 589, en el que se logró la conversión del rey visigodo Recaredo y la unidad católica de la nación. Murió hacia el año 600, y su cuerpo fue trasladado a la catedral hispalense.
A continuación, podemos leer la homilía pronunciada por San Leandro, en honor de la Iglesia, al final del Concilio III de Toledo:


“Regocíjate y alégrate, Iglesia de Dios, gózate porque formas un solo cuerpo para Cristo. Armate de fortaleza y llénate de júbilo. Tus aflicciones se han convertido en gozo. Tu traje de tristeza se cambiará por el de alegría. Ya queda atrás tu esterilidad y pobreza. En un solo parto diste a Cristo innumerables pueblos. Grande es tu Esposo, por cuyo imperio eres gobernada. Él convierte en gozo tus sufrimientos y te devuelve a tus enemigos convertidos en amigos.
No llores ni te apenes, porque algunos de tus hijos se hayan separado de ti temporalmente. Ahora vuelven a tu seno gozosos y enriquecidos.
Fíate de tu cabeza, que es Cristo. Afiánzate en la fe. Se han cumplido las antiguas promesas. Sabes cuál es la dulzura de la caridad y el deleite de la unidad. No predicas sino la unión de las naciones. No aspiras más que a la unidad de los pueblos. No siembras más que se semillas de paz y caridad. Alégrate en el Señor, porque no has sido defraudada en tus sentimientos. Pasados los hielos invernales y el rigor de las nieves, has dado a luz, como fruto delicioso, como suaves flores de primavera aquellos que concebiste entre gemidos y oraciones ininterrumpidas”.

7 de noviembre de 2008

Madre del Amor Hermoso


Un amigo sacerdote, me ha hecho llegar esta oración en agradecimiento a la Virgen del Amor Hermoso, compuesta por los estudiantes de la Universidad de Navarra, tras el atentado perpetrado días atrás y en el cual no hubo que lamentar vidas humanas. Dicha imagen de la Virgen, se venera en una pequeña capilla situada en el lugar de acceso a la Facultad y cerca del lugar de la explosión.

ORACIÓN DE LOS ESTUDIANTES A LA VIRGEN DEL AMOR HERMOSO.


¡Madre del Amor Hermoso!, ayúdanos a ver siempre, hasta en el clima, la mano del Padre dirigiéndonos. Gracias a que estaba lloviendo, no hubo ningún estudiante muerto que hubiera podido caminar, casualmente, cerca del lugar del atentado. Todos estaban resguardándose de la lluvia.


¡Madre del Amor Hermoso!, ayúdanos a ver con ojos de eternidad, a aceptar todos los pequeños retrasos, contratiempos; en fin, todo lo que no "está en nuestro plan". Gracias a que el aparcamiento estaba lleno no hubo ningún conductor estacionando en el momento de la explosión ni nadie en los coches aledaños.


¡Madre del Amor Hermoso!, haz nuestra fe tan fuerte como el edificio Central que, construido de piedra maciza, toleró la explosión y el incendio sin ceder un ápice. Al igual que la fortaleza del edificio Central salvó las vidas de quienes trabajaban en Oficinas Generales, que nuestra fortaleza salve almas.


¡Madre del Amor Hermoso!, que aprendamos a asumir cada crisis siempre con la serenidad de ser hijos de Dios, al igual que los empleados del edificio Central exhortaban a la calma en el momento de desalojar las oficinas administrativas y a los estudiantes que estaban en el momento de la explosión asistiendo a clase en el edificio Central.


¡Madre del Amor Hermoso!, gracias por guardar la vida de todos cuando pudo haber muerto tanta gente. Asimismo, guarda nuestras almas, nuestras ilusiones y nuestros estudios para que podamos ser mejores ciudadanos. Así, el día de mañana podremos con nuestro ejemplo y con nuestra profesión sembrar más luz en un mundo donde cada vez más personas se pierden porcaminos errados al no haber tenido una mano amiga que les guiara en momentos de oscuridad y haber decidido seguir un ideal de un modo equivocado.


¡Madre del Amor Hermoso!, tal vez muchos de nosotros nos hemos planteado hoy acercarnos más a Ti viendo lo efímero que puede ser el mundo, que nuestra vida puede acabar con un "¡Bum!", que lo importante es encontrarnos contigo después. Así como hemos decidido convertirnos hoy un poco más, así como esta circunstancia nos ha acercado un poco más a nuestro Padre, así como nos acercamos a tu ermita para agradecer que nos cubras con tu mando, acerca también a las almas que fueron capaces de atentar contra vidas inocentes. Que puedan palpar el inmenso Amor de Padre que les tiene Dios a cada uno. Conviérteles, Madre. Que nuestro sincero perdón hacia estas personas, ¡almas!, sea una plegaria incesante al Cielo por su conversión, porque encuentren una auténtica felicidad.


¡Madre del Amor Hermoso, Madre de todos nosotros!, gracias por tu amparo y protección.

Con cariño, tus hijos:

Los estudiantes de la Universidad de Navarra.