AÑO SACERDOTAL.

17 de junio de 2009


A continuación podemos leer la carta enviada por el Cardenal Claudio Hummes, a todos los sacerdotes con motivo del inicio del Año Sacerdotal:


Queridos Sacerdotes:

El Año Sacerdotal, promulgado por nuestro amado Papa Benedicto XVI, para celebrar el 150 aniversario de la muerte de San Juan María Bautista Vianney, el Santo Cura de Ars, está a punto de comenzar. Lo abrirá el Santo Padre el día 19 del próximo mes de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y de la Jornada Mundial de Oración para la santificación de los Sacerdotes. El anuncio de este año especial ha tenido una repercusión mundial eminentemente positiva, en especial entre los mismos Sacerdotes. Todos queremos empeñarnos, con determinación, profundidad y fervor, a fin de que sea un año ampliamente celebrado en todo el mundo, en las diócesis, en las parroquias y en las comunidades locales con toda su grandeza y con la calurosa participación de nuestro pueblo católico, que sin duda ama a sus Sacerdotes y los quiere ver felices, santos y llenos de alegría en su diario quehacer apostólico.
Deberá ser un año positivo y propositivo en el que la Iglesia quiere decir, sobre todo a los Sacerdotes, pero también a todos los cristianos, a la sociedad mundial, mediante los mass media globales, que está orgullosa de sus Sacerdotes, que los ama y que los venera, que los admira y que reconoce con gratitud su trabajo pastoral y su testimonio de vida. Verdaderamente los Sacerdotes son importantes no sólo por cuanto hacen sino, sobre todo, por aquello que son. Al mismo tiempo, es verdad que a algunos se les ha visto implicados en graves problemas y situaciones delictivas. Obviamente es necesario continuar la investigación, juzgarles debidamente e infligirles la pena merecida. Sin embargo, estos casos son un porcentaje muy pequeño en comparación con el número total del clero. La inmensa mayoría de Sacerdotes son personas dignísimas, dedicadas al ministerio, hombres de oración y de caridad pastoral, que consuman su total existencia en actuar la propia vocación y misión y, en tantas ocasiones, con grandes sacrificios personales, pero siempre con un amor auténtico a Jesucristo, a la Iglesia y al pueblo; solidarios con los pobres y con quienes sufren. Es por eso que la Iglesia se muestra orgullosa de sus sacerdotes esparcidos por el mundo.
Este Año debe ser una ocasión para un periodo de intensa profundización de la identidad sacerdotal, de la teología sobre el sacerdocio católico y del sentido extraordinario de la vocación y de la misión de los Sacerdotes en la Iglesia y en la sociedad. Para todo eso será necesario organizar encuentros de estudio, jornadas de reflexión, ejercicios espirituales específicos, conferencias y semanas teológicas en nuestras facultades eclesiásticas, además de estudios científicos y sus respectivas publicaciones.
El Santo Padre, en su discurso de promulgación durante la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero, el 16 de marzo pasado, dijo que con este año especial se quiere “favorecer esta tensión de los Sacerdotes hacia la perfección espiritual de la cual depende, sobre todo, la eficacia del ministerio”. Especialmente por eso, debe ser una año de oración de los Sacerdotes, con los Sacerdotes y por los Sacerdotes; un año de renovación de la espiritualidad del presbiterio y de cada uno de los presbíteros. En el referido contexto, la Eucaristía se presenta como el centro de la espiritualidad sacerdotal. La adoración eucarística para la santificación de los Sacerdotes y la maternidad espiritual de las religiosas, de las mujeres consagradas y de las mujeres laicas hacia cada uno de los presbíteros, como propuesto ya desde hace algún tiempo por la Congregación para el Clero, podría desarrollarse con mejores frutos de santificación.
Sea también un año en el que se examinen las condiciones concretas y el sustento material en el que viven nuestros Sacerdotes, en algunos casos obligados a subsistir en situaciones de dura pobreza.
Sea, al mismo tiempo, un año de celebraciones religiosas y públicas que conduzcan al pueblo, a las comunidades católicas locales, a rezar, a meditar, a festejar y a presentar el justo homenaje a sus Sacerdotes. La fiesta de la comunidad eclesial es una expresión muy cordial, que exprime y alimenta la alegría cristiana, que brota de la certeza de que Dios nos ama y que hace fiesta con nosotros. Será una oportunidad para acentuar la comunión y la amistad de los Sacerdotes con las comunidades a su cargo.
Otros muchos aspectos e iniciativas podrían enumerarse con el fin de enriquecer el Año Sacerdotal. Al respecto, deberá intervenir la justa creatividad de las Iglesias locales. Es por eso que en cada Conferencia Episcopal, en cada Diócesis o parroquia o en cada comunidad eclesial se establezca lo más pronto posible un verdadero y propio programa para este año especial. Obviamente será muy importante comenzar este año con una celebración significativa. En el mismo día de apertura del Año Sacerdotal, el día 19 de junio, con el Santo Padre en Roma, se invita a las Iglesias locales a participar, en el modo más conveniente, a dicha inauguración con un acto litúrgico específico y festivo. Serán bien recibidos todos aquellos que, en ocasión de la apertura, podrán estar presentes, con el fin de manifestar la propia participación a esta feliz iniciativa del Papa. Sin duda, Dios bendecirá este esfuerzo con grande amor. Y la Virgen María, Reina del Clero, intercederá por todos vosotros, queridos Sacerdotes.


Cardenal Claudio Hummes.
Arzobispo Emérito de San Pablo.
Prefecto de la Congregación para el Clero.

Te adoramos...


Este domingo, como cada año, celebramos con gozo la solemnidad del Corpus Christi, del Cuerpo y Sangre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Como nos dicen las Sagradas Escrituras; “La víspera de su Pasión, durante la Cena pascual, el Señor tomó el pan en sus manos y, tras pronunciar la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo». Después tomó el cáliz, dio gracias, se lo dio y todos bebieron de él. Y dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por vosotros».

Estas palabras, que escuchamos domingo tras domingo, y cada vez que celebramos la Eucaristía, no sólo recuerdan e interpretan hechos del pasado, lo que sucedió aquella noche santa de la institución de la Eucaristía, aquel lejano jueves santo, sino que anticipan también el futuro, la venida del Reino de Dios en el mundo.

Jesús, nuestro Señor, no sólo pronuncia palabras. Lo que Él anuncia es un acontecimiento, el acontecimiento central de la historia del mundo y de nuestra vida personal”. Jesús se queda con nosotros para siempre en el Santísimo Sacramento del Altar hasta su vuelta definitiva al final de los tiempos.

Al rendir públicamente culto a la Santísima Eucaristía en este día de Corpus Christi, sería bueno que meditásemos sobre la intima conexión que existe entre este adorable Sacramento, que contiene al mismo Señor, y nuestra obligación de servir a los demás.

Como ha resaltado el Papa Benedicto en su primera encíclica, “Deus est caritas”, no se puede separar en la vida de la Iglesia el anuncio de la palabra, de la celebración de los sacramentos y del servicio a la caridad con los que más sufren en su cuerpo o en su alma.

Una Comunidad cristiana que quiere verdaderamente ser servidora del Señor y de sus hermanos los hombres, debe vivir de la Eucaristía y sus hijos, deben de alimentarse con este sagrado convite.

Solo así, al ir poco a poco transformando nuestra vida con la de Cristo en la Eucaristía, la gracia ira transformando nuestra débil naturaleza en un instrumento al servicio de la gran obra de la redención, pues nuestra vida debe tener siempre esta dimensión misionera, apostólica, que tomando fuerza del mismo Señor que nos alimenta con su cuerpo, sale al mundo a anunciar a nuestro hermanos al Señor que vive, que nos ama y nos espera siempre.

Son aun muchos los hombres y mujeres de nuestro mundo que siguen esperando nuestra presencia, nuestra palabra, nuestro consuelo de cristianos. Pero para ello, hemos de identificarnos profundamente con Cristo, del tal forma que viéndonos actuar, descubran a nuestro Señor.

La Iglesia vive para servir al Señor y a los hombres y mujeres de nuestro mundo y hace todo lo que puede para que la cercanía con el Señor sea el estilo de vida de toda una sociedad, de la familia y de cada persona.

Por eso, la Iglesia mira con preocupación todas las dificultades que nosotros mismos, los que nos llamamos cristianos, vamos poniéndole al Señor para ser verdaderamente auténticos seguidores suyos, y una de esas dificultades, y podríamos decir que la más importante, es el poco aprecio o la falta de constancia y de compromiso para celebrar cada domingo el día del Señor, día de la Eucaristía, día de la comunidad cristiana, día de la Resurrección.

Una sociedad que empieza a dejar de lado este deber de celebrar cada domingo la Eucaristía, por eso es el centro de nuestra vida cristiana, es una sociedad que ya ha comenzado el camino del olvido de Dios, un camino de sufrimientos, de angustias y conflictos personales, donde la alegría verdadera y la esperanza brillan por su ausencia, alegría y esperanza que solo Cristo puede dar cuando nos damos enteramente a Él, cuando sin poner condiciones, nos abandonamos en sus manos.

En la solemnidad del Corpus Christi que celebramos, contemplamos sobre todo el signo del pan. Este signo, nos recuerda también, la peregrinación de Israel durante los cuarenta años en el desierto. La Hostia es nuestro maná con el que el Señor nos alimenta, es verdaderamente el pan del cielo. Él mismo se nos da, se nos entrega.

En las procesiones que haremos en este día con el Santísimo Sacramento, le pediremos a nuestro Señor que nos guie por los caminos del bien. Que mire a la humanidad que sufre, que camina insegura entre tantos interrogantes. Que mire el hambre física y psíquica que atormenta a la humanidad. Que dé a los hombres el pan necesario para el cuerpo y para el alma. Que les conceda trabajo y seguridad, paz y luz, para sus mentes y sus corazones. Que nos haga comprender que sólo a través de la participación en su Pasión y muerte, a través del «sí» a la cruz, a la renuncia, nuestra vida puede madurar y alcanzar su auténtico cumplimiento.

Que una a su Iglesia en un solo cuerpo, que una a la humanidad castigada y lacerada por las guerras, el sufrimiento, el dolor y la enfermedad. Que nos purifique y santifique. Que nos dé su salvación.

Gracias Señor, por haberte quedado con nosotros, gracias por tu continua presencia en el Santísimo Sacramento del Altar.


Jesús, a quien ahora vemos oculto,
te rogamos que se cumpla lo que tanto deseamos,
que al mirar tu rostro cara a cara
seamos felices viendo tu gloria. Amén.

VEN, ESPÍRITU SANTO.

30 de mayo de 2009


Ven, Espíritu Divino,

manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre;

don, en tus dones espléndido;

luz que penetra las almas;

fuente del mayor consuelo.


Ven, dulce huésped del alma,

descanso de nuestro esfuerzo,

tregua en el duro trabajo,

brisa en las horas de fuego,

gozo que enjuga las lágrimas

y reconforta en los duelos.


Entra hasta el fondo del alma,

divina luz y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre,

si tú le faltas por dentro;

mira el poder del pecado,

cuando no envías tu aliento.


Riega la tierra en sequía,

sana el corazón enfermo,

lava las manchas, infunde

calor de vida en el hielo,

doma el espíritu indómito,

guía al que tuerce el sendero.


Reparte tus siete dones,

según la fe de tus siervos;

por tu bondad y tu gracia,

dale al esfuerzo su mérito;

salva al que busca salvarse

y danos tu gozo eterno. Amén.

Nada te turbe, nada te espante, sólo Dios basta.


Eleva el pensamiento,

al cielo sube,

por nada te acongojes,

Nada te turbe.


A Jesucristo sigue

con pecho grande,

y venga lo que venga

Nada te espante.


¿Ves la gloria del mundo?

es gloria vana;

Nada tiene de estable,

Todo se pasa.


Aspira a lo celeste,

que siempre dura;

fiel y rico en promesas,

Dios no se muda.


Ámala cual se merece,

Bondad inmensa;

pero no hay amor fino sin

La paciencia.


Confianza y fe viva

mantenga el alma,

que quien cree y espera

Todo lo alcanza.


Del infierno acosado

aunque se viere,

burlará sus furores

Quien a Dios tiene.


Vénganle desamparos,

cruces, desgracias;

siendo Dios su tesoro,

Nada le falta.


Id, pues, bienes del mundo,

Id, dichas vanas;

aunque todo lo pierda

Sólo Dios basta.

Y subió al cielo...

24 de mayo de 2009



Los evangelistas describen al final de los evangelios y al principio del libro de los Hechos de los Apóstoles, y los cristianos repetimos en nuestro Credo, que Jesús "Subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre".

Esta afirmación es un modo de hablar para decir que Jesús se fue al Padre, llevando consigo su naturaleza humana. Ir al cielo significa, ir a Dios. En el cielo, iremos a unirnos al cuerpo de Cristo resucitado.

Según la narración de San Lucas, la Iglesia celebra la Ascensión del Señor a los cuarenta días de su resurrección. Esta fiesta está dentro del tiempo pascual que consta de cincuenta días y concluye con la Venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia.

La fiesta de la Ascensión no nos habla de un alejamiento de Cristo, sino de su glorificación en el Padre. Con la Ascensión, Cristo se ha acercado más a nosotros, con la misma cercanía de Dios. Es esta también, una fiesta de esperanza. Con él, todos nosotros hemos subido al Padre en la esperanza y en la promesa. En la Ascensión celebramos la subida de Cristo al Padre y nuestra futura ascensión. El cielo es nuestra meta y la vida terrena, nuestra propia vida, es el camino para conseguirla.

La fiesta de la Ascensión del Señor es una invitación a levantar nuestra mirada a las cosas del cielo, sabiendo que allá donde ha entrado Cristo cabeza, entrará también el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. “Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios” nos dice el apóstol Pablo. (Col 3, 1-3).

Podemos decir que la fiesta de la Anunciación nos invita a tener nuestra mirada fija en el cielo, donde reside Cristo a la derecha del Padre, pero las manos y el esfuerzo en esta tierra que sigue teniendo necesidad de la manifestación de los hijos de Dios. Es una invitación a seguir trabajando por construir la “civilización del amor” y “dar razón de nuestra esperanza a todo aquel que nos la pidiere”(1 Pt 3,15).

El cristiano debe ser un agente de evangelización, un testigo de esperanza y de luz en medio de un mundo de tinieblas. De igual modo, y siguiendo la Evangelium nuntiandi n.28: “La evangelización comprende además la predicación de la esperanza en las promesas hechas por Dios mediante la nueva alianza en Jesucristo; la predicación del amor de Dios para con nosotros y de nuestro amor hacia Dios, la predicación del amor fraterno para con todos los hombres —capacidad de donación y de perdón, de renuncia, de ayuda al hermano— que por descender del amor de Dios, es el núcleo del Evangelio; la predicación del misterio del mal y de la búsqueda activa del bien”.

Que vivamos siempre unidos a Cristo, y demos con coherencia cristiana, testimonio del amor de Dios manifestado en Jesús que asciende hoy a los cielos.

Los cristianos te aclaman su Auxiliadora.


Hoy 24 de mayo, celebramos a María Auxiliadora. Auxilio de los cristianos y de la gran familia salesiana. A Ella nos dirigimos en este día:



Rendidos a tus plantas,

Reina y Señora,

los cristianos te aclaman

su Auxiliadora.

Yo tus auxilios

vengo a pedir,

Virgen Santísima,

ruega por mí.

De este mar tempestuoso

fúlgida estrella,

cada vez que te miro

eres más bella.

Guíame al puerto salvo y feliz,

Virgen Santísima,

ruega por mí.

En las horas de lucha

sé mi consuelo,

y al dejar esta vida

llévame al cielo.

En cuerpo y alma

me ofrezco a Ti,

Virgen Santísima,

ruega por mí.

"Era una Señora más brillante que el sol".

13 de mayo de 2009


Como sabemos, porque nos lo inculcaron y cantaron nuestros padres desde pequeños, 13 de mayo de 1917, en Fátima (Portugal), tres pastorcitos de la cercana aldea de Aljustrel, llamados Lucía Dos Santos de 10 años y sus primos, Jacinta de 7 y Francisco Marto de casi 9 años respectivamente, relatan como en la Cova da Iria, cuando pastoreaban el rebaño, observaron un reflejo de luz que se aproximaba a ellos, y al tiempo vieron a una Señora vestida de blanco, más brillante que el sol, surgir de una pequeña encina. Los niños aseguraron que se trataba de la Virgen María, la cual les pidió que regresaran al mismo lugar el día 13 de cada mes durante seis meses y así sucedió hasta el 13 de octubre del mismo año, fecha de la última aparición.

Entre las recomendaciones que hizo a los niños, la Virgen hizo hincapié en la importancia del rezo del santo rosario para la conversión de los pecadores y del mundo entero. La Virgen también pidió la construcción de una capilla en el lugar, capilla que fue el origen del actual santuario. El actual santuario, cuyo nombre completo es "Santuario de Nuestra Señora del Rosario de Fátima" recibe anualmente cuatro millones de peregrinos y en sus inmediaciones se han establecido más de 50 casas de religiosas femeninas y unas 15 congregaciones masculinas que incluyen un seminario.

Francisco Marto murió el 4 de abril de 1919 y Jacinta Marto el 20 de febrero de 1920, ambos fueron beatificados por Juan Pablo II el 13 de mayo de 2000. Lucia murió el 13 de febrero de 2005 a los 97 años, en el Carmelo de Coimbra donde ingresó como carmelita descalza en 1949.





El clero español te aclama...

10 de mayo de 2009


Celebramos a San Juan de Ávila, patrón del clero español. Nació el 6 de enero de 1499 (o 1500) en Almodóvar del Campo (Ciudad Real), de una familia profundamente cristiana. Sus padres, Alfonso de Ávila (de ascendencia israelita) y Catalina Jijón, supieron darle una formación cristiana de sacrificio y amor al prójimo. Son conocidos sus escritos de espiritualidad sobre el sacerdocio, sus obras de caridad, sus prolongados ratos de oración, sus sacrificios, su devoción eucarística y mariana.

San Juan de Ávila muere el 10 de mayo de 1569 en Montilla (Córdoba). No hizo testamento, porque dijo que no tenía nada que testar. Santa Teresa, al enterarse de su muerte, se puso a llorar y, preguntándole la causa, dijo: “Lloro porque pierde la Iglesia de Dios una gran columna”.




APÓSTOL DE ANDALUCÍA,

EL CLERO ESPAÑOL TE ACLAMA,

Y AL RESPLANDOR DE TU VIDA

EN CELO ARDIENTE SE ABRASA.

Y AL RESPLANDOR DE TU VIDA

EN CELO ARDIENTE SE ABRASA.



Tu afán predicar a Cristo.

Tu amor la Iglesia y las almas.

De Pablo el fuego divino

prendido va en tu palabra.

Fuiste padre de santos sin par,

fuiste de almas seguro mentor.

Los caminos de España al cruzar

de tu vida y tu lengua el clamor

sacerdotes logró suscitar,

y templados de Cristo al amor;

a los pueblos hicisteis entrar

al camino que lleva hasta Dios.

Ataque al Papa, ofensa contra España.

3 de mayo de 2009


A continuación, podemos leer la carta que ha enviado el Cardenal Antonio Cañizares Llovera, administrador apostólico de Toledo y prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, tras la decisión adoptada por la Mesa del Congreso de los Diputados a favor de una iniciativa para reprobar públicamente las declaraciones de Benedicto XVI sobre el SIDA.


Queridos Sacerdotes y fieles de la archidiócesis:


Desde Roma, un saludo lleno de afecto y agradecimiento por vuestras oraciones.

Aquí me ha llegado la dolorosísima noticia de que la Mesa del Congreso de Diputados ha admitido a trámite la discusión de la propuesta o moción de reprobación de nuestro queridísimo Santo Padre, el Papa Benedicto XVI.

Además de lamentar y rechazar este hecho por lo que supone de ataque e ignominia hacia un hombre de Dios, un hombre bueno y justo, máximo defensor del hombre, de su dignidad y sus derechos fundamentales, promotor como pocos de la cultura de la paz y de la civilización del amor a favor de todos los hombres sin discriminación alguna; además, también, de ser este lamentable hecho una decisión que no representa a España ni a la inmensa mayoría de los votantes de todos los partidos, que deberían representarnos de verdad a los ciudadanos, constituye una ofensa a España misma, siempre cercana al Papa y querida por él, y entraña un daño grave a las instituciones. Además de todo esto y, por encima de ello, pido que todas las Misas que se celebren el sábado y el domingo, se ofrezcan en reparación por nuestro padre y pastor que nos preside en la caridad, el buen Papa Benedicto XVI.

Queredlo muchísimo, orad para que Dios le consuele, le fortalezca, le dé sabiduría, nos lo conserve y proteja, para el bien del mundo y de la Iglesia. Pedid también para que quienes nos representan en el parlamento cambien, y Dios les ayude en la solución de los verdaderos y gravísimos problemas que afligen ahora al pueblo español.

De nuevo, quered mucho y apoyad al Papa. Con mi gratitud y bendición para todos.

+ Antonio, Card. Cañizares Llovera.

Pastor Bonus.

2 de mayo de 2009

Salmo 22.

El Señor es mi Pastor, nada me falta:

en verdes praderas me hace recostar;

me conduce hacia fuentes tranquilas

y repara mis fuerzas;

me guía por el sendero justo,

por el honor de su nombre.


Aunque camine por cañadas oscuras,

nada temo, porque tu vas conmigo:

tu vara y tu cayado me sosiegan.


Preparas una mesa ante mí,

enfrente de mis enemigos;

me unges la cabeza con perfume,

y mi copa rebosa.


Tu bondad y tu misericordia me acompañan

todos los días de mi vida,

y habitaré en la casa del Señor

por años sin término.

No temáis, pequeño rebaño.


La Iglesia es en medio del mundo, un débil y pequeño rebaño que Jesús nuestro Señor pastorea.

La Iglesia es una realidad débil; es débil, no porque no cuenta con grandes ejércitos, porque no tiene unos ilimitados recursos económicos, porque no cuenta entre las grandes potencias mundiales que pretenden decidir el destino de la historia. La Iglesia es débil, porque carga con los pecados de sus miembros. Pero a pesar de ello, a este pequeño rebaño que peregrina por este mundo hacia la patria definitiva, el Señor Jesús le pide fortaleza. Fortaleza que hace capaz de vencer el temor y hace frente a las pruebas y a las persecuciones.

No han faltado nunca a la Iglesia, las pruebas y las persecuciones, ni le falta tampoco hoy y tal vez en el futuro. Nuestro continente europeo, que ha crecido alentado por el cristianismo, aumenta la dificultad de vivir la propia fe en Jesús, en un contexto social y cultural en que el proyecto de vida cristiano se ve continuamente amenazado. Una amenaza que podemos comprobar cada día; en una legislación civil muchas veces contraria a la ley moral natural; en estilos de vida marcados por el agnosticismo y la indiferencia religiosa; en un ambiente social que desprecia abiertamente la herencia cristiana. Ante todo esto, resuena la voz de nuestro Señor que nos dice una y otra vez: “No temáis, pequeño rebaño, yo he vencido al mundo”.

La confianza de este pequeño rebaño que es la Iglesia, no se deposita en los poderes de este mundo, sino en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Nuestra fortaleza, la fortaleza de la Iglesia, reside en su Cabeza, que es Cristo, el Buen Pastor. El no abandona a sus ovejas, el las conoce, las llama por su nombre y da su vida por ellas.

Escuchemos esta llamada de Cristo y pidamos también este fin de semana el don de la fortaleza para los ministros que el Señor escogió como instrumentos suyos, como servidores del Buen Pastor, para que sean imagen viva del amor de Cristo en el mundo.