22 de noviembre de 2012

Santa Cecilia, virgen y mártir.




Hace poco más de dos meses, durante mi estancia en Italia, y como ya comenté en la crónica de la peregrinación, tuve la oportunidad de visitar por segunda vez las Catacumbas romanas de San Calixto y orar ante la cripta de Santa Cecilia, cuya memoria hoy celebramos y donde apareció su cuerpo incorrupto. 

Las Catacumbas de San Calixto se encuentran a la salida de Roma por la vía Apia. En el siglo II, comenzó a utilizarse la zona como lugar de enterramiento, y algunos de sus propietarios, indudablemente cristianos, facilitaron que fuesen enterrados allí otros hermanos en la fe. Por esta época recibió sepultura la joven mártir Cecilia, cuya memoria fue muy venerada desde el momento de su muerte. Perteneciente a una familia patricia, Cecilia se convierte al cristianismo en su juventud. Se casa con Valeriano, a quien también acerca a la fe, y los dos deciden vivir virginalmente. Poco después, Valeriano –que se ocupaba de recoger y sepultar los restos de los mártires– es descubierto y decapitado. Cecilia también es delatada ante las autoridades. Intentan asfixiarla en las calderas de su casa y, tras salir ilesa, es condenada a muerte por decapitación. La ley romana contemplaba que el verdugo podía dar tres golpes con la espada. Cecilia los recibe, pero no muere inmediatamente. Tendida en el suelo, antes de exhalar el último suspiro, tuvo fuerzas para extender tres dedos de la mano derecha y uno de la izquierda, testimoniando hasta el final su fe en el Dios Uno y Trino. Cuando siglos más tarde, en 1599, se inspeccionaron sus reliquias, el cuerpo incorrupto de Santa Cecilia se encontraba aún en esa posición, y el genial artista italiano Maderno la inmortalizó en una escultura que hoy se encuentra en la iglesia de Santa Cecilia en el Trastevere –su antigua casa, donde reposan desde el siglo IX los restos de la santa– y de la que hay una copia en las Catacumbas de San Calixto, en el lugar donde fue inicialmente sepultada. 

En el siglo III, el cementerio es donado al Papa Ceferino (199-217), que confía su gestión al diácono Calixto. Nace así el primer cementerio propiedad de la Iglesia de Roma, que un siglo más tarde custodiará ya los restos mortales de dieciséis papas, casi todos mártires. Calixto trabajó al frente de las catacumbas casi veinte años, antes de convertirse en el sucesor del Papa Ceferino como cabeza visible de la Iglesia. Durante ese tiempo, amplió y mejoró la disposición de las áreas principales del cementerio: en especial, la Cripta de los Papas y la Cripta de Santa Cecilia, cuya imagen arriba podemos contemplar.