21 de noviembre de 2012

Caminamos hacia una vida perdurable...





Los hombres nos habituamos fácilmente a lo que tenemos entre manos. Tanto, que, aunque haya crisis o que incluso tengamos un nivel de vida bien pobre, debido a la falta de salud o de alimentos, preferimos lo que tenemos a lo que sería una vida nueva. El principio de "vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer" funciona, al menos entre nosotros, los del Occidente de Europa.

El Señor se ocupa siempre del pueblo creyente. Pero el pueblo está llamado a resurgir del polvo, para hacer frente a una nueva situación. Quienes hayan enseñado la justicia a los hombres, resplandecerán como estrellas por toda la eternidad. Las bendiciones divinas a favor del pueblo creyente tienen su origen en la entrega de Cristo. Como dice la Carta a los Hebreos, Él se ofreció una sola vez por nuestros pecados, para sentarse a la derecha del Padre y conseguir la redención de cuantos creen en Él. Con la obra salvadora de Cristo se han terminado los sacrificios por el pecado, pues su sacrificio, realizado de una vez para siempre, ha perfeccionado a cuantos esperan en Él.

Muchos de los que viven en este mundo, ignoran en la práctica que el universo es consecuencia de la creación por parte de Dios y que algún día terminará. El Dios creador ha establecido al hombre en el mundo. Pero el hombre no tiene en la tierra su patria definitiva, sino que Dios lo ha creado para vivir con Él.

No sabemos cuándo tendrá lugar el fin del mundo; pero sí, sabemos que tiene término y que el Señor nos hará conocer si está a punto de venir el Hijo del Hombre sobre las nubes del cielo. Será el momento de la venida gloriosa del Señor, para dar a cada uno lo suyo, lo que ha merecido a lo largo de su vida en esta tierra.

Entonces será cuando el dueño de la vida reunirá a las gentes, para hacer partícipe a quien lo merezca de la vida sin fin. (José Fernández Lago, Canónigo lectoral de la Catedral de Santiago de Compostela).