5 de abril de 2009

SHALOM, HOSANNA.


Jesús entra en la Ciudad Santa de Jerusalén a lomos de un asno, el animal de la sencilla gente del campo, y además un asno que no le pertenece, que ha tomado prestado para esta ocasión. No llega en una lujosa carroza real, ni a caballo como los grandes del mundo, sino en un asno tomado prestado. Juan nos cuenta que en un primer momento los discípulos no entendieron esto. Sólo después de la Pascua se dieron cuenta de que de este modo Jesús estaba cumpliendo los anuncios de los profetas, mostraba que su acción derivaba de la Palabra de Dios y la llevaba a su cumplimiento. Se acordaron de que en el profeta Zacarías se lee: “No temas, hija de Sión; mira que viene tu Rey montado en un pollino de asna”.


El profeta Zacarías, hace tres afirmaciones sobre el rey que ha de venir.

En primer lugar, dice que será un rey de los pobres, un pobre entre los pobres y para los pobres. Uno puede ser materialmente pobre pero tener el corazón lleno del ansia de riqueza y del poder que deriva de la riqueza. La pobreza en el sentido de Jesús presupone sobre todo la libertad interior, para ir contra la avaricia y el afán de poder. Se trata, ante todo, de la purificación del corazón, que se deja guiar por Cristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros. En el Domingo de Ramos aclamamos al rey que nos indica el camino hacia esta meta, Jesús, y le pedimos que nos lleve consigo en su camino.


En segundo lugar, el profeta nos muestra que este rey será un rey de paz: hará que desaparezcan los carros de guerra y los caballos de batalla, romperá los arcos y anunciará la paz. La nueva arma que Jesús pone en nuestras manos es la Cruz, signo de reconciliación, signo del amor que es más fuerte que la muerte. Cada vez que nos hacemos la señal de la Cruz tenemos que acordarnos de no responder a la injusticia con otra injusticia, a la violencia con otra violencia; tenemos que acordarnos de que sólo podemos vencer al mal con el bien.


La tercera afirmación del profeta es el anuncio de la universalidad: el reino del rey de la paz se extiende «de mar a mar… hasta los confines de la tierra». Su país es la tierra, el mundo entero. Él llega a todas las culturas y a todas las partes del mundo, a las cabañas y a los pobres pueblos, así como al esplendor de las catedrales. Por doquier él es el mismo, el Único, y de este modo, todos los reunidos en la comunión con él, están unidos también entre sí en un único cuerpo. Cristo gobierna haciéndose nuestro pan y entregándose a nosotros. De este modo construye su Reino.


En el Domingo de Ramos, la muchedumbre aclama a Jesús: «¡Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor». En Jesús reconocen a quien verdaderamente viene en el nombre del Señor y trae la presencia de Dios entre ellos. Este grito de esperanza de Israel, esta aclamación a Jesús durante su entrada a Jerusalén, se ha convertido con razón en la Iglesia en la aclamación a quien, en la Eucaristía, nos sale al encuentro de una manera nueva. Saludamos a quien en la Eucaristía siempre llega entre nosotros en el nombre del Señor uniendo en la paz de Dios los confines de la tierra. Esta experiencia de la universalidad forma parte de la Eucaristía. Dado que el Señor viene, nosotros salimos de nuestros mundos personales y pasamos a formar parte de la gran comunidad de todos los que celebran este santo sacramento.


Las tres características anunciadas por el profeta –pobreza, paz, universalidad– están resumidas en el signo de la Cruz. El domingo de los Ramos, nos dice que el auténtico gran «sí» es precisamente la Cruz, que la Cruz es el auténtico árbol de la vida. No alcanzamos la vida apoderándonos de ella, sino dándola. El amor es la entrega de nosotros mismos y, por este motivo, es el camino de la vida auténtica simbolizada por la Cruz. Es el camino de quien, con el signo de la Cruz, nos entrega la paz y hace de nosotros portadores de su paz. Pidámosle en este día al Señor que al mismo tiempo que entra triunfalmente en Jerusalem, entre en nuestras vidas y abra nuestros corazones para que, siguiendo su cruz, nos convirtamos en mensajeros de su amor y de su paz.