6 de diciembre de 2013

Querido Papá Noel...



Te envío este e-mail con todo respeto e incluso con cierto temor, porque eres un personaje poderoso. Te conocen y admiran los niños del mundo entero. Tienes un pasado ilustre y, desde hace unas cuantas décadas, ocupas un lugar de relieve en las celebraciones de la Navidad. Te llaman también “Santa Klaus” y te identifican con San Nicolás, el obispo de Bari. 

Sin embargo tus amigos parecen haber olvidado este detalle y no sólo te han cambiado el nombre, sino que además te han despojado de tus ornamentos episcopales, te han hecho engordar veinte kilos y ahora apareces como un tipo rollizo vestido de rojo que corretea por el mundo montado en un trineo.

No eres el único personaje mítico que se ha colado en estas fiestas. Hay centenares repartidos por toda la geografía. En mi tierra han creado al Olentzero, un carbonero dadivoso que reparte juguetes; en Cataluña existe el Tió de Nadal, un tronco de árbol al que hay que darle una buena paliza para que eche chuches por su agujero menos noble. Y en Italia, modificando la palabra “Epifanía” inventaron la Befana, una bruja que trata de dejar sin trabajo a los Reyes Magos.

No me dirijo a ellos, porque tienen una importancia relativa. Entiendo que tú eres el jefe.

¿Te has preguntado alguna vez, amigo Noel, por qué estás aquí; qué tienes tú que ver con el nacimiento de Jesús en Belén? Yo también tenía esa curiosidad, y después de consultar todas wikipedias de la red, creo que empiezo a entender algo.

Me temo que la culpa es de la literatura. Resulta que, desde hace muchos siglos, con la llegada del frío, los hombres, mujeres y niños del hemisferio norte, necesitábamos oír cuentos al calor de la lumbre; cuentos de mucha nieve y animalitos del bosque; narraciones azucaradas a ser posible, que no alterasen la paz de las familias.

Como las fiestas de Navidad se celebran más o menos por esas fechas, algunos de esos relatos tuvieron como protagonista al Niño Jesús, a los pastores, etc. Así nacieron los famosos “cuentos de Navidad”, un género literario que, con el paso de los años, ha generado relatos de enorme belleza.

Gran invento éste de los cuentos de Navidad, sobre todo aquellos que se dicen en voz baja junto al belén y ayudan a penetrar con la fantasía en el misterio del Nacimiento del Hijo de Dios.

Lo malo fue la llegada del romanticismo y, cómo no, del laicismo. Muchos de esos cuentos cambiaron de órbita repentinamente. Ya no importaba tanto la historia de Belén (que de hecho fue olvidada por completo) como el “espíritu de la Navidad”.

¿Y qué es ese espíritu? Tú lo sabes muy bien, querido Noel, puesto que eres su profeta. El espíritu de la Navidad es un síndrome de buenismo invernal, al que se nos convoca por decreto; una hemorragia universal de buenos sentimientos cuyo origen nadie conoce, y que se expresa de mil formas: bolitas brillantes de colores, guirnaldas, ramas de abeto, acebo y una moda en rojo-pasión y blanco-escarcha.

El “espíritu de la Navidad” ha creado sus propios villancicos laicos en los que ya no se canta al Niño Jesús, tal vez para no ofender a los agnósticos, sino al propio “espíritu”. Son canciones con muchas campanas, duendes, gnomos y renos piadosos de cuernos azucarados.

Y tú, Papá Noel, ¿qué haces? Nada especial. Era preciso encontrar un protagonista para este cuento de navidad interconfesional. Tenía que ser gordito, con mofletes y una sonrisa pánfila e inofensiva.

Tampoco a mí me ofendes, rechoncho amigo. En el fondo me pareces gracioso, y no has conseguido que me olvide de la Nochebuena ni del belén. Sin embargo podríamos llegar a un acuerdo: ¿por qué no te trasladas con tu trineo y tus renos a otra época del año; a la Cuaresma, por ejemplo? Yo seguiría escribiendo cuentos de Navidad, y explicaría a quien quiera leerlos que no podemos celebrar el nacimiento de un Niño encerrándolo en el armario para que no moleste. La Navidad no es un cuento, colega.

Por Enrique Monasterio.