6 de abril de 2012

En el Jueves Santo.




Celebramos el Jueves Santo: día de la institución del santo sacrificio eucarístico, día del amor fraterno, día del sacerdocio ministerial, día de la Vida.


Con esta celebración de la Cena del Señor entramos en el Triduo Pascual, en el cual vamos a asistir a ese milagro de amor que es la Muerte y la Resurrección de Jesús. Esta celebración nos prepara para esas horas y nos deja con la tristeza de lo que ocurrirá un poco después de la cena. Getsemaní aparece en el horizonte y también la detención, la tortura y la falsa condena a muerte de un hombre justo.


Celebramos la institución de la Eucaristía, y es curioso observar, que los tres evangelistas sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) que narran la institución de la eucaristía, no hablen del lavatorio de los pies, y Juan, que narra el lavatorio de los pies, no dice nada de la institución de la eucaristía. La verdad es que los dos signos expresan exactamente la misma realidad significada: la entrega total de sí mismo. Lavar los pies era un servicio que sólo hacían los esclavos. Jesús quiere manifestar que El está entre ellos como el que sirve, no como el señor. Lo importante no es el hecho, sino el símbolo. Poco después del texto que hemos leído, dice Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado”.


Jesús se parte por nosotros. En el santo sacrificio eucarístico, actualizado en nuestras Eucaristías, Jesús entrega su vida por nosotros. Hoy de nuevo se va a sentar entre nosotros para lavarnos los pies en señal de entrega y servicio, va a besar nuestros pies con toda la ternura y devoción que un Dios puede hacer por el hombre y la mujer de hoy, recordando a aquella mujer que ungió sus pies con perfume. Hoy de nuevo se va a partir para derramarnos su amor, se va a entregar al sufrimiento y el dolor para resucitar e iluminar los nuestros…


En efecto, no existe la comunidad cristiana si no celebra el sacramento de la Eucaristía, pero tampoco hay auténtica Eucaristía, si no hay una verdadera comunidad cristiana. Porque la Eucaristía es Comunión, y no puede haber Comunión si no hay comunión de vida. A menudo olvidamos que no sólo comulgamos con Cristo, también lo hacemos con los hermanos. Por tanto, absténgase de participar en ella aquellos que no quieren vivir el valor de la fraternidad, aquellos que dicen amar a Dios con sus bocas pero se afanan en hacer daño a los que le rodean. Absténganse de participar los que se creen mejores cristianos que los demás pero sobre todo, los que no estén dispuestos a lavar los pies entregándose por todos.


Hoy, por desgracia se está convirtiendo en costumbre celebrar la Eucaristía e incluso comulgar, sin estar dispuestos a vivir en comunión de vida, pensamiento, acción y amor… Incluso celebramos y comulgamos pero abiertamente profesamos y vivimos de manera muy diferente …


Pedro le dijo: no me lavarás los pies jamás. ¿Qué diremos nosotros hoy?. Nuestra principal vocación es servir amando y amar sirviendo a los demás. El amor que Cristo nos enseña y nos deja como testimonio, en esta tarde de Jueves Santo, es un amor de servicio, un amor fraterno. Jesús quiso que el amor fraterno fuera, desde entonces, la seña y distintivo por el que los demás nos conocerán a los que nos llamamos sus discípulos.


No podemos olvidarnos también del sacerdocio a veces tan denostado y despreciado por ciertos sectores de nuestra sociedad, hoy queda instituido por Cristo y por Él queda santificado.


Damos gracias a Dios por los sacerdotes. Jesús, en este día, se constituye en sacerdote, víctima y altar. ¡Cómo no dar gracias a Dios por este don! Pedid por nosotros. Muchas son nuestras debilidades y otras tantas nuestras contradicciones. Que seamos capaces de mantener viva, con la ayuda del Espíritu Santo, la llama de la fe, el Ministerio que Dios nos ha regalado sin merecerlo.


Que con el testimonio, la audacia y valentía de todos los sacerdotes podamos seguir pregonando que Cristo está vivo y que, su presencia, es el camino, la verdad y la vida que la tierra necesita.


María nos dio al hijo de sus entrañas por la generosidad de la que sabe que su dolor es vida para nosotros. Cristo murió para darnos vida, y vida eterna.


Vivamos con intensidad el misterio de estos días. Misterio de fe y de dolor, misterio de entrega y de amor. Entremos en la herida abierta de su corazón traspasado, participemos de su Pasión, para junto con Él, entrar después en su Gloria.