25 de enero de 2013

Ya sé por qué no hay vocaciones al sacerdocio.




La causa está allá donde no es fácil verla. A veces nos dejamos llevar por tópicos y tendemos a culpar de la falta de vocaciones a la secularización reinante, a la relajación de las costumbres, a Zapatero y sus secuaces si se tercia, a quien sea, sobre todo de fuera de la Iglesia.

Pero no. He ido comprobando que si no hay vocaciones es porque no puede haberlas, al menos no sin una intervención sobrenatural de esas que rompen espectacularmente con todo lo esperable. Porque, ¿de dónde esperaríamos que surgiera cada vocación al sacerdocio?, ¿de ambientes ateos?, ¿de niños empapados de “valores” de concursante de Gran Hermano? No, ¿verdad? Nosotros confiamos en que los sacerdotes surjan del seno de familias muy católicas, ¡pero…!

Pero si en las familias católicas se habla de los curas con el desprecio y prepotencia con la que, en público, se oye y se lee expresarse a los católicos pretendidamente más auténticos, lo normal es que sus niños crezcan despreciando y temiendo a esos seres tan caraduras, vagos, iletrados, hipócritas, soberbios e inmorales que parecen ser los sacerdotes.

Porque no hablo de los ataques que vienen de parte de lobbies ideológicamente anticlericales, y de cuyas filas no es razonable esperar que surja un sacerdote. Hablo de los católicos de pata negra que menudean por las sacristías, los actos de piedad y las manifas profamilia, los que alimentan los sitios virtuales más íntegros y ponen la X en la declaración de la renta. Es decir: me refiero a los que verdaderamente más destrozan la estima del clero. Y lo hacen con esa seguridad que concede el convencimiento de que “quien paga manda”, sólo porque ponen la X y sueltan –y no todos ni siempre- en la colecta semanal un billetito en vez de las monedas que se caen entre los cojines del sofá. O porque colaboran tanto en alguna tarea parroquial que están tentados de anunciarse así en su tarjeta de visita: Fulano de Tal, Laico comprometido.

Y como, ciertamente, la situación de la Iglesia hoy no parece ser la más lustrosa de su historia, los profetas surgen por doquier. Pero si creíamos que los curas setenteros, los teólogos heterodoxos y las monjas asilvestradas habían agotado el cupo de profetismo tosco para varias generaciones, nos equivocamos. Entre los buenos prolifera. Veamos.

Busquemos, primero, la denuncia profética del fariseísmo formalista: la encontraremos, sí, y mezclada con la heterodoxia más brutal, entre los cristianos liberales (autodenominados proconciliares, y simplemente herejes por nosotros, los auténticos); busquemos en segundo lugar, la denuncia profética de abusos litúrgicos: ya sabemos dónde encontrarla, entre los filolefebrianos (autodenominados tradicionalistas); busquemos por último la denuncia profética de la herejía: la encontramos donde no escasea, entre oficialistas y movimientistas (autodenominados católicos de verdad, sin más). Todos estos profetas y profetisas normalmente andan a la greña entre sí. Pero si queremos verlos profetizar juntos, de la mano y al unísono,busquémoslos en la denuncia profética de los males del clero, que ahí van en amor y compañía todos los que de un extremo a otro se creen destinados a poner orden en el clero.

Qué hinchazón de suficiencia gastamos a veces en sembrar el desprecio a los sacerdotes, sin matizar, cargando las tintas o sobre su ignorancia (¡¿pero qué les enseñan en los Seminarios?!), o sobre su incuria (¿a ver qué hace éste tantas horas, si tiene la Iglesia siempre cerrada, pero para pasear al perro y fumar, para eso sí tiene tiempo!), o sobre su inmoralidad (¿me van a dar lecciones de moralidad estos? Huy, si yo contara las cosas que sé…). El lastre de altanería e inquina de trazo grueso de este profetismo anticlerical es proporcional al grado de autosatisfacción moral: como yo soy inequívocamente fidelísimo, como soy la viva representación de la ortodoxia, como soy extraordinariamente impecable, como soy el más “comprometido” de los laicos, ¿quién podrá decir de mí que soy un cáncer para MI Iglesia, como sin duda puede decirse de los disidentes o de los cismáticos, tan diabólicos todos ellos? Amparados los profetas en estas seguridades, las prédicas más salvajes contra los sacerdotes las proclaman católicos de lo más piadoso y observante.

Así las cosas, se entiende que nadie quiera ser cura. Reitero: si en las familias católicas se habla de los sacerdotes, no digo con el mismo desprecio, arrogancia y aires de superioridad moral con que se habla en los pórticos reales o virtuales, sino la mitad de la mitad, los niños crecerán pensando, como mínimo, que para vivir en medio de ese hostigamiento implacable, hay que ser un héroe. O un sinvergüenza. Cuando Dios llame al corazón de un varoncito de familia católica de estricta observancia, ¿no dudará la criatura de si su cándida inocencia podrá precipitarse a tan profundas simas de haraganería, ignorancia y pecado como se atribuye, en su propia y catoliquísima familia, a los curas? ¿Y no pensará el joven, dudoso, que la disposición al heroísmo que implica administrar los sacramentos a quien unos minutos después esparcirá por doquier las reales o imaginarias miserias del cura excede tanto sus fuerzas que es preferible no escuchar la llamada de Dios?

Como suelo decir que sólo he conocido sacerdotes buenos y dignos (no he dicho superhombres, he dicho buenos y dignos), llevo años escuchando el adjetivo clerical como un desdeñoso insulto. Pero sé que hay curas malísimos, no porque lo digan los montones de profetas impecables, sino porque es de sentido común que los haya, siendo seres humanos y no arcángeles. Y como hoy los comecuras no son sólo los quemaiglesias y los ateos de toda la vida, sino los católicos modélicos, ¿es mucho que alguien sea un poco “clerical”?

En un par de generaciones no habrá curas que nos den los sacramentos (con lo mal que lo hacen, dicen algunos, mejor que no los haya), no nos predicará nadie (total, predicaría mejor mi hijo de seis años, dicen estos mismos) no tendremos misa dominical siquiera (para lo mal que la dicen, mejor sin misa, insistirán). No habrá curas a los que los católicos buenísimos podamos amonestar en las sacristías materiales o virtuales si no nos gusta su homilía, si los horarios no nos convienen, si su corte de pelo no es a nuestro gusto; si las reuniones son breves, si son demasiado largas; si alza con poca unción, si alza absorto para dárselas de místico; si lee el periódico cuando podría rezar el rosario, si sonríe mucho y eso le hace parecer mundano; si sonríe poco y parece orgulloso…

Y los niños que educamos en esas ideas despiadadas con quienes dijeron SÍ y dejaron todo por seguir a Cristo no sólo no querrán ser curas de mayores, sino que tampoco tendrán curas a los que despreciar e infamar. En eso sí habremos ganado. (Extraído de Infocatólica, por Yolanda Obregón García).