17 de junio de 2009

Te adoramos...


Este domingo, como cada año, celebramos con gozo la solemnidad del Corpus Christi, del Cuerpo y Sangre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Como nos dicen las Sagradas Escrituras; “La víspera de su Pasión, durante la Cena pascual, el Señor tomó el pan en sus manos y, tras pronunciar la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo». Después tomó el cáliz, dio gracias, se lo dio y todos bebieron de él. Y dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por vosotros».

Estas palabras, que escuchamos domingo tras domingo, y cada vez que celebramos la Eucaristía, no sólo recuerdan e interpretan hechos del pasado, lo que sucedió aquella noche santa de la institución de la Eucaristía, aquel lejano jueves santo, sino que anticipan también el futuro, la venida del Reino de Dios en el mundo.

Jesús, nuestro Señor, no sólo pronuncia palabras. Lo que Él anuncia es un acontecimiento, el acontecimiento central de la historia del mundo y de nuestra vida personal”. Jesús se queda con nosotros para siempre en el Santísimo Sacramento del Altar hasta su vuelta definitiva al final de los tiempos.

Al rendir públicamente culto a la Santísima Eucaristía en este día de Corpus Christi, sería bueno que meditásemos sobre la intima conexión que existe entre este adorable Sacramento, que contiene al mismo Señor, y nuestra obligación de servir a los demás.

Como ha resaltado el Papa Benedicto en su primera encíclica, “Deus est caritas”, no se puede separar en la vida de la Iglesia el anuncio de la palabra, de la celebración de los sacramentos y del servicio a la caridad con los que más sufren en su cuerpo o en su alma.

Una Comunidad cristiana que quiere verdaderamente ser servidora del Señor y de sus hermanos los hombres, debe vivir de la Eucaristía y sus hijos, deben de alimentarse con este sagrado convite.

Solo así, al ir poco a poco transformando nuestra vida con la de Cristo en la Eucaristía, la gracia ira transformando nuestra débil naturaleza en un instrumento al servicio de la gran obra de la redención, pues nuestra vida debe tener siempre esta dimensión misionera, apostólica, que tomando fuerza del mismo Señor que nos alimenta con su cuerpo, sale al mundo a anunciar a nuestro hermanos al Señor que vive, que nos ama y nos espera siempre.

Son aun muchos los hombres y mujeres de nuestro mundo que siguen esperando nuestra presencia, nuestra palabra, nuestro consuelo de cristianos. Pero para ello, hemos de identificarnos profundamente con Cristo, del tal forma que viéndonos actuar, descubran a nuestro Señor.

La Iglesia vive para servir al Señor y a los hombres y mujeres de nuestro mundo y hace todo lo que puede para que la cercanía con el Señor sea el estilo de vida de toda una sociedad, de la familia y de cada persona.

Por eso, la Iglesia mira con preocupación todas las dificultades que nosotros mismos, los que nos llamamos cristianos, vamos poniéndole al Señor para ser verdaderamente auténticos seguidores suyos, y una de esas dificultades, y podríamos decir que la más importante, es el poco aprecio o la falta de constancia y de compromiso para celebrar cada domingo el día del Señor, día de la Eucaristía, día de la comunidad cristiana, día de la Resurrección.

Una sociedad que empieza a dejar de lado este deber de celebrar cada domingo la Eucaristía, por eso es el centro de nuestra vida cristiana, es una sociedad que ya ha comenzado el camino del olvido de Dios, un camino de sufrimientos, de angustias y conflictos personales, donde la alegría verdadera y la esperanza brillan por su ausencia, alegría y esperanza que solo Cristo puede dar cuando nos damos enteramente a Él, cuando sin poner condiciones, nos abandonamos en sus manos.

En la solemnidad del Corpus Christi que celebramos, contemplamos sobre todo el signo del pan. Este signo, nos recuerda también, la peregrinación de Israel durante los cuarenta años en el desierto. La Hostia es nuestro maná con el que el Señor nos alimenta, es verdaderamente el pan del cielo. Él mismo se nos da, se nos entrega.

En las procesiones que haremos en este día con el Santísimo Sacramento, le pediremos a nuestro Señor que nos guie por los caminos del bien. Que mire a la humanidad que sufre, que camina insegura entre tantos interrogantes. Que mire el hambre física y psíquica que atormenta a la humanidad. Que dé a los hombres el pan necesario para el cuerpo y para el alma. Que les conceda trabajo y seguridad, paz y luz, para sus mentes y sus corazones. Que nos haga comprender que sólo a través de la participación en su Pasión y muerte, a través del «sí» a la cruz, a la renuncia, nuestra vida puede madurar y alcanzar su auténtico cumplimiento.

Que una a su Iglesia en un solo cuerpo, que una a la humanidad castigada y lacerada por las guerras, el sufrimiento, el dolor y la enfermedad. Que nos purifique y santifique. Que nos dé su salvación.

Gracias Señor, por haberte quedado con nosotros, gracias por tu continua presencia en el Santísimo Sacramento del Altar.


Jesús, a quien ahora vemos oculto,
te rogamos que se cumpla lo que tanto deseamos,
que al mirar tu rostro cara a cara
seamos felices viendo tu gloria. Amén.