29 de junio de 2011

26 de junio de 2011

26 de junio: San Josemaría Escrivá.



Oración a San Josemaría Escrivá:

"Oh Dios, que por mediación de la Santísima Virgen,
otorgaste a San Josemaría, sacerdote,
gracias innumerables,
escogiéndole como instrumento fidelísimo
para fundar el Opus Dei,
camino de santificación en el trabajo profesional
y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano:
haz que yo sepa también convertir
todos los momentos y circunstancias de mi vida
en ocasión de amarte,
y de servir con alegría y con sencillez
a la Iglesia, al Romano Pontífice y a las almas,
iluminando los caminos de la tierra
con la luminaria de la fe y del amor.
Concédeme por la intercesión de San Josemaría,
el favor que te pido... (pídase)". Así sea.

22 de junio de 2011

Voce di Padre Pio.

Espera...





Por muy altas que sean las olas,

el Señor es más alto.


¡Espera...!, la calma volverá.



(Padre Pío).

19 de junio de 2011

Domingo de la Santísima Trinidad.



Celebramos el Domingo de la Santísima Trinidad. Celebrar esta solemnidad en este domingo después Pentecostés, tiene su sentido, puesto que por el Espíritu Santo llegamos a creer y a reconocer la Trinidad de personas en el único Dios verdadero, y habiendo celebrado todos los misterios de Cristo; pasión, muerte, resurrección, ascensión y venida del Espíritu Santo, la Iglesia echa una mirada retrospectiva de agradecimiento a la Obra completa de la Redención. Desde la contemplación de los Misterios de Cristo en ente mundo, nos volvemos a considerar la vida interna de la Divinidad, el Misterio Trinitario de Dios.

Hemos escuchado en los textos de la Sagrada Escritura, la preciosa fórmula trinitaria con la que San Pablo bendice a los cristianos de Corinto: "La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con vosotros." Esta fórmula de fe, es bien conocida porque quedó convertida en el saludo litúrgico con que el sacerdote se dirige también a los fieles al comienzo de la Misa.

La vida del cristiano está llamada a ser, de principio a fin, una alabanza a la Santísima Trinidad. Nos bautizan en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; también en el nombre de la Trinidad, recibimos el óleo santo cuando nos preparamos para la enfermedad o para morir, y de la misma forma, los pecados se nos perdonan en el nombre de la Santísima Trinidad.

Y es que este es el Dios en el que creemos los cristianos, el Dios Uno y Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un misterio de fe que no tenemos por qué explicar teológicamente, ni podemos hacerlo, sencillamente porque no lo vamos a conseguir, supera nuestra razón, nuestro entendimiento.

El ser humano no puede entender, ni explicar a Dios. Un ser que es esencialmente infinito e inmenso no puede ser explicado con palabras humanas, porque las palabras serán siempre limitadas y finitas.

Cuando hablamos del misterio de la Santísima Trinidad nos basta con creer lo que nos dice hoy San Pablo: que “Dios, nuestro Padre, es gracia, es amor y es comunión”. La gracia, el amor y la comunión nos la da el Padre a través de su hijo Jesucristo, enviándonos su Santo Espíritu. El Padre y el Hijo están unidos en una comunión muy fuerte a través del Espíritu, que es Amor. El Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu Santo es amor; todo Dios es Amor. Pero también nosotros formamos parte de esta Familia que forman el Padre, el Hijo y el Espíritu. Porque somos hijos de Dios y, por tanto, hermanos de Cristo, vivificados por el Espíritu Santo.

Cada uno de nosotros, si vivimos en comunión con Dios somos raza de Dios, formamos parte de la gran familia de Dios. Porque nosotros “en Dios vivimos, nos movemos y existimos”, como nos dice también San Pablo.

En esta Solemnidad de la Santísima Trinidad, le damos gracias a Dios por permitirnos formar parte de su familia y, al mismo tiempo, le prometemos que vamos a hacer todo lo posible para ser unos buenos hijos, a ejemplo de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

La esencia de Dios no es otra que el amor. Y ya lo dice San Juan; “al atardecer de la vida, me examinaran del amor”. No todos los padres y madres, en este mundo se distinguen por el amor hacia sus hijos, pero Dios, nuestro padre, con entrañas de madre, sí se distingue por el amor. Para entender humanamente el amor de Dios, nos basta con fijarnos en la conducta del padre en la parábola “del hijo pródigo”, o “del padre de la misericordia”. El amor del padre de esta parábola llega a extremos difícilmente aceptables en nuestros comportamientos humanos: el padre es todo ternura, compasión, misericordia, perdón. No hay reproches, ni condenas, ni memoria del pecado del hijo. El amor de Dios es así; así dibujó Cristo a su Padre en esta parábola, así quiere Cristo que veamos nosotros a su Padre, a nuestro Padre Dios.

Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. También el Hijo es todo amor; no ha venido a condenar, sino a salvar. Su muerte en cruz, es la mayor prueba de amor hacia nosotros.

A veces, nosotros los cristianos, estamos bien lejos del amor que Cristo nos pide. Los discípulos de Cristo debemos reprimir un poco, o bien mucho, nuestros impulsos habituales para juzgar y condenar al prójimo. El Espíritu de Cristo debe manifestarse en nosotros más por nuestra facilidad en perdonar, que por nuestro empeño en condenar. Claro que nuestra inteligencia tiende fácilmente a juzgar y, en muchos casos, a condenar, pero nuestro amor debe inclinarse preferentemente al perdón y a la misericordia. Así fue el corazón de Cristo y así debe ser nuestro corazón para vivir en gracia, en íntima unión con Dios.

Que este, nuestro reconocimiento del Dios compasivo y misericordioso no se quede sólo en meras palabras, sino que así lo vivamos en nuestro comportamiento diario. Es la mejor confesión que podemos hacer del Dios Trinidad, del Dios comunión, del Dios Amor.

13 de junio de 2011

Nada te turbe...




Nada te turbe,
nada te espante,
quien a Dios tiene,
nada le falta.
Nada te turbe,
nada te espante.
Sólo Dios basta. (Sta Teresa de Jesús)

12 de junio de 2011

DANOS, OH SEÑOR, TU ESPÍRITU...




Danos tus dones
Espíritu de Sabiduría,
danos luz para elegir con alegría
los caminos de Dios.

Espíritu de Inteligencia,
haznos capaces de descubrir la voluntad de Dios
en los acontecimientos de cada día.

Espíritu de Consejo,
guíanos en el camino de la vida.

Espíritu de Fortaleza,
danos el valor de ser testigos de nuestra fe
en todas las situaciones de la vida.

Espíritu de Ciencia,
indícanos el camino que
Dios estableció para nosotros.

Espíritu de Piedad,
haznos crecer siempre más
en la amistad y comunión con Dios.

Espíritu del Santo temor de Dios,
abre nuestro corazón
al respeto y confianza con el Señor.





¡FELIZ DÍA DE PENTECOSTÉS!

11 de junio de 2011

Tú y yo, la piropearemos...



"Cada vez estoy más persuadido: la felicidad del Cielo, es para los que saben ser felices en la tierra". (San Josemaría Escrivá)

9 de junio de 2011

Alma de Cristo...




San Ignacio de Loyola encabeza el libro de sus Ejercicios Espirituales con la oración del "Alma de Cristo", una oración antigua, de la época medieval (ya aparece en varios códices del siglo XIV) a la que San Ignacio tenía una especial devoción. Muchos somos los sacerdotes, religiosos y fieles, que en la Santa Misa, después de recibir la Sagrada Eucaristía, la recitamos en nuestro interior, uniéndonos a Aquel a quien acabamos de recibir.


Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.

5 de junio de 2011

Y subió a los cielos...





"Y Jesús, acercándose a sus discípulos les dijo: se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id, y haced discípulos míos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y sabed, que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". (Mt 28, 18-20)

31 de mayo de 2011

En la fiesta de la Visitación.




"Lo propio del Espíritu Santo cuando entra en un corazón es echar de él toda tibieza. Él ama la prontitud, es enemigo de las dilaciones, de los retardos en la ejecución de la voluntad de Dios...


"María, fue de prisa a la montaña", (Lc 1,39). ¡Cuántas gracias llovieron sobre la casa de Zacarías cuando entró en ella María!. Si Abrahán recibió tantas gracias por haber hospedado en su casa a los tres ángeles, ¡qué bendiciones caerían sobre la casa de Zacarías donde entró el “ángel del gran consejo”, la verdadera arca de la alianza, el profeta divino, Nuestro Señor recluido en el seno de María!. Toda la casa se llenó de alegría: el niño saltó en el vientre de su madre, el padre recobró el habla, la madre fue llena del Espíritu Santo y recibió el don de profecía. Viendo a Nuestra Señora entrar en su casa, exclamó: “¿cómo es posible que la madre de mi Señor venga a visitarme?”(Lc 1, 43) ... Y María, escuchando lo que su prima le decía en alabanza suya, se humilló y daba gloria a Dios de todo. Confesando que toda su felicidad le venía de Dios “que ha mirado la humildad de su sierva,” entonando este bello y admirable cántico del Magnificat.


¡Cómo no estar colmados de alegría, también nosotros, cuando nos visita este divino Salvador en el Santísimo Sacramento, y también por las gracias interiores, las palabras que diariamente nos dirige en nuestro corazón". (San Francisco de Sales, 1567-1622. Obispo de Ginebra y Doctor de la Iglesia.)

21 de mayo de 2011

Regina Caeli...




Reina del cielo, alégrate; aleluya.

Porque el Señor a quien mereciste llevar; aleluya.

Resucitó, según su palabra; aleluya.

Ruega al Señor por nosotros; aleluya.

Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya.

Porque ha resucitado verdaderamente el Señor; aleluya.




Oremos.

Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Santísima Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

14 de mayo de 2011

Nossa Senhora de Fátima.




Hace apenas dos días que llegué de mi tercera peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Fátima en Portugal. El Santuario de Ntra. Sra de Fátima, se encuentra situado en lo que se conoce como la Cova da Iria, y es uno de los más importantes santuarios marianos del mundo. Dicho santuario está situado a 11 km de la ciudad de Ourém, a 25 km de Leiria, a 120 km de Lisboa, a 180 km de Oporto y está aproximadamente a 300 metros por encima del nivel del mar, en pleno macizo calcáreo de Extremadura.

El 13 de Mayo de 1917, Lúcia de Jesus, Francisco Marto y Jacinta Marto, conocidos como "los tres pastorcitos de Fátima, afirmaron haber presenciado varias apariciones de la Virgen María. En una de esas apariciones, la Santísima Virgen les había dicho que construyeran una capilla en aquel lugar, y que actualmente es la parte central del Santuario donde podemos contemplar una bella imagen de Nuestra Señora. Con el paso del tiempo el Santuario se ha extendido. Hoy en día, existen dos basílicas, la vieja, dedicada a Ntra. Sra del Rosario de Fátima, como se conoce a la primera que se construyó, y la nueva, dedicada a la Santísima Trinidad, aumentando así la capacidad del acogimiento de los peregrinos.

El Santuario está compuesto principalmente por la Capilla de las Apariciones, Recinto de Oración, Basílica de Nuestra Señora del Rosario, Casa de Retiro de Nuestra Señora del Carmen y Rectorado, Casa de Retiro de Nuestra Señora de los Dolores y Albergue para enfermos, Plaza Pío XII, Centro Pastoral Pablo VI y la nueva Iglesia de la Santísima Trinidad.

Un módulo de hormigón del muro de Berlín, situado en un exremo de la plaza del santuario, recuerda la intervención de Dios, prometida en Fátima, en la caída del comunismo.

Ayer, por problemas técnicos de Blogger, no pude subir este bonito video de la procesión de las velas en el Santuario de Fátima y que tantas veces he podido contemplar y vivir en directo. Aunque el locutor habla en portugués, se puede seguir el video perfectamente. Porque a fin de cuentas, como decía San Josemaría Escrivá, no hay más que una raza, no hay más que una lengua..., la de los hijos de Dios. Que lo disfrutéis. Nossa Senhora de Fátima, ruega por nosotros.

2 de mayo de 2011

1 de mayo de 2011

24 de abril de 2011

¡Cristo ha resucitado!






¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

23 de abril de 2011

A Jesús crucificado...





Al verte cargar la cruz, por mis pecados,

y por amor a nosotros, azotado y mal herido

ayudarte a cargarla, habría querido

para que te sintieras por este siervo venerado.



De estar allí, seguro que nada habría cambiado,

como tus discípulos, quizás habría temido

y con misión e igual, habrías cumplido

y cobarde, ni a tus pies me habría arrimado.




No estuve allí, pero estoy lloroso y abatido

porque siento; Señor que te he fallado.

y aunque quise cumplir, no te he cumplido...



Pero espero igual, al morir sentirme perdonado

y porque ya, de mis faltas, estoy arrepentido

sé que encontraré, refugio en el cielo y a tu lado.

17 de abril de 2011

Bendito el que viene en nombre del Señor, ¡Hosanna en el cielo!



El Domingo de Ramos abre solemnemente la Semana Santa, con el recuerdo de las palmas y de la Pasión, de la entrada de Jesús en Jerusalém y la liturgia de la palabra que evoca la Pasión del Señor en el Evangelio de San Marcos.

En este día, se entrecruzan las dos tradiciones litúrgicas que han dado origen a esta celebración: la alegre, multitudinaria, festiva liturgia de la Iglesia Madre de la ciudad santa, que se convierte en -mimesis-, imitación de los que Jesús hizo en Jerusalén, y la austera memoria - anamnesis - de la Pasión que marcaba la liturgia de Roma. Liturgia de Jerusalén y de Roma, juntas en nuestra celebración. Con una evocación que no puede dejar de ser actualizada.

Vamos con el pensamiento a Jerusalén, subimos al Monte de los olivos para recalar en la capilla de Betfagé, que nos recuerda el gesto de Jesús, gesto profético, que entra como Rey pacífico, Mesías aclamado primero y condenado después, para cumplir en todo las profecías.

Por un momento la gente revivió la esperanza de tener ya consigo, de forma abierta y sin subterfugios aquel que venía en el nombre del Señor. Al menos así lo entendieron los más sencillos, los discípulos y gente que acompañó a Jesús, como un Rey.

San Lucas no habla de olivos ni palmas, sino de gente que iba alfombrando el camino con sus vestidos, como se recibe a un Rey, gente que gritaba: "Bendito el que viene como Rey en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en lo alto".

Palabras con una extraña evocación de las mismas que anunciaron el nacimiento del Señor en Belén a los más humildes. Jerusalén, desde el siglo IV, en el esplendor de su vida litúrgica celebraba este momento con una procesión multitudinaria. Y la cosa gustó tanto a los peregrinos que occidente dejó plasmada en esta procesión de ramos una de las más bellas celebraciones de la Semana Santa.

Con la liturgia de Roma, por otro lado, entramos en la Pasión y anticipamos la proclamación del misterio, con un gran contraste entre el camino triunfante del Cristo del Domingo de Ramos y el Viacrucis de los días santos.

Sin embargo, son las últimas palabras de Jesús en el madero la nueva semilla que debe empujar el remo evangelizador de la Iglesia en el mundo.

"Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Este es el evangelio, esta la nueva noticia, el contenido de la nueva evangelización. Desde una paradoja este mundo que parece tan autónomo, necesita que se le anuncie el misterio de la debilidad de nuestro Dios en la que se demuestra el culmen de su amor. Como lo anunciaron los primeros cristianos con estas narraciones largas y detallistas de la Pasión de Jesús.

Era el anuncio del amor de un Dios que baja con nosotros hasta el abismo de lo que no tiene sentido, del pecado y de la muerte, del absurdo grito de Jesús en su abandono y en su confianza extrema. Era un anuncio al mundo pagano tanto más realista cuanto con él se podía medir la fuerza de la Resurrección.

La liturgia de las palmas anticipa en este domingo, llamado pascua florida, el triunfo de la resurrección; mientras que la lectura de la Pasión nos invita a entrar conscientemente en la Semana Santa de la Pasión gloriosa y amorosa de Cristo el Señor.

13 de abril de 2011

¿Por qué confesarse con un cura?



No podemos negar, y eso lo constatamos cada vez más los sacerdotes, como el número de los que acuden al Sacramento de la Confesión ha descendido notablemente. Muchos no se han confesado desde que hicieron la Primera Comunión, amparándose en excusas tales como; "yo me confieso con Dios y con los santos", "al cura no le interesa mi vida íntima", "el cura es un pecador como yo", "mis cuentas se las debo a Dios"... y un sin fin de tonterias por el estilo. Otros, han abandonado esta práctica por dejadez o vergüenza simplemente. Pero lo más curioso de todo esto, es ver como se acude a recibir la Sagrada Comunión "más panchos que anchos", como decimos vulgarmente, como si nada hubiese pasado, sin los menores escrúpulos de conciencia, y creo no estar equivocado. Y es que el mayor mal de nuestro mundo, ya lo han dicho muchos Papas y santos en los últimos tiempos, es creer que nada es pecado, que todo vale, o en el peor de los casos, que el pecado y el demonio, (y perdón por si alguien se escandaliza), no existen.


En esta ocasión, adjunto una breve meditación del arzobispo castrense, Monseñor Juan del Río Martín, sobre el Sacramento de la Confesión y su importancia en nuestras vidas de cristianos y que bien nos puede servir de examen de conciencia para ver como está siendo nuestra práctica del sacramento o para retomarla y acudir con mayor frecuencia si la hemos abandonado.


"El olvido o la negación del pecado por parte del hombre moderno no significan que la realidad no exista, basta contemplar el panorama diario del mundo para percatarnos de que el pecado y el mal está ahí; hace estragos en el corazón de las personas y de los pueblos. Todo eso no es un invento de la Iglesia para tener atemorizada a la gente, como dicen algunos. Pero además, sucede que no podemos vivir sin la experiencia personal del perdón, ya que sería renunciar a la paz y a la tranquilidad de la conciencia. Ésta nos viene dada por la muerte y resurrección de Cristo, mediante la celebración del sacramento de la Penitencia según lo dispuesto p or la Iglesia.


Surge una cuestión: ¿por qué hay que acudir a un sacerdote y decirles nuestros pecados? El penitente encuentra en el confesor, no al individuo particular, sino a un ministro de Cristo y de la comunidad. El Señor se ha revelado al hombre por medio de nuestra carne, ello demuestra que su gracia salvadora siempre nos llega a través de signos y lenguajes propios de nuestra condición humana. Nosotros tenemos necesidad de saber que Dios nos ha perdonado. Por eso requerimos de alguien que, revestido de la potestad de “perdonar y retener” que Cristo dio a sus discípulos (cf. Mt 18,18; 16,17-19; Jn 20,19-23), nos dé la certeza interior de haber sido realmente perdonados y acogido por Dios. Solos, nunca sabríamos si lo que nos ha alcanzado es la gracia divina o la propia emoción.


La confesión no es un juicio de condena, sino la presencia del amor misericordioso de Dios, fuente de paz, alegría y consuelo. De ahí, la necesidad de recurrir a ella con frecuencia, porque mientras caminemos en “este valle de lágrimas” siempre habrá errores y debilidades. Para ello, es necesario hacer con seriedad los pasos que marca la tradición católica: contrición, confesión, y satisfacción (cf. Catecismo, 1450-1460).


El reciente discurso de Benedicto XVI a la Penitenciaria apostólica (25.3.2011), nos recuerda como el sacramento de la Reconciliación es “la escuela penitencial”. Comienza con el examen de conciencia que tiene un valor pedagógico de enseñarnos a mirar a nuestro interior y confrontarlo con la verdad del Evangelio. Continuando con la experiencia de ser escuchado en profundidad, a la vez de saber aceptar las amonestaciones y consejos del confesor, que son importantes para proseguir el camino espiritual y para la sanación interior del penitente. También la confesión integra de los pecados educa al cristiano en la humildad, en el reconocimiento de su propia fragilidad, en la necesidad del perdón divino y en la confianza de que la Gracia transforma la vida. Por último, acoger la absolución con verdadero arrepentimiento de los pecados es un instante especial donde se experimenta el amor misericordioso de Dios, a la vez que es una incitación a la conversión continua.


Este milagro de amor que es el sacramento del Perdón, no puede ser suplido por ningún gabinete psicológico, porque la Confesión no es un simple desahogo, sino la necesidad vital de cicatrizar las heridas de los pecados mediante el reencuentro con Dios y con la Iglesia".