31 de enero de 2012

San Juan Bosco.




"Con la oración y el sacrificio se prepara la acción".

28 de enero de 2012

Ofrecimiento del día.




¡Oh Señora mía!, ¡oh Madre mía!.


Yo me entrego enteramente a Vos,

y en prueba de mi filial afecto,

os consagro en este día,

mis ojos, mis oídos,

mi lengua, mi corazón;

en una palabra, todo mi ser.

Ya que soy todo vuestro,

Madre de bondad,

guardadme y defendedme

como cosa y posesión vuestra.

Amén.

27 de enero de 2012

Antes que cultos... santos.




El Papa Benedicto XVI aseguró que la Iglesia necesita más que nunca de sacerdotes que con su vida den un testimonio creíble de santidad y explicó que para ello urge que los seminaristas reciban una profunda formación en los temas de fe y tengan una intensa vida espiritual.


En su discurso, el Papa recordó unas palabras del Beato Juan XXIII: "Antes que sacerdotes cultos, elocuentes, puestos al día, se requieren sacerdotes santos y santificadores". Agregó que esta afirmación del Beato "es todavía actual, porque en toda la Iglesia es más fuerte que nunca la necesidad de operarios del Evangelio que sean testigos creíbles y promotores de santidad con su propia vida".


Refiriéndose a la formación de los seminaristas, Benedicto XVI subrayó que el contexto cultural de hoy exige "una sólida preparación filosófico-teológica". Deben conocer y comprender "la estructura interna de la fe en su totalidad, de modo que ésta se convierta en respuesta a las preguntas de los hombres"."Además, el estudio de la teología debe mantener siempre un fuerte nexo con la vida de oración. Es indispensable la integración armoniosa del ministerio, con sus múltiples actividades, y la vida espiritual del presbítero", afirmó.


En este punto, citó su Carta a los seminaristas de octubre 2010, en la que escribió que "para el sacerdote, que tendrá que acompañar a los demás a lo largo del camino de la vida y hasta la puerta de la muerte, es importante colocar en justo equilibrio corazón e intelecto, razón y sentimiento, cuerpo y alma, y ser humanamente íntegro".


Por ello, dijo el Pontífice, es necesario prestar gran atención "a la dimensión humana de la formación de los candidatos al sacerdocio. En efecto, nos presentamos ante Dios con nuestra humanidad, para ser auténticos ‘hombres de Dios’ ante nuestros hermanos. Quien quiere ser sacerdote debe ser, ante todo, un ‘hombre de Dios’. Por eso, lo más importante en el camino hacia el sacerdocio y durante toda la vida sacerdotal es la relación personal con Dios en Jesucristo".



25 de enero de 2012

Saulo, Saulo...



Judío de la tribu de Benjamín, Saulo, nacido en Tarso de Cilicia, fue enviado por sus padres desde muy joven a Jerusalén, donde se instruyó en la Ley de Moisés con el fariseo Gamaliel. Luego, ingresó a la severa secta de los fariseos, convirtiéndose en un perseguidor y enemigo de Cristo y de su Iglesia. Lo apasionado de su persecución lo llevó a ofrecerse al sumo sacerdote para ir a Damasco a arrestar a todos los judíos que confesaran a Jesús, pero Dios decidió mostrar su misericordia y paciencia con Saulo y ya cerca de Damasco, una luz del cielo brilló sobre él y sus compañeros, cegándolo por espacio de tres días, tiempo en el que permaneció en casa de un judío llamado Judas, sin comer ni beber.


Por revelación de Cristo, el cristiano Ananías fue al encuentro de Saulo, quien recuperó la vista y se convirtió, accediendo al bautismo y predicando en las sinagogas al Hijo de Dios, con gran asombro de sus oyentes. Así, el antiguo perseguidor blasfemo se convirtió en el apóstol Pablo, elegido por Dios, como uno de sus principales instrumentos para la conversión del mundo.

23 de enero de 2012

San Ildefonso de Toledo.





San Ildefonso, nace en el año 607 en Toledo, reinando Witerico. Procedía de estirpe germánica y era miembro de una de las distintas familias regias visigodas. Fue sobrino del obispo de Toledo San Eugenio III, quien comenzó a impartirle su educación. San Ildefonso alcanzó a tener una brillantísima formación literaria. Siendo aún muy niño, ingresó en el monasterio Agaliense, en los arrabales de Toledo, contra la voluntad de sus padres.


Estando ya en el monasterio, funda un convento de religiosas dotándolo con los bienes que hereda, y en torno al año 650 fue elegido abad. Tras la muerte del obispo Eugenio III es elegido obispo de Toledo el año 657.


San Ildefonso muere el año 667, siendo sepultado en la iglesia de Santa Leocadia de Toledo, y posteriormente trasladado a Zamora.


Es famoso el Milagro del encuentro con la Virgen, en donde se cuenta que una noche de diciembre, Ildefonso junto con sus clérigos y algunos otros, fueron a la iglesia, para cantar himnos en honor a la Virgen María. Encontraron la capilla brillando con una luz tan deslumbrante, que sintieron temor. Todos huyeron excepto Alfonso y sus dos diáconos. Estos entraron y se acercaron al altar. Ante ellos se encontraba la Santísima Virgen María, La Inmaculada Concepción, sentada en la silla del obispo, rodeada por una compañía de vírgenes entonando cantos celestiales. María le hizo seña con la cabeza para que se acercara. Habiendo obedecido, ella fijó sus ojos sobre él y le dijo: "Tu eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla la cual mi Hijo te envía de su tesorería." Habiendo dicho esto, la Virgen misma lo revistió con la casulla, dándole las instrucciones de usarla solamente en los días festivos designados en su honor.

Esta aparición y la casulla, fueron pruebas tan claras, que el concilio de Toledo ordenó un día de fiesta especial para perpetuar su memoria. El evento aparece documentado en el "Acta Sanctorum" como "El Descendimiento de la Santísima Virgen y de su Aparición".


En la catedral de Toledo, los peregrinos pueden aun observar la piedra en que la Santísima Virgen puso sus pies cuando se le apareció a San Ildefonso.

21 de enero de 2012

Estaba tan distraído...




Señor, gracias por llamarme.

Estaba tan distraído junto al mar...

Repasaba mis redes...

Había tantos caprichos enredados en ella...

A mí me parecían tesoros,

pero eran tan solo objetos

que cierran el horizonte y

no dejan ver más allá.

Pero de pronto resonó tu voz.

Me llamaste por mi nombre

y me invitaste a seguirte...

Dejé mis redes y siguiéndote a Tí

me he encontrado también a mí.

Señor, gracias por llamarme.

Estaba tan distraído...

Súplica a María Santísima.





Madre mía, en el comienzo de este día, bendiceme,

que tu amor y tu oración maternales me acompañen

a lo largo de toda esta jornada.

En las dificultades del trabajo, ayúdame.

Si flaqueo en mis buenos propósitos, anímame.

En las dudas y decisiones, guíame.

En mi oscuridad, ilumíname.

Cuando me desprecien y me olviden, ámame.

En las tentaciones y peligros, defiéndeme.

En las ansiedades y angustias de mi alma, cálmame.

Si desfallezco y me faltan las fuerzas, fortaléceme.

Si cayese en pecado, sálvame.

Si me olvido de Ti, piénsame.

Y si muriese en este día,

llévame en tus brazos

para poder gozar de Jesús en el Cielo.

Amén.

13 de enero de 2012

Nuestra Santa Madre Iglesia; Católica, Apostólica y Romana.

Nuestra infancia...




Una amiga me ha enviado estos gratos recuerdos y vivencias de lo que fue nuestra infancia para los que nacimos en los años 60, 70 u 80. ¡Cuantos recuerdos han regresado a mi memoria!. Lo comparto con vosotros.


1.- De niños íbamos en coches que no tenían cinturones de seguridad, ni airbag...


2.- Ir en la parte de atrás de una camioneta era un paseo especial y todavía lo recordamos.


3.- Nuestras cunas estaban pintadas con brillantes colores de pintura a base de plomo.


4.- No teníamos tapas con seguro contra niños en las botellas de medicina, gabinetes, puertas.


5.- Cuando montábamos bicicleta no usábamos casco.


6.- Tomábamos agua de la manguera del jardín y no de una botella de agua mineral...


7.- Gastábamos horas y horas construyéndonos carritos de chatarra y los que tenían la fortuna de tener calles inclinadas se tiraban ladera abajo y en la mitad se acordaban que no tenían frenos. Después de varios choques con los arboles aprendimos a resolver el problema. Sí, nosotros chocábamos con matorrales, no con autos!.


8.- Salíamos a jugar con la única condición de regresar antes del anochecer.


9.- El colegio era de jornada partida. De 9 a 12 y de 2 a 4 y llegábamos a casa a tiempo de ver Barrio Sésamo. Merendábamos, terminábamos la tarea y ¡a la calle!. No teníamos móviles... así que nadie podía localizarnos. Impensable hoy.


10.- Nos cortábamos, nos rompíamos un hueso, perdíamos un diente, pero nunca hubo una demanda por estos accidentes. Nadie tenía la culpa, sino nosotros mismos.


11.- Comíamos bizcochos, pan y mantequilla, tomábamos bebidas con azúcar y nunca teníamos exceso de peso porque siempre estábamos jugando...


12.- Compartíamos una bebida entre cuatro... tomando en la misma botella y nadie se moría por esto.


13.- No teníamos Playstations, Nintendo 64, Juegos de vídeo, 99 canales de televisión, videograbadoras, móviles, ordenadores, Internet... Sino que teníamos amigos.


14.- Salíamos, nos subíamos en la bicicleta o caminábamos hasta la casa del amigo, tocábamos el timbre o sencillamente entrábamos sin tocar y allí estaba, esperándonos para salir a jugar.


15.- Algunos estudiantes no eran tan brillantes como otros y cuando perdían un año lo repetían. Nadie iba al psicólogo, al psicopedagogo, nadie tenía dislexia ni problemas de atención ni hiperactividad, simplemente repetía y tenía una segunda oportunidad.


16.- Teníamos libertad, fracasos, éxitos, responsabilidades… y aprendimos a manejarlos.


Viendo la infancia de los niños de hoy, seguro que nos dirán que éramos unos aburridos, pero estoy convencido, por todo esto y mucho más, que fuimos unos chavales super felices. Por lo menos, tú y yo seguro que sí, jejeje!.

9 de enero de 2012

San Josemaría, a los 110 años de su nacimiento.




Hoy, día 9 de enero se cumplen 110 años del nacimiento de San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. Por este motivo, en el siguiente testimonio, el sacerdote Juan García Inza, expresa su gratitud a este santo sacerdote por lo que supuso para su vocación sacerdotal.


"Encontré en él, sacerdote diocesano, un modelo a seguir por su gran amor a Dios, a la Iglesia y al hombre. Dios le concedió la gracia de poner en marcha todo un plan de evangelización en el mundo, cuya novedad era, y es, recordar a toda persona, de cualquier clase y condición, que está llamada a la santidad tratando de encontrar al Señor en su trabajo y en todas sus actividades.


Jesucristo, en su vida privada hasta los treinta años, santifica con su trabajo ordinario lo que ordinariamente solemos hacer todos, desempeñando “divinamente” su tarea, conviviendo en familia, y compartiendo la vida con los demás.


El Opus Dei es una “partecita” del gran campo de la Iglesia. El espíritu específico de la Obra es ver en el trabajo un medio privilegiado para unirse con Dios y colaborar en la obra creadora, redentora y santificadora.


Al mismo tiempo el Opus Dei pretende ser una gran catequesis de formación doctrinal, empezando por los mismos miembros de la Obra, y ofreciéndola a todos aquellos que deseen participar de sus medios de formación y apostolado.


Y yo me di cuenta que todo ello es asumible por una vocación sacerdotal que trate, con su trabajo pastoral, acompañar a los hombres en sus tareas ordinarias, enseñándoles y ayudándoles a buscar la santidad mediante la unión con Dios Creador y Santificador.


Y así descubrí el “secreto” del Opus Dei, que no es otro que facilitar la llamada universal a la santidad. Y esta tarea, desempeñada en cada momento histórico y con cada persona, es una auténtica evangelización. El problema del alejamiento de la fe que hoy padecemos está ocasionado, en buena medida, por haber perdido la gran ilusión de ofrecer un camino cristiano lleno de posibilidades para hacer al hombre feliz. Hemos dedicado demasiado tiempo y energías en hacernos la guerra unos a otros en lugar de “tirar todos del carro en la misma dirección”.


La Nueva Evangelización a la que nos convoca el Papa será posible cuando vivamos de verdad el mandamiento del amor, y demos testimonio de auténtica fraternidad. Cada cual podrá evangelizar con sus propios carismas, pero respetando los carismas de los demás. Yo comparo la Nueva Evangelización con la tarea de un jardinero que, respetando cada planta y cada flor, trata de que cada una esté en el sitio que le corresponde, y desde allí colabore en ese conjunto armónico que se llama jardín. Y todos somos flores y jardineros. Ninguno puedo prescindir de los otros, porque todos somos necesarios para que la Iglesia sea una familia en la que no todos son iguales, pero todos tienen los mismos derechos y obligaciones, todos se quieren y trabajan por la misma causa".

6 de enero de 2012

En la Solemnidad de la Epifanía.




Señor, tú que manifestaste a tu Hijo en este día

a todas las naciones por medio de una estrella,

concédenos, a los que ya te conocemos por la fe,

llegar a contemplar, cara a cara,

la hermosura infinita de tu gloria.

Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

1 de enero de 2012

Sancta Maria, Mater Dei.





Ave María,
gratia plena,
Dominus tecum,
benedicta tu in muliéribus,
et benedictus fructus ventris tui Iesus.

Sancta Maria, Mater Dei,
ora pro nobis peccatoribus,
nunc et in ora mortis nostrae.
Amen.

31 de diciembre de 2011

Gracias Señor, por el año que termina...




Gracias Señor, por todo cuanto me diste en el año que termina,
gracias por los días de sol y los nublados tristes,
por las tardes tranquilas y las noches oscuras.

Gracias por la salud y por la enfermedad,
por las penas y las alegrías.

Gracias por todo lo que me prestaste y luego me pediste.
Gracias Señor, por la sonrisa amable y por la mano amiga,
por el amor y por todo lo hermoso y por todo lo dulce,
por las flores y las estrellas,
por la existencia de los niños y de las almas buenas.

Gracias por la soledad, por el trabajo, por las inquietudes,
por las dificultades y las lágrimas.
Por todo lo que me acercó a Ti.

Gracias por haberme conservado la vida,
y por haberme dado techo, abrigo y sustento.

Gracias Señor. Gracias Señor. Señor.

¿Qué me traerá el año que empieza?

Lo que Tu quieras Señor,
pero te pido fe para mirarte en todo,
esperanza para no desfallecer,
y caridad para amarte cada día más,
y para hacerte amar entre los que me rodean.

Dame paciencia y humildad, desprendimiento y generosidad,
dame Señor, lo que tu sabes que me conviene
y yo no sé pedir.

Que tenga el corazón alerta,
el oído atento, las manos y la mente activas,
y que me halle siempre dispuesto a hacer tu Santa Voluntad.

Derrama Señor, tus gracias sobre todos los que amo
y concede tu paz al mundo entero. Así sea.

Gracias Señor. Gracias Señor. Amén.

25 de diciembre de 2011

Navidad, misterio que conmueve nuestra fe y existencia



Catequesis del Santo Padre Benedicto XVI sobre la Navidad.



"Con la liturgia navideña la Iglesia nos introduce en el gran Misterio de la Encarnación. La Navidad, en efecto, no es un simple aniversario del nacimiento de Jesús; es también esto, pero es más aún, es celebrar un Misterio que ha marcado y continua marcando la historia del hombre –Dios mismo ha venido a habitar en medio de nosotros (cfr. Jn. 1,14), se ha hecho uno de nosotros--; un Misterio que conmueve nuestra fe y nuestra existencia; un Misterio que vivimos concretamente en las celebraciones litúrgicas, en particular en la Santa Misa.


Cualquiera podría preguntarse: ¿cómo es posible que yo viva ahora este evento tan lejano en el tiempo? ¿Cómo puedo participar provechosamente en el nacimiento del Hijo de Dios, ocurrido hace más de dos mil años? En la Santa Misa de la Noche de Navidad, repetiremos como estribillo de respuesta al salmo responsorial estas palabras: “Hoy ha nacido para nosotros el Salvador”. Este adverbio de tiempo, “hoy”, se utiliza más veces en las celebraciones natalicias y está referido al hecho del nacimiento de Jesús y a la salvación que la Encarnación del Hijo de Dios viene a traer. En la Liturgia, tal venida sobrepasa los límites del espacio y del tiempo y se vuelve actual, presente; su efecto perdura, en el transcurrir de los días, de los años y de los siglos. Indicando que Jesús nace “hoy”, la Liturgia no usa una frase sin sentido, sino subraya que esta Navidad incide e impregna toda la historia, sigue siendo una realidad incluso hoy, a la cual podemos acudir precisamente en la liturgia. A nosotros los creyentes, la celebración de la Navidad renueva la certeza de que Dios está realmente presente con nosotros, todavía “carne” y no sólo lejano: aún estando con el Padre está cerca de nosotros. Dios, en aquel Niño nacido en Belén, se ha acercado al hombre: nosotros lo podemos encontrar todavía, en un “hoy” que no tiene ocaso.


Me gustaría insistir sobre este punto, porque al hombre contemporáneo, hombre de lo “razonable”, de lo experimentable empíricamente, se le hace cada vez más difícil abrir el horizonte y entrar en el mundo de Dios. La redención de la humanidad es sin duda, un momento preciso e identificable de la historia: en el acontecimiento de Jesús de Nazaret; pero Jesús es el Hijo de Dios, es Dios mismo, que no solo le ha hablado al hombre, que le mostró signos maravillosos, que lo condujo a través de toda una historia de salvación, sino que se ha hecho hombre y permanece hombre. El Eterno ha entrado en los límites del tiempo y del espacio, para hacer posible “hoy” el encuentro con Él. Los textos litúrgicos navideños nos ayudan a entender que los eventos de la salvación realizados por Cristo son siempre actuales, interesan a cada hombre y a todos los hombres. Cuando escuchamos o pronunciamos, en las celebraciones litúrgicas, este “hoy ha nacido para nosotros el Salvador”, no estamos utilizando una expresión convencional vacía, sino entendemos que Dios nos ofrece “hoy”, ahora, a mí, a cada uno de nosotros, la posibilidad de reconocerlo y de acogerlo, como hicieron los pastores de Belén, para que Él nazca también en nuestra vida y la renueve, la ilumine, la transforme con su Gracia, con su Presencia.


La Navidad, por tanto, mientras conmemora el nacimiento de Jesús en la carne, de la Virgen María –y numerosos textos litúrgicos hacen revivir a nuestros ojos este o aquél episodio--, es un evento eficaz para nosotros. El papa san León Magno, presentando el sentido profundo de la Fiesta de Navidad, invitaba a sus fieles con estas palabras: “Exultemos en el Señor, queridos míos, y abramos nuestros corazón a la alegría más pura, porque ha despuntado el día que para nosotros significa la nueva redención, la antigua preparación, la felicidad eterna. Se renueva en realidad para nosotros, en el ciclo anual que transcurre, el alto misterio de nuestra salvación, que, prometido al inicio y otorgado al final de los tiempos, está destinado a durar para siempre” (Sermón 22, In Nativitate Domini, 2,1: PL 54,193). Y, siempre san León Magno, en otra de sus homilías navideñas, afirmaba: “Hoy, el creador del mundo ha sido generado en el seno de una virgen: aquel que había hecho todas las cosas se ha hecho hijo de una mujer creada por él mismo. Hoy, la Palabra de Dios ha aparecido revestido de carne y, aunque nunca había sido visible al ojo humano, se ha hecho también visiblemente palpable. Hoy los pastores han escuchado por voz de los ángeles que que ha nacido el Salvador en la sustancia de nuestro cuerpo y de nuestra alma” (Sermón 26, In Nativitate Domini, 6,1: PL 54,213).


Hay un segundo aspecto al cual quisiera aludir brevemente: el evento de Belén debe ser considerado a la luz del Misterio Pascual: el uno y el otro son parte de la única obra redentora de Cristo. La Encarnación y el nacimiento de Jesús nos invitan a dirigir, desde ya, la mirada sobre su muerte y su resurrección: Navidad y Pascua, ambas son fiestas de la redención. La Pascua se celebra como victoria sobre el pecado y sobre la muerte: marca el momento final, cuando la gloria del Hombre-Dios resplandece como la luz del día; la Navidad se celebra como el entrar de Dios en la historia haciéndose hombre para restituir el hombre a Dios: marca, por así decirlo, el momento inicial, cuando se deja entrever el clarear del alba. Pero así como el alba precede y hace ya presagiar la luz del día, así la Navidad anuncia ya la Cruz y la gloria de la Resurrección. También los dos períodos del año, en los cuales están situadas las dos grandes fiestas, al menos en algunas áreas del mundo, pueden ayudar a comprender este aspecto. Efectivamente, mientras la Pascua cae al inicio de la primavera, cuando el sol vence las densas y frías nieblas y renueva la faz de la tierra, la Navidad cae justo al inicio del invierno, cuando la luz y el calor del sol no llegan a despertar a la naturaleza, envuelta por el frío; pero sin embargo, bajo su manto palpita la vida y comienza de nuevo la victoria del sol y del calor.


Los padres de la Iglesia leían siempre el nacimiento de Cristo a la luz de la entera obra redentora, que encuentra su cúspide en el Misterio Pascual. La Encarnación del Hijo de Dios aparece no solo como el inicio y la condición de la salvación, sino como la presencia misma del Misterio de nuestra salvación: Dios se hace hombre, nace niño como nosotros, toma nuestra carne para vencer a la muerte y al pecado. Dos textos significativos de san Basilio lo ilustran bien. San Basilio decía a los fieles: “Dios asume la carne justo para destruir la muerte en ella escondida. Como los antídotos de un veneno, una vez ingeridos anulan los efectos, y como la oscuridad de una casa se disuelve a la luz del sol, así la muerte que dominaba sobre la naturaleza humana fue destruida por la presencia de Dios. Y como el hielo, que permanece sólido en el agua mientras dura la noche y reina la oscuridad, se derrite de inmediato al calor del sol. Así la muerte, que había reinado hasta la venida de Cristo, apenas aparece la gracia del Dios Salvador y surge el sol de justicia, “fue devorada por la victoria” (1 Cor. 15,54), sin poder coexistir con la Vida” (Homilía sobre el nacimiento de Cristo, 2: PG 31,1461). Y también san Basilio, en otro texto, hacía esta invitación: “Celebramos la salvación del mundo, la navidad del género humano. Hoy ha sido perdonada la culpa de Adán. No tenemos que decir nunca más: “Eres polvo y al polvo tornarás” (Gn. 3,19), sino, unidos a aquel que ha venido del cielo, serán admitidos en el cielo” (Homilía sobre el nacimiento de Cristo, 2: PG 31,1461).


En Navidad encontramos la ternura y el amor de Dios que se inclina sobre nuestros límites, sobre nuestras debilidades, sobre nuestros pecados y se abaja hasta nosotros. San Pablo afirma que Jesucristo “siendo de condición divina... se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo, asumiendo semejanza humana” (Fil. 2,6-7). Miremos a la gruta de Belén: Dios se abaja hasta ser acostado en un pesebre, que es ya el preludio del abajamiento en la hora de su pasión. El culmen de la historia del amor entre Dios y el hombre pasa a través del pesebre de Belén y el sepulcro de Jerusalén.


Queridos hermanos y hermanas, vivamos con alegría la Navidad que se acerca. Vivamos este acontecimiento maravilloso: el Hijo de Dios nace aún “hoy”, Dios está verdaderamente cercano a cada uno de nosotros y quiere encontrarnos, quiere llevarnos a Él. Es Él la verdadera luz, que elimina y disuelve las tinieblas que envuelven nuestra vida y a la humanidad. Vivamos la Navidad del Señor contemplando el camino del inmenso amor de Dios que nos ha elevado hacia Sí a través del Misterio de la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección de su Hijo, porque –como afirma san Agustín- “en (Cristo) la divinidad del Unigénito se ha hecho partícipe de nuestra mortalidad, a fin de que podamos participar de su inmortalidad” (Epístola 187,6,20: PL33,839-840). Sobre todo contemplemos y vivamos este Misterio en la celebración de la Eucaristía, centro de la Santa Navidad; allí se hace presente Jesús de modo real, verdadero Pan bajado del cielo, verdadero Cordero sacrificado por nuestra salvación.


Les deseo a todos ustedes y a sus familias, la celebración de una Navidad verdaderamente cristiana, de modo que también los intercambios de saludos en aquel día sean expresión del gozo de saber que Dios está cerca de nosotros y quiere recorrer con nosotros el camino de la vida. Gracias".

24 de diciembre de 2011

En la Natividad de nuestro Señor...





Os deseo a todos una muy feliz y santa Navidad.



Que Jesús, que viene a nosotros


en la humildad de nuestra carne,


nos bendiga con su Amor.


In Domino;

Norberto. Pbro.





18 de diciembre de 2011

"Que se haga en mí...




"En el sexto mes, el Angel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Angel entró en su casa y la saludó, diciendo: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Angel le dijo: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”. María dijo al Angel: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?”. El Angel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios”. María dijo entonces: “Yo soy la esclava del Señor, que se haga en mí según tu palabra”. Y el Angel se alejó. (Lucas 1, 26-38)"

17 de diciembre de 2011

Virgen del Adviento.




María, Virgen del Adviento,
esperanza nuestra,
de Jesús la aurora,
del cielo la puerta.

Madre de los hombres,
de la mar estrella,
llévanos a Cristo,
danos sus promesas.

Eres, Virgen Madre,
la de gracia llena,
del Señor la esclava,
del mundo la reina.

Alza nuestros ojos
hacia tu belleza,
guía nuestros pasos
a la vida eterna.
Amén.

12 de diciembre de 2011

En el 478 aniversario de las apariciones de Ntra. Sra. de Guadalupe.






Plegaria del Papa Juan Pablo II a la Virgen de Guadalupe



¡Oh Virgen Inmaculada, Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia! Tú, que desde este lugar manifiestas tu clemencia y tu compasión a todos los que solicitan tu amparo: escucha la oración que con filial confianza te dirigimos, y represéntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro.


Madre de misericordia, Maestra del sacrificio escondido y silencioso, a ti, que sales al encuentro de nosotros, los pecadores, te consagramos en este día todo nuestro ser todo nuestro amor. Te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores.


Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos, ya que todo lo que tenemos y somos lo ponemos bajo tu cuidado, Señora y Madre nuestra.


Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia: no nos sueltes de tu mano amorosa.


Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas, te pedimos por todos los Obispos, para que conduzcan a los fieles por senderos de intensa vida cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios y a las almas.


Contempla esta inmensa mies, e intercede para que el Señor infunda hambre de santidad en todo el pueblo de Dios, y otorgue abundante vocaciones de sacerdotes y religiosas, fuertes en la fe y celosos dispensadores de los misterios de Dios.


Concede a nuestros hogares la gracia de amar y de respetar la vida que comienza, con el mismo amor con el que concebiste en tu seno la vida del Hijo de Dios. Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a nuestras familias para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de nuestros hijos.


Esperanza nuestra, míranos con compasión, enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos, ayúdanos a levantarnos, a volver a él, mediante la confesión de nuestras culpas y pecados en el sacramento de la penitencia que trae sosiego al alma. Te suplicamos que nos concedas un amor muy grande a todos los santos sacramentos, que son como las huellas que ti Hijo nos dejó en la tierra.


Así, Madre Santísima, con la paz de Dios en la conciencia, con nuestros corazones libres de mal y de odios, podremos llevar a todos la verdadera alegría y la verdadera paz, que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y con el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.