25 de marzo de 2009

Angelus Domini nuntiavit Mariae.


En este día, los cristianos nos recogemos ante el gran misterio de la Encarnación del Verbo, del Hijo de Dios.

La fiesta de la Encarnación, hunde sus raíces en los primeros siglos de la era cristiana. Es así, que los primeros testimonios de esta solemnidad litúrgica aparecen en el siglo IV. Los Padres de la Iglesia, así lo creían, demostraban y predicaban. Ya en el siglo VII, el Papa Sergio I, introdujo esta celebración en la Iglesia Romana y ya, desde el principio, se viene celebrando la fiesta el 25 de marzo.

La Encarnación se encuentra en el centro de nuestra fe, en la que se revela la gloria de la Trinidad y su amor por los hombres.

Dios envía a su arcángel Gabriel a una ciudad desconocida, a una mujer humilde, para decirle que será la madre de su Hijo. María no se asusta ante la presencia, ante la aparición del enviado, del mensajero de Dios. Lo que le turba es el mensaje, ella siendo tan pequeña, no sabe si estará a la altura de las circunstancias, pero se fía plenamente de Dios y pone en sus manos, el destino de su vida.

La encarnación del verbo en las entrañas purísimas de María, fue así de sencillo. No hubo grandes eventos ni portentosas y extraordinarias manifestaciones. La sencillez de María fue así, de principio a fin, y todos los eventos que la rodearon así lo fueron. Ella, una joven más, de entre las muchas jóvenes doncellas del Israel de su tiempo, fue la elegida y predestinada por Dios desde mucho tiempo atrás, para que fuese la Madre del Salvador.

El misterio de la Encarnación significa que en un instante, la segunda persona de la Trinidad, el verbo de naturaleza divina, asumió plenamente la naturaleza humana, sin desechar su condición divina y se hizo carne en las entrañas de María.

Sin saber lo que acontecía, María dando su Sí a las palabras del ángel, engendró antes al Señor en su corazón que en sus entrañas. María por ser la Madre de Dios, fue adornada por parte del Creador, con una serie de privilegios. Entre otros, el de permanecer al margen del pecado original en su propia concepción. Por ello, la propia Iglesia considera que la Santísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio, concedido por Dios omnipotente y en previsión de los méritos de su Hijo, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de pecado, es decir, honramos a la virgen María con el título de la Inmaculada Concepción, por ser la Madre de Cristo.

María es mujer sencilla, mujer valiente, mujer fiel, mujer de fe, esperanza y caridad. Ella es la estrella que nos guía en el camino de Jesucristo. A Jesús se va y se viene por María.

Gracias Madre por tu fidelidad al plan de Dios; gracias Madre, por el regalo de tu Hijo; gracias Madre, por ser ejemplo, modelo y guía en el seguimiento de Cristo. Gracias Madre, porque tu Sí, mereció la pena.

20 de marzo de 2009

NO AL ABORTO, SÍ A LA VIDA.


A continuación, pueden leer el "Manifiesto de Madrid" o "declaración de Madrid" (sobre el aborto y la prevista Ley del gobierno de Zapatero).

«Nosotros, profesores de universidad, investigadores, académicos, e intelectuales de diferentes profesiones, ante la iniciativa del Grupo Socialista en el Congreso, por medio de la Subcomisión del aborto, de promover una ley de plazos, suscribimos el presente Manifiesto en defensa de la vida humana en su etapa inicial, embrionaria y fetal y rechazamos su instrumentalización al servicio de lucrativos intereses económicos ó ideológicos.

En primer lugar, reclamamos una correcta interpretación de los datos de la ciencia en relación con la vida humana en todas sus etapas y a este respecto deseamos se tengan en consideración los siguientes hechos:

a) Existe sobrada evidencia científica de que la vida empieza en el momento de la fecundación. Los conocimientos más actuales así lo demuestran: la Genética señala que la fecundación es el momento en que se constituye la identidad genética singular; la Biología Celular explica que los seres pluricelulares se constituyen a partir de una única célula inicial, el cigoto, en cuyo núcleo se encuentra la información genética que se conserva en todas las células y es la que determina la diferenciación celular; la Embriología describe el desarrollo y revela cómo se desenvuelve sin solución de continuidad.

b) El cigoto es la primera realidad corporal del ser humano. Tras la fusión de los núcleos gaméticos materno y paterno, el núcleo resultante es el centro coordinador del desarrollo, que reside en las moléculas de ADN, resultado de la adición de los genes paternos y maternos en una combinación nueva y singular.

c) El embrión (desde la fecundación hasta la octava semana) y el feto (a partir de la octava semana) son las primeras fases del desarrollo de un nuevo ser humano y en el claustro materno no forman parte de la sustantividad ni de ningún órgano de la madre, aunque dependa de ésta para su propio desarrollo.

d) La naturaleza biológica del embrión y del feto humano es independiente del modo en que se haya originado, bien sea proveniente de una reproducción natural o producto de reproducción asistida.

e) Un aborto no es sólo la «interrupción voluntaria del embarazo» sino un acto simple y cruel de «interrupción de una vida humana».

f) Es preciso que la mujer a quien se proponga abortar adopte libremente su decisión, tras un conocimiento informado y preciso del procedimiento y las consecuencias.

g) El aborto es un drama con dos víctimas: una muere y la otra sobrevive y sufre a diario las consecuencias de una decisión dramática e irreparable. Quien aborta es siempre la madre y quien sufre las consecuencias también, aunque sea el resultado de una relación compartida y voluntaria.

h) Es por tanto preciso que las mujeres que decidan abortar conozcan las secuelas psicológicas de tal acto y en particular del cuadro psicopatológico conocido como el «Síndrome Postaborto» (cuadro depresivo, sentimiento de culpa, pesadillas recurrentes, alteraciones de conducta, pérdida de autoestima, etc.).

i) Dada la trascendencia del acto para el se reclama la intervención de personal médico es preciso respetar la libertad de objeción de conciencia en esta materia.

j) El aborto es además una tragedia para la sociedad. Una sociedad indiferente a la matanza de cerca de 120.000 bebés al año es una sociedad fracasada y enferma.

k) Lejos de suponer la conquista de un derecho para la mujer, una Ley del aborto sin limitaciones fijaría a la mujer como la única responsable de un acto violento contra la vida de su propio hijo.

l) El aborto es especialmente duro para una joven de 16-17 años, a quien se pretende privar de la presencia, del consejo y del apoyo de sus padres para tomar la decisión de seguir con el embarazo o abortar. Obligar a una joven a decidir sola a tan temprana edad es una irresponsabilidad y una forma clara de violencia contra la mujer.

En definitiva, consideramos que las conclusiones que el Grupo Socialista en el Congreso, por medio de la Subcomisión del aborto, trasladará al Gobierno para que se ponga en marcha una ley de plazos, agrava la situación actual y desoye a una sociedad, que lejos de desear una nueva Ley para legitimar un acto violento para el no nacido y para su madre, reclama una regulación para detener los abusos y el fraude de Ley de los centros donde se practican los abortos».

19 de marzo de 2009

De María esposo, y de Dios, padre en la tierra.


Celebramos a San José, esposo de la Virgen María y padre terreno de nuestro Señor.
De San José, muy pocas cosas podemos decir si nos atenemos a los datos que las Sagradas Escrituras nos ofrecen. De él sabemos que fue un hombre corriente de su tiempo al que Dios confió llevar a cabo obras grandes y que supo vivir tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos que conformaron su vida. Por ello, la Sagrada Escritura alaba a José afirmando de él que fue un hombre justo. Y en la lengua hebrea, justo quiere decir piadoso, servidor de Dios, cumplidor de la voluntad de divina. Otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo. Es decir, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos los hombres.
No hay que negar, que María, su esposa, sea la causa de gran parte de los honores que se le rinden al Santo Patriarca. Sin embargo, hay todavía un motivo superior para amar más a José, y ese motivo superior es Jesús mismo. Por ello, no podemos ignorar la santidad de aquel hombre que fue escogido para cuidar de Jesús y de su María.
Esta devoción que estaba latente en el corazón de los cristianos desde el comienzo de la Iglesia, ha ido creciendo con el paso de los siglos. Y a pesar de ese ocultamiento, del silencio y de la escasa mención que hace de Él la Escritura Santa, han sido muchos los santos, teólogos y pontífices que a lo largo de la historia del cristianismo han dado testimonio de la importancia del Santo Patriarca.
¡Cómo tendría que ser la santidad de aquel hombre, al que se le encargó la tarea de formar y enseñar humanamente a quien era el mismo Hijo de Dios!.Su calidad humana y sobrenatural tuvo que estar a la altura de su misión.
Por ello, la figura de José se ha ido descubriendo paulatinamente en el seno de la propia Iglesia. Hasta el año 1621, no se incorporó el día de San José como festividad en el calendario de la Iglesia universal y el Papa Benedicto XV, lo nombró en 1920, Patrono de los obreros, de los padres de familia y de los moribundos.
A lo largo de los siglos se ha hablado de él subrayando diversos aspectos de su vida, pero siempre fiel a la misión que Dios le confió. Son diversos los autores espirituales que han dado un notable impulso a la devoción del Santo Patriarca.
La Santa de Ávila, Teresa de Jesús, en el Libro de su vida nos dice; “Tomé por abogado y señor al glorioso San José y me encomendé mucho a él. No recuerdo haberle suplicado cosa que haya dejado de hacer. Muchas son las gracias que Dios me ha concedido por medio del bienaventurado San José y muchos son los peligros de los que me ha librado”.
San Josemaría Escrivá refiriéndose a San José decía; “desde hace años, me gusta invocarle con el título de “Padre y Señor” por dos motivos. Primero porque protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre, y en segundo lugar, por ser “maestro de vida interior”.
Por su parte, San Juan Crisóstomo añade; “Dios, que ama a los hombres, mezclaba trabajos y dulzuras. Ni los peligros ni los consuelos nos los da continuos, sino que de unos y otros va Él entretejiendo la vida de los justos, y así lo hizo con José”.
También, el Papa Juan Pablo II, destacó durante su pontificado la figura de San José tanto en la Exhortación Apostólica Redemptoris Custos como en sus Homilías, Audiencias y Alocuciones. El Papa dirá: “Los cristianos han reconocido siempre en José, a aquel que vivió una comunión íntima con María y con Jesús, deduciendo que también en la muerte gozó de su presencia consoladora y afectuosa. De esta constante tradición cristiana se ha desarrollado en muchos lugares una especial devoción a la Sagrada Familia y a San José, custodio del Redentor”.
La Iglesia no ha cesado de recordar como Dios ha confiado los primeros misterios del Salvador a la ferviente custodia de San José. Mirando quién y cómo es San José, contemplamos su vocación y su misión. San José es el hombre al cual se le confió de un modo excepcional el gran misterio de Dios mismo, el misterio de la Encarnación. Esto le convierte en el hombre de confianza de Dios.
San José encontró en su amor a Dios, la razón de su vida. Cuando conoce que el Niño, Hijo de María, es el Mesías, Cristo se convierte en el motor de todas sus acciones y se esfuerza en alcanzar la identificación con Él. Los cristianos hemos de identificarnos cada día y cada vez más con Jesús. Hemos de vivir en este mundo alejado cada vez más de Dios como San José vivió, es decir, inmersos en Dios.
San José fue el hombre del amor fiel, de la fe amorosa y de la esperanza confiada. Esta es la fidelidad que vivió José, y esta es la que el Señor espera de cada uno de nosotros, una caridad que se traduce en obras concretas.
Que San José, nuestro "padre y señor", interceda por nosotros.

16 de marzo de 2009

Sacerdotes para servir.


En medio del tiempo cuaresmal y coincidiendo con la fiesta de San José, se celebra en la Iglesia el Día del Seminario. Todos sabemos lo necesarias que son las vocaciones para la vida, el testimonio y la acción pastoral de nuestras comunidades eclesiales. Y sabemos también que, a menudo, la disminución de las vocaciones en una diócesis o en una nación es consecuencia de la flojera en la intensidad de la fe y del fervor espiritual. No debemos por tanto, contentarnos fácilmente con la explicación según la cual la escasez de las vocaciones sacerdotales quedaría compensada con el crecimiento del compromiso apostólico de los laicos o que, incluso, sería algo querido por la Providencia para favorecer el crecimiento del laicado. Al contrario, cuanto más numerosos son los laicos que quieren vivir con generosidad su vocación bautismal, tanto más necesarias son la presencia y la obra específica de los ministros ordenados.

Por tanto, el empeño de la Iglesia en favor de las vocaciones debe basarse en un gran compromiso común, en el que han de colaborar tanto los laicos como los sacerdotes y los religiosos, y que consiste en redescubrir la dimensión fundamental de nuestra fe, para la cual la vida misma, toda vida humana, es fruto de la llamada de Dios y sólo puede realizarse positivamente como respuesta a esta llamada.

Dentro de esta gran realidad de la vida como vocación, y en concreto de nuestra vocación bautismal común, manifiesta todo su extraordinario significado la vocación al ministerio ordenado, la vocación sacerdotal. En efecto, es don y misterio, el misterio de la gratuita elección divina: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16).

El primer y principal compromiso en favor de las vocaciones no puede ser otro que la oración: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 37-38; cf. Lc 10, 2). La oración por las vocaciones, significa fiarse de él, ponerse en sus manos, lo que a su vez, nos da confianza y nos dispone para realizar las obras de Dios.

La oración debe ir acompañada por toda una pastoral que tenga un claro carácter vocacional. Desde que los niños y jóvenes comienzan a conocer a Dios y a formarse una conciencia moral hay que ayudarles a descubrir que la vida es vocación y que Dios llama a algunos a seguirlo más íntimamente, en la comunión con él y en la entrega de sí. En este campo, las familias cristianas tienen una gran e insustituible misión y responsabilidad con respecto a las vocaciones, y es preciso ayudarles a corresponder a ellas de manera consciente y generosa.

Si los niños y los jóvenes ven a sacerdotes afanados en demasiadas cosas, inclinados al mal humor y al lamento, descuidados en la oración y en las tareas propias de su ministerio, ¿cómo podrán sentirse atraídos por el camino del sacerdocio? Por el contrario, si perciben en los sacerdotes la alegría de ser ministros de Cristo, la generosidad en el servicio a la Iglesia y el interés por promover el crecimiento humano y espiritual de las personas que se nos han confiado, se sentirán impulsados a preguntarse si esta no puede ser, también para ellos, la elección más hermosa para su vida.

Encomendamos a María santísima, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia y, en particular, Madre de los sacerdotes, nuestra peculiar solicitud por las vocaciones. Le encomendamos de igual modo nuestro camino cuaresmal y, sobre todo, nuestra santificación personal. En efecto, la Iglesia necesita sacerdotes santos para abrir a Cristo incluso las puertas que parecen más cerradas. (Extraído de un encuentro del Papa con sacerdotes)

14 de marzo de 2009

De negocios con el Señor.


Celebramos el III domingo de Cuaresma. Al leer el pasaje de los mercaderes del Templo de Jerusalén (Jn. 2, 13-25), los cuales fueron expulsados por Jesús a fuerza de látigo, las mesas de los cambistas volteadas y las monedas desparramadas por el suelo, tenemos que pensar qué nos quiere decir hoy a nosotros el Señor con este incidente. Y sobre todo cuando nos dice: “no conviertan en un mercado la casa de mi Padre”.

El Señor se refiriere también a ese mercadeo y comercio, que con mucha frecuencia usamos en nuestra relación con Dios, concretamente en nuestra forma de pedirle a Dios tantas y tantas cosas. Es decir, queremos que el Señor entre a formar parte de nuestros negocios y trapicheos mundanos, y Él no está para eso.

Si pensamos bien en la forma en que oramos ¿no se parece nuestra oración a un negocio que estamos conviniendo con Dios? “Yo te pido esto, esto y esto, y a cambio te ofrezco tal cosa” ¿Cuántas veces no hemos orado así?. A veces también nuestra oración parece ser un pliego de peticiones, con una lista interminable de necesidades -reales o ficticias- sin ofrecer nada a cambio. A ambas actitudes puede estarse refiriendo el Señor cuando se opone al mercadeo en nuestra relación con El.

Fijémonos que en este pasaje del Evangelio los judíos “intervinieron para preguntarle ‘¿qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?’”. Y, a juzgar por la respuesta, al Señor no le gustó que le pidieran señales.

¿Y nosotros? ¿No pedimos también señales? “Dios mío, quiero un milagro”, nos atrevemos a pedirle al Señor. “Señor, dame una señal”. Más aún: ¡cómo nos gusta ir tras las señales extraordinarias!

Estos fenómenos extraordinarios pueden venir de Dios o no... Cuando no vienen de Dios sirven para desviarnos del camino que nos lleva a Dios, pues lo que pretende el Enemigo es que nos quedemos apegados a esas señales y que realmente no busquemos a Dios, sino que vayamos tras esas manifestaciones extraordinaria., como si fueran Dios mismo.

Los fenómenos extraordinarios, cuando son realmente de origen divino, son signos de la presencia de Dios y de su Madre en medio de nosotros. Son signos de gracias especialísimas que sirven para llamarnos a la conversión, al cambio de vida, a enderezar rumbos para dirigir nuestra mirada y nuestro caminar hacia aquella Casa del Padre que es el Cielo que nos espera, si cumplimos la Voluntad de Dios aquí en la tierra.

Y esas señales son justamente para ayudarnos a que nos acerquemos a Dios. Pero ¿en qué consiste ese acercamiento? ¿En seguir buscando fenómenos extraordinarios? ¿En entusiasmarnos con esas señales como si éstas fueran el centro de la vida en Dios? No. El acercarnos a Dios consiste en que cumplamos su Voluntad, y en que nos ciñamos a sus criterios, a sus planes, a sus modos de ver las cosas.

Pero ¿qué sucede con demasiada frecuencia?. Pues sucede que, a pesar de estas señales, seguimos apegados a nuestra voluntad , a nuestros criterios, a nuestros modos de ver las cosas y no a Dios. Los criterios de Dios son contrarios a los criterios de los hombres.

No podemos quedarnos en lo externo, en lo que podemos ver y palpar con los sentidos del cuerpo. No podemos seguir buscando estos fenómenos por todas partes, como si fueran el centro de la cuestión, pues el centro de la cuestión es otro: es buscar la Voluntad de Dios para cumplirla.

Jesús expulsó a los mercaderes y cambistas de la casa de su Padre. No corramos nosotros el riesgo de ser expulsados para siempre de la morada eterna que nos espera en la otra Vida, la Casa del Padre.

7 de marzo de 2009

Llamados a contemplar su gloria.


Celebramos el II domingo de Cuaresma. La lectura del Santo Evangelio según San Marcos, nos lleva a la contemplación de la Trasnfiguración de nuestro Señor ante la asombrosa mirada de sus discípulos.

Jesús había anunciado a los suyos la cercanía de su Pasión y los sufrimientos que había de padecer a manos de los judíos y de los gentiles. Y los animó a que le siguieran por el camino de la cruz y del sacrificio.
Nuestra vida es un camino hacia la Casa del Padre. Pero es una camino que pasa a través de la Cruz y del sacrificio. Hasta el último momento habremos de luchar contra corriente, y es posible que también llegue a nosotros la tentación de querer hacer compatible la entrega que nos pide el Señor con una vida fácil, cómoda, placentera, como la de tantos que viven con el pensamiento puesto exclusivamente en esta vida, en las cosas materiales, perecederas.

El Papa Pablo VI, llegó a afirmar, que el cristianismo no puede dispensarse de la cruz: la vida cristiana no es posible sin el peso fuerte y grande del deber. Si tratásemos de quitarle la cruz a nuestra vida, nos crearíamos ilusiones y debilitaríamos el cristianismo; lo habríamos transformado en una interpretación cómoda de la vida. Y no es esa, la senda que nos indicó el Señor.

Los discípulos iban a quedar profundamente desconcertados cuando presenciasen los hechos de la Pasión. Por eso, el Señor condujo a tres de ellos, a Pedro, Santiago y Juan, a la cima del monte Tabor para que contemplaran su gloria.

También a nosotros, como a Pedro, Santiago y Juan, quiere el Señor confortarnos con la esperanza que nos aguarda, especialmente si alguna vez el camino se hace costoso y asoma el desaliento. Pensar en lo que nos aguarda nos ayudará a ser fuertes y a perseverar en el camino.

No dejemos de traer a nuestra memoria el lugar que nuestro Padre Dios nos tiene preparado y al que nos encaminamos. Cada día que pasa nos acercamos un poco más. El paso del tiempo para el cristiano no es, en modo alguno, una tragedia; acorta, por el contrario, el camino que hemos de recorrer para el abrazo definitivo con Dios Padre.

¿Cómo será el Cielo que nos espera, donde contemplaremos, si somos fieles, a Cristo glorioso, no en un instante, sino toda una eternidad?

El misterio que celebramos no sólo fue un signo y anticipo de la glorificación de Cristo, sino también de la nuestra, pues, como nos enseña San Pablo, el Espíritu da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal que padezcamos con Él, para ser con Él también glorificados.

Si nos mantenemos siempre cerca de Jesús, nada nos hará verdaderamente daño: ni la ruina económica, ni la cárcel, ni la enfermedad grave..., mucho menos las pequeñas contrariedades diarias que tienden a quitarnos la paz.

Pidamos a Nuestra Señora que sepamos ofrecer con paz el dolor y la fatiga que cada día trae consigo, con el pensamiento puesto en Jesús, que nos acompaña en esta vida y que nos espera, glorioso al final del camino. Y cuando llegue la hora en que se cierren nuestros ojos para esta vida, nos permita el Señor abrirlos, para contemplar como aquellos tres discípulos en el Tabor, la hermosura infinita de su gloria.

24 de febrero de 2009

Una Iglesia que no sirve...



Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada.
¿Sirve la Iglesia para algo?.

No hace mucho que leí un magnífico artículo sobre la indiferencia religiosa, en donde una persona trataba de justificar su indiferencia ante la religión diciendo más o menos que la Iglesia no le mantenía a los hijos. Desde luego, y como decía el autor, que si sólo es bueno lo que da de comer, cabría decir que hay muchas cosas y personas que no sirven para nada como el ver una obra de arte, leer un poema o cuidar de un niño o un anciano. ¿Será la Iglesia una institución inútil que no sirve para nada?, ¿Qué puede hacer la Iglesia por este mundo? ¿No basta con la labor de los políticos, de los economistas, de los científicos...?


El autor nos proponía imaginar que en el mundo habían desaparecido los problemas más acuciantes: el hambre, el paro, la guerra, las injusticias, las enfermedades, la incultura... Pues bien, creemos que a pesar de ello sería legítimo hacerse una pregunta: ¿qué sentido tiene la vida?. Y esa es una pregunta que siempre será preciso hacerla, pues el corazón humano nunca se sacia plenamente con las cosas de la tierra. Sólo Dios podrá dar respuesta a las más profundas aspiraciones del hombre. Por eso, por muchas vueltas que de la vida, los hombres nunca podrán ser totalmente indiferentes al problema religioso. Y es precisamente la Iglesia quien puede recordar a la humanidad el sentido y la verdad más profunda de la vida, que no se reduce a este mundo. La Iglesia recuerda cómo Dios creó el mundo por amor y envió a su Hijo al mundo para salvarlo. Y, guiada por el Espíritu Santo, prolonga a lo largo del tiempo la obra de Jesús.Es misión de la Iglesia recordar la gran verdad que el mundo pretende ignorar, la esperanza a la que el ser humano está llamado a vivir. La falta de esperanza en Dios y el reducir todo el esfuerzo a conseguir los bienes materiales, es con mucha frecuencia, causa de egoísmos, injusticias y otros muchos males.


Es verdad que la misión de la Iglesia no es de orden político, económico o social, sino religioso. Pero de esta misión religiosa se deriva el esfuerzo por hacer un mundo más humano, en el que se garantice la dignidad de las personas o se garanticen sus derechos.


La Iglesia tiene el deber de crear obras al servicio de los hombres, sobre todo de los más necesitados. Así por ejemplo nada tiene de extraño que se preocupe de crear residencias para ancianos, centros para personas con deficiencia mental, hogares para las mujeres en situación difícil, centros de rehabilitación de toxicómanos, colegios de enseñanza, hospitales y dispensarios, hogares para transeúntes, etc... Así mismo la Iglesia debe preocuparse y así lo hace, de defender los derechos humanos, de contribuir a la paz, a la cultura... No cabe duda de que, en este sentido, ha prestado y está prestando un gran servicio a la humanidad, impulsando la lucha contra la miseria, la injusticia, las discriminaciones de todo tipo...


La Constitución pastoral Gaudium et spes, nº 43 nos dice: "Se equivocan los cristianos que con el pretexto de que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas... El cristiano que falta a sus deberes temporales falta a sus deberes para con el prójimo, falta a sus deberes para con Dios y pone en peligro su eterna salvación".


Es un gran error pensar que la práctica de la religión consiste solamente en acudir a los actos de culto y que no tiene nada que ver con los trabajos y asuntos temporales (como la economía, la política, la cultura...) Es lo que el Concilio llama "divorcio entre la fe y la vida diaria". Por eso es un mal cristiano quien no se compromete en serio, en la medida de sus posibilidades, a mejorar este mundo.


Recordemos aquella frase: “Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada”. Pero si la misión de la Iglesia es, precisamente, colaborar a hacer un mundo mejor y, además, a conseguir la salvación eterna, y eso lo hace, está prestando un gran servicio a la humanidad.



"Gracias, Señor, por la Iglesia. De veras que no entiendo a los que dicen que creen en ti, pero no creen en ella.¿Para qué hacen falta intermediarios? ¿Para qué hace falta la Iglesia?, balbucean. De nuevo te digo: gracias por la Iglesia. Gracias a ella me ha llegado tu palabra, gracias a ella he podido conocerte. Si su voz se apagara en este mundo, ¿quién podría gritar en favor de los más débiles? ¿Quién podría recordar que tu eres Padre y que son los otros hombres mis hermanos?Ayúdanos, Señor, a amar a tu Iglesia, a trabajar con ilusión en ella, a descubrir la tarea tan inmensa que tú has puesto en nuestras manos. Amén".

LA SANTA CUARESMA.


La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. Es tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo.


La Cuaresma dura 40 días; comienza el Miércoles de ceniza y termina antes de la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo. A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios.


El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa luto y penitencia. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de conversión espiritual; tiempo de preparación al misterio pascual.


En la Cuaresma, Cristo nos invita a cambiar de vida. La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un camino hacia Jesucristo, escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo y haciendo obras buenas. Nos invita a vivir una serie de actitudes cristianas que nos ayudan a parecernos más a Jesucristo, ya que por acción de nuestro pecado, nos alejamos más de Dios.


Por ello, la Cuaresma es el tiempo del perdón y de la reconciliación fraterna. Cada día, durante toda la vida, hemos de arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos que se oponen a nuestro amor a Dios y a los hermanos. En Cuaresma, aprendemos a conocer y apreciar la Cruz de Jesús. Con esto aprendemos también a tomar nuestra cruz con alegría para alcanzar la gloria de la resurrección.


Al mismo tiempo, la ceniza que se nos impone al comienzo de este tiempo, es símbolo de penitencia, y bendecida por la Iglesia, se convierte en un sacramental que nos mueve a desarrollar el espíritu de humildad y de sacrificio.


"Señor, hoy nos recuerdas que somos pecadores, invitándonos a la conversión radical de nuestras vidas. Hoy nos dices: conviértanse y crean en el Evangelio. Es una consigna de liberación de todo lo que nos degrada. He aquí la tarea de la cuaresma en camino hacia la pascua. La ceniza es garantía de resurrección del hombre nuevo. Queremos despojarnos de la hipocresía que nos corroe. Que sepamos buscarte y agradarte en lo secreto. Queremos rehacer nuestra opción bautismal para llegar a la noche de la vigilia pascual como hombres y mujeres nuevos, renacidos de tu Espíritu. Amén".


14 de febrero de 2009

San Valentín, presbítero y mártir.


Según los escritos antiguos y la tradición, San Valentín, fue presbítero y mártir cristiano de la Iglesia primitiva. Valentín, junto con San Mario, y su familia, socorría a los mártires de la persecución de Claudio II. Su virtud y sabiduría le habían granjeado la veneración de los cristianos y de los gentiles. Mereció el nombre de "Padre de los pobres" por su caridad y su celo pastoral. Obligado a apostatar de la fe en Cristo, fue detenido, encarcelado, encadenado y apaleado con mazas. Ante tanta fortaleza en el martirio, fue enviado por el emperador al prefecto de Roma, quien al ver que todas sus promesas para hacerlo renunciar a la fe eran ineficaces mandó a que lo decapitaran. Esto tuvo lugar el 14 de febrero del año 270. Parece que fue el Papa Julio I quien hizo construir una iglesia cerca de Ponte Mole en memoria del mártir. La mayor parte de sus reliquias están ahora en la iglesia de Santa Praxedes. La costumbre sajona de que los jóvenes y las doncellas se escogieran como prometidos en este día, probablemente se basa en la creencia popular que encontramos relatada en la literatura desde los tiempos del poeta inglés Chaucer, de que los pájaros comenzaban a formar parejas el día de San Valentín. “Yo soy la luz del mundo. Quien me sigue, no anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan, 8, 12).

12 de febrero de 2009

En el día del enfermo.

Cada 11 de febrero, fiesta de Ntra. Sra. de Lourdes, la Iglesia celebra el día del enfermo. Aunque se les recuerda en un día concreto, todos los días son "día del enfermo". Recemos por ellos, por los enfermos de nuestra familia, de nuestra parroquia, de nuestro mundo, por toda la gente que sufre a nuestro alrededor, en muchos hogares, en los hospitales, en las residencias... Por todos ellos, por los que los cuidan, para que el Señor los llene de su paz, de su amor, de su consuelo... y también por los que tarde o temprano tendremos que abrazar la cruz del dolor, la enfermedad y el sufrimiento, recemos esta oración del Papa Juan Pablo II.

Señor, Tu conoces mi vida y sabes mi dolor,
haz visto mis ojos llorar,
mi rostro entristecerse,
mi cuerpo lleno de dolencias
y mi alma traspasada por la angustia.

Lo mismo que te pasó a ti
cuando, camino de la cruz,
todos te abandonaron.
Hazme comprender tus sufrimientos
y con ellos el Amor que Tu nos tienes,
y que yo también aprenda
que uniendo mis dolores a Tus Dolores
tienen un valor redentor por mis hermanos.

Ayúdame a sufrir con Amor,
hasta con alegría.
Si no es ¨posible que pase de mí este cáliz¨.
Te pido por todos los que sufren:
por los enfermos como yo,
por los pobres, los abandonados, los desvalidos,
los que no tienen cariño ni comprensión y se sienten solos.

Señor: Sé que también el dolor lo permites tu
para mayor bien de los que te amamos.
Haz que estas dolencias que me aquejan,
me purifiquen, me hagan más humano,
me transformen y me acerque más a Tí. Amén.

29 de enero de 2009

Doctor Angélico.


Santo Tomás de Aquino, conocido también como el Doctor Angélico, es el filósofo escolástico de mayor trascendencia y uno de los más importantes filósofos cristianos de todos los tiempos, nació en Roccasecca (cerca de Aquino, Italia) en 1224. Tras realizar sus primeros estudios en el monasterio benedictino de Monte Cassino y en la Universidad de Nápoles, ingresó con veinte años de edad en la orden de dominicos. Marcha a París y allí estudia con San Alberto Magno, quien será su maestro.
Tomás era de cuerpo grande y solía presenciar las clases desde los últimos lugares, tomando apuntes y permaneciendo en silencio. Sus compañeros lo llamaban "el buey mudo", y según cuenta la tradición, San Alberto Magno dijo al respecto: “este buey mudo un día llenará al mundo con sus bramidos”, y por la bastedad y la repercusión de sus escritos, podemos decir que así fue.
En 1252 retornó a París para graduarse como Maestro de Teología. Enseñó en París entre 1256 y 1259, y continuó luego con esta labor en distintas ciudades italianas. Se estableció nuevamente en París en 1269 y en 1272, retornó a Nápoles. Redactó mientras tanto sus dos obras fundamentales: la Suma contra gentiles y la Suma teológica.
Murió en el año 1274, mientras viajaba al Concilio de Lyón, en el monasterio cisterciense de Fossanova.
Entre sus obras encontramos los Comentarios a Aristóteles, La Suma Teológica (su obra más extensa) es una presentación completa y simplificada de su pensamiento en Teología. La Suma contra gentiles, es una fundamentación más profunda de los temas tratados. Entre las cuestiones disputadas se destacan De Veritate y De Potencia.
Al mismo tiempo, sus demostraciones de la existencia de Dios, conocidas como "Las Cinco Vías", han tenido a lo largo de estos siglos, una trascendencia enorme.

27 de enero de 2009

Eucaristía y comunión.


Como nos dice el Papa, durante la celebración de la Misa, el altar se convierte, de cierta forma, en punto de encuentro entre el Cielo y la tierra; el centro, podríamos decir, de la única Iglesia que es celeste y al mismo tiempo peregrina en la tierra.

Cada celebración eucarística anticipa el triunfo de Cristo sobre el pecado y sobre el mundo, y muestra en el misterio el fulgor de la Iglesia.

La presencia real de Cristo en la Eucaristía, nos dice Benedicto XVI, es una presencia dinámica, que nos aferra para hacernos suyos, para asimilarnos a él; nos atrae con la fuerza de su amor haciéndonos salir de nosotros mismos para unirnos a Él, haciendo de nosotros una sola cosa con Él.

Pero una cosa fundamental al celebrarse la Eucaristía, es la unidad de los hermanos en la fe. Podemos preguntarnos, si posible estar en comunión con el Señor si no estamos en comunión entre nosotros, o si podemos presentarnos ante el altar de Dios divididos, lejanos unos de otros.

Es necesario el perdón y la reconciliación fraterna antes de comulgar. Nuestra alma debe abrirse al perdón y a la reconciliación fraterna, dispuestos a aceptar las excusas de cuantos nos hayan herido y dispuestos siempre a perdonar.

Cuando los creyentes estamos unidos por la caridad, y tomando la frase de San Agustín, nos convertimos verdaderamente en casa de Dios que no teme derrumbarse.

En este sentido, es urgente la necesidad no sólo de la comunión, sino también de la corresponsabilidad, pues la comunión eclesial es también una tarea confiada a la responsabilidad de cada uno.

Que el Señor nos conceda una comunión cada vez más convencida y operante, en la colaboración y en la corresponsabilidad en todos los niveles: entre obispos y presbíteros, consagrados y laicos, y entre las distintas comunidades cristianas.

26 de enero de 2009

La conversión de San Pablo.


Celebramos la Fiesta de la conversión de San Pablo. Con esta fiesta, la Iglesia recuerda y conmemora uno de los mayores acontecimientos ocurridos en los tiempos apostólicos; la conversión del que fue perseguidor y fanático exterminador de la naciente comunidad cristiana. Es ver morir al judío radical, y presenciar el nacimiento esplendoroso del cristiano y del apóstol". San Jerónimo afirmaba que "El mundo no verá jamás otro hombre de la talla de San Pablo".

La vocación de Pablo es un llamamiento personal de Cristo, y que tiene como respuesta la generosidad. En los santos Evangelio hay otros llamamientos personales del Señor, pero son llamadas que tuvieron por respuesta el no seguimiento y la no perseverancia.

San Pablo será ahora tras su conversión al Señor, como un fariseo al revés. Antes, sólo la Ley de ahora en adelante, únicamente Cristo será el centro de su vida. Por ello, Pablo es llamado "el Primero después del único".

Normalmente los llamamientos del Señor son mucho más sencillos, menos espectaculares. No suelen llegar en medio del huracán y la tormenta, sino que se presentan en medio de la suave brisa de los acontecimientos ordinarios de la vida, Todos tenemos nuestro camino de Damasco y a cada uno de nosotros nos llama el Señor en el tramo más inesperado del camino a ser sus discípulos.

Discípulo, por tanto, no es alguien que abandona algo; es aquel que, respondiendo decididamente a una llamada, ha encontrado a alguien. Lo que uno cree que ha perdido, se compensa con creces, y luego termina siendo una ganancia. El propio Pablo llega a afirma: "Todo lo que para mí era ganancia, lo tengo por pérdida comparado con Cristo. Todo lo tengo por basura con tal de ganar a Cristo. Sólo una cosa me interesa: olvidando lo que queda atrás y lanzándome a lo que está delante, corro hacia la meta, hacia el galardón de Dios, en Cristo Jesús".

Que siguiendo el ejemplo de Pablo tras su conversión, también nosotros sepamos estar siempre prestos a escuchar la voz del Señor y a trabajar incansablemente por la extensión del Reino.

11 de enero de 2009

En la fiesta del Bautismo del Señor


Las fiestas de Navidad, ya han finalizado, y comienza el Tiempo Ordinario en la Liturgia de la Iglesia.

Después de estas fiestas de Navidad y de Epifanía, que hemos vivido, la Iglesia nos invita este domingo, a contemplar los hechos y las enseñanzas de Jesús en el inicio de su vida pública, inaugurada con su Bautismo en el río Jordán.

Ahora es el tiempo de vivir con Jesús, proclamando la venida del Reino de Dios. Ahora es el tiempo de compartir la gloria del Señor, aclamado por todos como el salvador de Israel, pero además, es el tiempo de seguir a Jesús hasta el Calvario, para entrar por siempre en la Gloria del cielo.

El bautismo para el cristiano, es el sacramento por el cual nos incorporamos a la Iglesia, es la puerta que se nos abre para seguir a Jesús y entrar en su vida inmortal.

Juan Bautista bautizó con agua; Jesús ahora nos bautiza en el Espíritu Santo. Porque este es el Espíritu de Amor que, en el momento de la Creación, aleteaba sobre la superficie de las aguas, y este es el mismo Espíritu de Amor que condujo a Jesús a ofrecerse por Amor, a su Padre, para todos los hombres.

Jesús es nuestro Salvador: él está puro de cualquier pecado. ¿Entonces por qué lo bautizó Juan? Simplemente, para que se manifestara visiblemente en Jesús, la gloria del Padre, por medio del Espíritu Santo.

No nos olvidemos: el Espíritu Santo está ahí para recordarnos todo lo que el Señor ha dicho y hecho. El Espíritu Santo invita a la Iglesia a vivir otra vez la humildad de su Maestro, de manera que ella pueda compartir, un día, la Gloria de su Resurrección.

En el Bautismo, recordamos que Jesús fue glorificado por su Padre: Jesús se humilló ante Juan el Bautista, y su Padre manifestó su Gloria, Omnipotencia y su amor para con Él. Pero es el Espíritu Santo que viene para manifestar su presencia, visible, corporal, bajo la forma de una paloma nada más ser bautizado.

También nosotros hemos recibido en el sacramento del Bautismo al Espíritu Santo, que hace posible en nuestra existencia una vida nueva como hijos e hijas de Dios para en todo amarlo y servirlo, participando así en su reino de amor y de paz, en esta vida y en la eterna. Pero para que esto sea posible en nosotros, depende de la disposición que tengamos para escuchar y poner en práctica sus enseñanzas, identificándonos con Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y el Servidor por excelencia. Hoy es un día para recordar nuestro propio bautismo y darle gracias al Señor por abrirnos las puertas de la Iglesia, de la gran familia de los Hijos de Dios. Hoy es un día propicio, para renovar nuestra fe, la fe que nuestros padres nos transmitieron, la misma fe que hace que descubramos cada día en Jesús, a nuestro Dios y Señor, al Salvador del mundo.

1 de enero de 2009

SANCTA MARIA, MATER DEI.


Hoy, como cada 1 de enero, celebramos a Nuestra Señora bajo el título de Madre de Dios. La Iglesia Católica quiere comenzar el año pidiendo la protección de la Santísima Virgen María. La fiesta mariana más antigua que se conoce en Occidente es la de "María Madre de Dios". Ya en las Catacumbas o subterráneos más antiguos, cavados debajo de la ciudad de Roma y donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Santa Misa, en tiempos de las persecuciones, hay pinturas de la Virgen María con este título de "María, Madre de Dios".

Si nosotros hubiéramos podido formar a nuestra madre, ¿qué cualidades no le habríamos dado? Pues Cristo, que es Dios, sí formó a su propia madre. Y ya podemos imaginar que la dotó de las mejores cualidades que una criatura humana puede tener.

Pero, ¿es que Dios ha tenido principio? Sabemos que no. Dios nunca tuvo principio, y la Virgen no formó a Dios. Pero Ella es Madre de Jesús, segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo hecho carne en las entrañas puras de la Virgen Santa y por eso, la Virgen María es la Madre de Dios.

Decía San Estanislao: "La Madre de Dios es también madre mía". Quien nos dio a su Madre santísima como madre nuestra, en la cruz al decir al discípulo que nos representaba a nosotros: "He ahí a tu madre", ¿será capaz de negarnos algún favor si se lo pedimos en nombre de la Madre Santísima?

Cuando en el año 431 el hereje Nestorio se atrevió a decir que María no era Madre de Dios, se reunieron los 200 obispos del mundo en Éfeso, e iluminados por el Espíritu Santo, declararon: "La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios". Y acompañados por todo el gentío de la ciudad que los rodeaba portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén".

El título "Madre de Dios" es el principal y el más importante de la Virgen María, y de él dependen todos los demás títulos y cualidades y privilegios que Ella tiene.

Los santos muy antiguos dicen que en Oriente y Occidente, el nombre más generalizado con el que los cristianos llamaban a la Virgen era el de "María, Madre de Dios".
Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis.

31 de diciembre de 2008

Gracias Señor, por el año que termina.


“Señor Dios, dueño del tiempo y de la eternidad, tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro.

Al terminar este año quiero darte gracias por todo aquello que he recibido de Tí.

Gracias por la vida, por la salud y la enfermedad, por la alegría y el dolor, por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser. Te ofrezco cuanto hice en este año, el trabajo que pude realizar, las cosas que pasaron...

Pero también Señor, hoy quiero pedirte perdón por el tiempo perdido, por las obras vacías y por el trabajo mal hecho...


También perdón por la oración que poco a poco fui aplazando y que hasta ahora vengo a presentarte, por todos mis olvidos, descuidos y silencios…


Deseo vivir cada día del nuevo año, con optimismo y bondad, llevando a todas partes un corazón lleno de comprensión y paz.


Cierra mis oídos a toda falsedad y mis labios a palabras mentirosas, egoístas o hirientes.


Abre mí ser a todo lo que es bueno, que mí espíritu se llene sólo de bendiciones y las derrame a cada paso que doy.


Cólmame de bondad y de alegría para que cuantas personas se acerquen a mí, encuentren un poquito de Tí.


Dentro de poco, iniciaremos un nuevo año, detengo mi vida ante el nuevo calendario aún sin estrenar y te los presento a ti Señor, ya que sólo "TÚ" sabes si llegaré a vivirlos.


Te pido por todas las familias, concédeles paz, alegría, salud y fortaleza.


Dios Todopoderoso, danos un año lleno de Bendiciones y enséñanos a seguir siendo instrumentos de tu bondad. Amén.

25 de diciembre de 2008

NATIVITAS DOMINI NOSTRI IESU CHRISTI.


La Iglesia en su misión de ir por el mundo llevando la Buena Nueva ha querido dedicar un tiempo a profundizar, contemplar y asimilar el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. A este tiempo lo conocemos como Navidad. Cerca de la antigua fiesta judía de las luces y buscando dar un sentido cristiano a las celebraciones paganas del solsticio de invierno, la Iglesia aprovechó el momento para celebrar la Navidad.

En este tiempo, los cristianos por medio del Adviento nos preparamos para recibir a Cristo, "luz del mundo" (Jn 8, 12) en nuestras almas, rectificando nuestras vidas y renovando el compromiso de seguirlo con más fidelidad. Durante el Tiempo de Navidad al igual que en el Triduo Pascual de la semana Santa, celebramos la redención del hombre gracias a la presencia y entrega de Dios, pero a diferencia del Triduo Pascual en el que recordamos la Pasión y Muerte del Salvador, en la Navidad recordamos que Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros.

Así como el sol despeja las tinieblas durante el alba, la presencia de Cristo irrumpe en las tinieblas del pecado, para mostrarnos el camino a seguir. Con su luz nos muestra la verdad de nuestra existencia. Cristo mismo es la vida que renueva la naturaleza caída del hombre y de la naturaleza. La Navidad celebra esa presencia renovadora de Cristo que viene a salvar al mundo.

La Iglesia en su papel de Madre y Maestra por medio de una serie de fiestas busca concienciar al hombre de este hecho tan importante para la salvación. Por ello, es necesario que todos los cristianos vivamos con recto sentido, la riqueza de la vivencia real y profunda de la Navidad, el Nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios.

24 de diciembre de 2008

EN EL MISTERIO DE BELÉN.


Esta noche, todos los caminos llevan a Belén. ¡Ha nacido Jesús, en Belén de Judá!.
Las Escrituras Santas nos cuentan algo de este acontecimiento que ha marcado para siempre el rumbo de la humanidad, y nos dice el Evangelio de Lucas; “Por aquellos días, salió un decreto del emperador César Augusto ordenando un censo en todo el Imperio. Y todos iban a empadronarse, cada uno a su ciudad. También José, desde Galilea, subió a Judea, a la ciudad de David, llamada Belén, y allí se inscribió con su esposa María que estaba embarazada. Y mientras estaban en Belén, le llegó a María el momento de parto, y dio a luz a su hijo y lo envolvió en pañales acostándolo en un pesebre, por no haber sitio en la posada”.
También escuchamos en el Evangelio, lo que en la Noche santa los Ángeles dijeron a los pastores y que ahora la Iglesia nos proclama: “Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis una señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.
Nada prodigioso, nada extraordinario, nada espectacular se les da como señal a los pastores. Verán solamente un niño envuelto en pañales que, como todos los niños, necesita los cuidados maternos; un niño que ha nacido en un establo y que no está acostado en una cuna, sino en un pesebre. La señal de Dios es el niño, su necesidad de ayuda y su pobreza. Sólo con el corazón los pastores podrán ver que en este niño se ha realizado la promesa del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura: “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”.
Tampoco a nosotros se nos ha dado una señal diferente. El ángel de Dios, a través del mensaje del Evangelio, nos invita también a encaminarnos con el corazón, hacia el portal de Belén para ver al niño acostado en el pesebre
La señal de Dios es la sencillez, la señal de Dios es el niño. La señal de Dios es que Él se hace pequeño por nosotros. Éste es su modo de reinar. Él no viene con poderío y grandiosidad. Viene en la debilidad de un niño recién nacido y necesitado de nuestra ayuda. Pide nuestro amor: por eso se hace niño. No quiere de nosotros más que nuestro amor, a través del cual aprendemos espontáneamente a entrar en sus sentimientos, en su pensamiento y en su voluntad: aprendamos a vivir con Él y a practicar también con Él la humildad de la renuncia que es parte esencial del amor. Dios se ha hecho pequeño para que nosotros pudiéramos comprenderlo, acogerlo, amarlo.
El Hijo mismo es la Palabra, la Palabra eterna se ha hecho pequeña, tan pequeña como para estar en un pesebre. Se ha hecho niño para que la Palabra esté a nuestro alcance. Dios nos enseña así a amar a los pequeños. A amar a los débiles. A respetar a los niños.
El niño de Belén nos hace poner los ojos en todos los niños que sufren y son explotados en el mundo, tanto los nacidos como los no nacidos. En los niños que sufren la miseria y el hambre; en los que son maltratados y explotados, en los niños carentes de todo amor. En todos ellos, es el niño de Belén quien nos reclama; nos interpela el Dios que se ha hecho pequeño. En esta noche, oremos para que el resplandor del amor de Dios acaricie a todos estos niños, y pidamos a Dios que nos ayude a hacer todo lo que esté en nuestra mano para que se respete la dignidad de los niños; que nazca para todos la luz del amor, que el hombre necesita más que las cosas materiales necesarias para vivir.
La Navidad, se ha convertido en la fiesta de los regalos, pero el verdadero regalo que podemos hacer en Navidad a los demás, es darnos a nosotros mismos para imitar a Dios que se ha dado a sí mismo. Entre tantos regalos que compramos y recibimos no olvidemos el verdadero regalo: darnos mutuamente algo de nosotros mismos. Darnos mutuamente nuestro tiempo. Abrir nuestro tiempo a Dios.
Y en las comidas de estos días de fiesta recordemos la palabra del Señor: “Cuando des una comida o una cena, no invites a quienes corresponderán invitándote, sino a los que nadie invita ni pueden invitarte”. Precisamente, esto significa también: Cuando tú haces regalos en Navidad, no has de regalar algo sólo a quienes, a su vez, te regalan, sino también a los que nadie hace regalos ni pueden darte nada a cambio. Así ha actuado Dios mismo, y nosotros, lo hemos hecho también en la parroquia con la campaña de alimentos para los más necesitados.
Pidámosle al Señor en esta noche santa, que nos dé la gracia de mirar esta noche el pesebre con la sencillez de los pastores para recibir así la alegría con la que ellos volvieron a sus casas. Roguémoslo que nos dé la humildad y la fe con la que san José miró al niño que María había concebido del Espíritu Santo. Pidamos que nos conceda mirarlo con el amor con el cual María lo contempló. Y pidamos que la luz que vieron los pastores también nos ilumine y se cumpla en todo el mundo lo que los ángeles cantaron en aquella noche: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”.
Jesús, que en tu nacimiento lo haces al modo de los más abandonados, danos a nosotros la capacidad de soportar todo con amor, con paciencia, con esperanza. Tú eres el único, que teniéndolo todo, preferiste no ser nadie, enséñanos a aprender de ti, a esperar siempre y nada más que en ti..
Acuérdate buen Jesús, Rey de Reyes, Señor de Señores, de los muchos niños que no escucharán villancicos en esta Navidad, de los muchos niños que no tendrán regalos, de los muchos niños que quizás, ahora y nunca, tendrán una Feliz Navidad.
Ten misericordia de nosotros, Señor, de los hombres y mujeres que peregrinamos en este mundo, y vamos a tu encuentro, ten misericordia.
Y recuerda, Jesús, que el mejor regalo que hemos tenido, lo has sido tú. Si tú no naces en nuestros corazones, es inútil celebrar la Navidad.
Gracias Jesús, por nacer en la pobreza de Belén. Gracias, mil gracias, Jesús, por hacerte niño, y venir a vivir con nosotros.

14 de diciembre de 2008

EN UNA NOCHE OSCURA...



Juan de Yepes, nombre de pila de San Juan de la Cruz, nació en Fontiveros, Ávila, en 1542. Es el patrono de los poetas en lengua española. A los veintiún años ingresó como novicio en la orden de los Carmelitas y al año siguiente se trasladó a Salamanca para iniciar estudios en Teología, para poco después entrar en contacto con Santa Teresa de Jesús. San Juan de la Cruz, siguió a Santa Teresa en su Reforma Carmelitana. En 1568 fundó en Duruelo el primer convento de Carmelitas Descalzos de la rama masculina, donde instauró unos hábitos monacales basados en la austeridad y en la contemplación más rigurosas. Debido a este cisma entre los carmelitas calzados y los carmelitas descalzos, dio a parar con sus huesos en la cárcel, donde escribió buena parte de su obra bajo la pena del cautiverio, y donde mortificó su cuerpo y depuró su alma.

Santa Teresa había visto en Juan un alma muy pura, a la que Dios había comunicado grandes tesoros de luz y cuya inteligencia había sido enriquecida por el cielo. Los escritos del santo justifican plenamente este juicio de Santa Teresa, particularmente los poemas de la "Subida al Monte Carmelo", la "Noche Oscura del Alma", la "Llama Viva de Amor" y el "Cántico Espiritual", con sus respectivos comentarios. Así lo reconoció la Iglesia en 1926, al proclamar doctor a San Juan de la Cruz por sus obras Místicas.

La doctrina de San Juan se resume en el amor del sufrimiento y el completo abandono del alma en Dios. Ello le hizo muy duro consigo mismo; en cambio, con los otros era bueno, amable y condescendiente. Por otra parte, el santo no ignoraba ni temía las cosas materiales, puesto que dijo: "Las cosas naturales son siempre hermosas; son como las migajas de la mesa del Señor.

San Juan de la Cruz vivió la renuncia completa que predicó tan persuasivamente. Pero a diferencia de otros menores que él, fue "libre, como libre es el espíritu de Dios". Su objetivo no era la negación y el vacío, sino la plenitud del amor divino y la unión sustancial del alma con Dios. "Reunió en sí mismo la luz extática de la Sabiduría Divina con la locura estremecida de Cristo despreciado".

San Juan de la Cruz murió en Úbeda, (Jaén), el 14 de diciembre de 1591. Fue beatificado en 1657 y canonizado en 1726.
CANTICO ESPIRITUAL
¿Adónde te escondiste, Amado,
y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste
habiéndo me herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.

Pastores, los que fuerdes
allá por las majadas, al otero
si por ventura vierdes
aquel que yo más quiero
decidle que adolezco, peno y muero.

Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas
ni cogeré las flores,ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.

PREGUNTA A LAS CRIATURAS
¡Oh bosques y espesuras
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras
de flores esmaltado!
decid si por vosotros ha pasado.

RESPUESTA DE LAS CRIATURAS
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura. [...]

8 de diciembre de 2008

MARÍA INMACULADA.


El Dogma de la Inmaculada Concepción, sostiene la creencia de que María, Madre de Jesús, a diferencia de todos los demás seres humanos, no fue alcanzada por el pecado original sino que, desde el primer instante de la creación de su alma, estuvo libre de todo pecado. No debe confundirse esta doctrina con la de la maternidad virginal de María, que sostiene que Jesús fue concebido sin intervención de varón y que María permaneció virgen antes, durante y después del parto.

Al desarrollar la doctrina de la Inmaculada Concepción, la Iglesia Católica contempla la predilección especial por parte de Dios hacia María por el hecho de ser la Madre de Jesús y sostiene que Dios preservó a María libre de todo pecado y, aún más, libre de toda mancha o efecto del pecado original.

El día 8 de diciembre de 1854, con la bula “Ineffabilis Deus”, el Papa Pio IX, proclama como dogma de fe, la Concepción Inmaculada de la Santísima Virgen María:


“...Para honra de la Santísima Trinidad, para la alegría de la Iglesia Católica, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra: Definimos, afirmamos y pronunciamos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo-Jesús, Salvador del género humano, ha sido revelada por Dios y por tanto debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles. Por lo cual, si alguno tuviere la temeridad, lo cual Dios no permita, de dudar en su corazón lo que por Nos ha sido definido, sepa y entienda que su propio juicio lo condena, que su fe ha naufragado y que ha caído de la unidad de la Iglesia y que si además osaren manifestar de palabra o por escrito o de otra cualquiera manera externa lo que sintieren en su corazón, por lo mismo quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho”.