11 de febrero de 2010

Salud de los enfermos...


Quien de nosotros, peregrinos en Lourdes, y entre la multitud de enfermos y peregrinos llegados de todo el mundo, no ha cantado con gran emoción el Ave María dedicado a la Virgen. Hoy, en su día, día también de los enfermos, recordamos esas estrofas que nos enseñaron desde pequeños, al tiempo que le pedimos por todos aquellos hermanos nuestros que padecen en sus vidas, el azote del dolor, de la enfermedad, y tal vez, de la soledad. Que María Santísima de Lourdes, Salud de los enfermos, interceda por ellos ante el Padre.

La Reina del cielo,
la Madre de Dios,
en Lourdes, benigna,
su trono fijó.
Ave, Ave, Ave María...

Del cielo ha bajado
la Madre de Dios,
cantemos el «Ave»
a su Concepción.
Ave, Ave, Ave María...

Un largo rosario
que el cielo labró
sostiene en sus manos
más puras que el sol.
Ave, Ave, Ave María...

«Haced penitencia
y ardiente oración
por los pecadores
que ofenden a Dios».
Ave, Ave, Ave María...

Aquí los enfermos
encuentran vigor;
aquí luz y vida
halla el pecador.
Ave, Ave, Ave María...

9 de febrero de 2010

En favor de la Vida y la Familia.


La diócesis de Roma está celebrando la Semana de la Vida y la Familia, y el Papa ha señalado que la crisis afecta también a esta realidad.

Tras el rezo del ángelus y el responso por los fieles difuntos, el Papa Benedicto XVI recordó a los peregrinos en la plaza de San Pedro que Italia celebraba la Jornada por la Vida bajo el lema: «La fuerza de la vida, un desafío en la pobreza». Además, también la diócesis de Roma desarrolla estos días la Semana de la Vida y la Familia. La jornada este año relaciona la crisis, la pobreza y las amenazas contra la vida, que en Occidente incluyen el aborto y la eutanasia y en otros países, la guerra y la violencia. «En el actual periodo de dificultad económica, se vuelven más dramáticos los mecanismos que, produciendo pobreza y creando fuertes desigualdades sociales, hieren y ofenden la vida, afectando sobre todo a los más débiles e indefensos», lamentó el Pontífice.

Ante estas situaciones, Benedicto XVI repitió su propuesta enunciada en su última encíclica de tema social, «Caritas in veritate», al pedir «un desarrollo humano integral para superar la indigencia y la necesidad». Puntualizó que la finalidad del hombre «no es el bienestar, sino Dios mismo, y que hay que defender la existencia humana y favorecerla en cada fase». Y añadió: «De hecho, nadie es dueño de su propia vida, por lo que todos estamos llamados a custodiarla y respetarla, desde el momento de la concepción, hasta su muerte natural», en una clara condena del aborto y de todo homicidio que se suma a 2000 años de tradición católica en ese sentido.

Del mismo modo, el martes pasado el Papa se refirió con más detalle al tema de la eutanasia y el dolor. «La eutanasia es una falsa solución al drama del sufrimiento, una solución que no es digna del hombre. La verdadera respuesta no puede ser, de hecho, dar muerte, no importa lo suave que sea, sino testificar el amor que ayuda a encarar el dolor y la agonía de una forma humana. Podemos estar seguros de una cosa: ninguna lágrima, ni de los que sufren, ni de los que les acompañan, se pierde ante Dios», afirmó, mientras Italia recuerda el fallecimiento, hace un año, de la joven enferma Eluana Englaro, a la que su familia retiró la alimentación. Las palabras del Papa fueron recibidas con aplausos por numerosos militantes de grupos pro vida congregados en la plaza.

7 de febrero de 2010

EL DOMINGO, EL DÍA DEL SEÑOR.


Muchos son los que se consideran cristianos, creyentes convencidos, católicos hasta la médula, comprometidos con la Iglesia, pero viven su fe al margen de la celebración dominical de la Eucaristía. Es Domingo, el día del Señor, y que mejor día que hoy para repasar los siguientes puntos del Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), que nos hablan del significado del Domingo y su importancia para el cristiano.

2177 La celebración dominical del Día y de la Eucaristía del Señor tiene un papel principalísimo en la vida de la Iglesia. "El domingo en el que se celebra el misterio pascual, por tradición apostólica, ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto" (CIC, can. 1246,1). "Igualmente deben observarse los días de Navidad, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Santa María Madre de Dios, Inmaculada Concepción y Asunción, San José, Santos Apóstoles Pedro y Pablo y, finalmente, todos los Santos" (CIC, can. 1246,1).

2178 Esta práctica de la asamblea cristiana se remonta a los comienzos de la edad apostólica (cf Hch 2,42-46; 1 Co 11,17). La carta a los Hebreos dice: "no abandonéis vuestra asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien, animaos mutuamente" (Hb 10,25). La tradición conserva el recuerdo de una exhortación siempre actual: "Venir temprano a la Iglesia, acercarse al Señor y confesar sus pecados, arrepentirse en la oración...Asistir a la sagrada y divina liturgia, acabar su oración y no marchar antes de la despedida...Lo hemos dicho con frecuencia: este día os es dado para la oración y el descanso. Es el día que ha hecho el Señor. En él exultamos y nos gozamos (Autor anónimo, serm. dom.).

2180 El mandamiento de la Iglesia determina y precisa la ley del Señor: "El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa" (CIC, can. 1247). "Cumple el precepto de participar en la Misa quien asiste a ella, dondequiera que se celebre en un rito católico, tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde" (CIC, can. 1248,1)

2181 La eucaristía del Domingo fundamenta y ratifica toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar en la eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o dispensados por su pastor propio (cf CIC, can. 1245). Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave.

2182 La participación en la celebración común de la eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Los fieles proclaman así su comunión en la fe y la caridad. Testimonian a la vez la santidad de Dios y su esperanza de la salvación. Se reconfortan mutuamente, guiados por el Espíritu Santo.

2183 "Cuando falta el ministro sagrado u otra causa grave hace imposible la participación en la celebración eucarística, se recomienda vivamente que los fieles participen en la liturgia de la palabra, si ésta se celebra en la iglesia parroquial o en otro lugar sagrado conforme a lo prescrito por el Obispo diocesano, o permanezcan en oración durante un tiempo conveniente, solos o en familia, o, si es oportuno, en grupos de familias" (CIC, can. 1248,2).

Por tu palabra, echaremos las redes...


Celebramos el V domingo del Tiempo Ordinario. El pasaje del evangelio de hoy, nos narra la vocación de Simón Pedro y de los primeros Apóstoles. Después de haber hablado a la multitud desde la barca de Simón, Jesús les pide que se alejen de la costa para pescar. Pedro explica las dificultades que habían encontrado la noche anterior, durante la cual, aun habiendo bregado, no habían logrado pescar nada. Pedro y sus compañeros conocen muy bien el lago, y saben que es inútil querer pescar hoy. Sin embargo, Pedro se fía plenamente del Señor y realiza su primer gesto de confianza en él: «Por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5, 5).

Tras hundir las redes en el agua, los pescadores empiezan al cabo de poco a hacer esfuerzos enormes para mantenerlas y sacarlas a flote, sin que se les rompan. Llenan las dos barcas de peces a más no poder, de modo que casi se hunden, y con esfuerzo llegan sanos y salvos hasta la orilla.

Los pescadores son gentes del lago, que conocen su oficio, y no salen de su asombro. Jesús les sonríe animándoles al tiempo que les promete: ¡Vengan! ¡No tengan miedo!, desde hoy serán pescadores de hombres.

El prodigio de la pesca milagrosa, es un signo manifiesto del poder divino de Jesús y, al mismo tiempo, anuncia la misión que se confiará al Pescador de Galilea, es decir, guiar la barca de la Iglesia en medio de las olas de la historia y recoger con la fuerza del Evangelio una multitud innumerable de hombres y mujeres procedentes de todas las partes del mundo.

La llamada de Pedro y de los primeros Apóstoles es obra de la iniciativa gratuita de Dios, a la que responde el hombre desde su libertad. Este diálogo de amor con el Señor ayuda al ser humano a tomar conciencia de sus límites y, a la vez, del poder de la gracia de Dios, que purifica y renueva la mente y el corazón: «No temas: desde ahora, serás pescador de hombres». El éxito final de la misión está garantizado por la asistencia divina. Dios es quien lleva todo hacia su pleno cumplimiento. A nosotros se nos pide que confiemos en él y que aceptemos dócilmente su voluntad.

¡No temas! ¡Cuántas veces el Señor nos repite esta invitación! Sobre todo hoy, en una época marcada por grandes incertidumbres, angustias y miedos, estas palabras resuenan como una llamada a confiar en Dios, a dirigir nuestra mirada hacia él, que guía el destino de la historia con la fuerza de su Espíritu, no nos abandona en la prueba y asegura nuestros pasos en la fe.

Dejemos que esta invitación del Señor, impregne nuestra existencia. Dios llama a todos los creyentes a que lo sigan; les pide que se conviertan en cooperadores de su proyecto salvífico. Como Simón Pedro, también nosotros podemos proclamar: «Por tu palabra, Señor, echaré las redes ». ¡Por tu palabra! Su palabra es el Evangelio, mensaje perenne de salvación que, si se acoge y vive, transforma la existencia. El día de nuestro bautismo nos comunicaron esta «buena nueva», que debemos profundizar personalmente y testimoniar con valentía.

La misión de pescar compromete, por llamamiento expreso del Señor, a los Pastores de la Iglesia, al Papa, Obispos y Sacerdotes, a los misioneros y misioneras que llevan el Evangelio a todas partes, pero… ¿y a los laicos? ¿Qué les toca hacer? ¿Están los seglares privados de la obra misionera de la Iglesia?.

Pues claro que no. Los laicos están llamados a ser apóstoles de primera calidad. Cada cual en el puesto que ocupa, sin dejar ni una sola de las obligaciones que tiene.

Tras el Concilio Vaticano II se ha despertado en la Iglesia, la conciencia de que Jesucristo llama a todos los bautizados a responsabilizarnos en la tarea evangelización.

Somos conscientes de que la salvación de los hombres, realizada y merecida por Jesucristo con su sacrificio redentor en la cruz, depende en su aplicación de nosotros, los bautizados, que prestamos nuestra colaboración a Jesucristo el Señor. Para ello, aunque tengamos iniciativa propia, nos ponemos a disposición de los Pastores de la Iglesia, desde el Papa hasta nuestro Párroco, para trabajar con seguridad plena, todos unidos, en la obra del Salvador.

Jesucristo llama voluntarios, y hoy los encuentra abundantes en su Iglesia. Lo que importa es que sintamos celo abrasador por la salvación de los hermanos que nos necesitan.

Somos pescadores de hombres y apóstoles, cuando no nos negamos a trabajar por el Reino, por la Iglesia, por la salvación de las almas, allí donde estamos.

Y, si no llegamos a más, nuestra generosidad y nuestra oración son los instrumentos más fuertes de un apostolado, callado pero fecundo.

El Papa Pío XI, el Papa de las Misiones, decía; “No nos es posible ir a hablar de Dios a todos los hombres, pero podemos hablar de todos los hombres a Dios”.

Jesucristo llama voluntarios, y a nosotros nos toca contestarle que sí. Que cuente con nosotros. Que soñamos en una pesca inmensa. Que se sienta orgulloso de tantos que se entregan a su causa.

Al igual que el relato de la vocación de Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura, que subraya la pronta respuesta del profeta a la llamada del Señor. Después de contemplar la santidad de Dios y tomar conciencia de las infidelidades del pueblo, Isaías se prepara para la ardua misión de exhortar al pueblo de Israel a cumplir los grandes compromisos de la alianza, con vistas a la venida del Mesías.

Como sucedió con el profeta Isaías, proclamar la salvación implica para cada creyente redescubrir ante todo la santidad de Dios. Quien se encuentra con un cristiano debe poder vislumbrar en él, a pesar de la fragilidad humana, el rostro santo del Altísimo.

6 de febrero de 2010

Necesidad de la oración.


"En grave error incurrieron los pelagianos al afirmar que la oración no es necesaria para alcanzar la salvación. Afirmaba su impío maestro, Pelagio, que sólo se condena el hombre que es negligente en conocer las verdades que es necesario saber para la vida eterna. Mas el gran San Agustín le salió al paso con estas palabras: Cosa extraña: de todo quiere hablar Pelagio menos de la oración, la cual sin embargo (así escribía y enseñaba el santo) es el único camino para adquirir la ciencia de los santos, como claramente lo escribía el apóstol Santiago: Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría pídasela a Dios, que a todos la da copiosamente y le será otorgada.

Nada más claro que el lenguaje de las Sagradas Escrituras, cuando quieren demostramos la necesidad que de la oración tenemos para salvarnos ... Es menester orar siempre y no desmayar ... Vigilad y orad para no caer en la tentación. Pedid y se os dará ... Está bien claro que las palabras: Es menester... orad ... pedid significan y entrañan un precepto y grave necesidad. Así cabalmente lo entienden los teólogos. Pretendía el impío Wicleff que estos textos sólo significaban la necesidad de buenas obras, y no de la oración; y era porque, según su errado entender, orar no es otra cosa que obrar bien. Fue este un error que expresamente condenó la santa Iglesia. De aquí que pudo escribir el doctor Leonardo Lessio: no se puede negar la necesidad de la oración a los adultos para salvarse sin pecar contra la fe, pues es doctrina evidentísima de las sagradas Escrituras que la oración es el único medio para conseguir las ayudas divinas necesarias para la salvación eterna.

La razón de esto es clarísima. Sin el socorro de la divina gracia no podemos hacer bien alguno: Sin mí nada podéis hacer, dice Jesucristo. Sobre estas cosas escribe acertadamente San Agustín y advierte que no dice el Señor que nada podemos terminar, sino que nada podemos hacer. Con ello nos quiso dar a entender nuestro Salvador que sin su gracia no podemos realizar el bien. Y el Apóstol parece que va más allá, pues escribe que sin la oración ni siquiera podemos tener el deseo de hacerlo. Por lo que podemos sacar esta lógica consecuencia: que si ni siquiera podemos pensar en el bien, tampoco podemos desearlo ... Y lo mismo testifican otros muchos pasajes de la Sagrada Escritura. Recordemos algunos, Dios obra todas las cosas en nosotros ... Yo haré que caminéis por la senda de mis mandamientos y guardéis mis leyes y obréis según ellas. De aquí concluye San León Papa que nosotros no podemos hacer más obras buenas que aquellas que Dios nos ayuda a hacer con su gracia.

Así lo declaró solemnemente el Concilio de Trento: Si alguno dijere que el hombre sin la previniente inspiración del Espíritu Santo y sin su ayuda puede creer, esperar, amar y arrepentirse como es debido para que se le confiera la gracia de la justificación, sea anatema.

A este propósito hace un sabio escritor esta ingeniosa observación: A unos animales dio el Creador patas ágiles para correr, a otros garras, a otros plumas, y esto para que puedan atender a la conservación de su ser ... pero al hombre lo hizo el Señor de tal manera que El mismo quiere ser toda su fortaleza. Por esto decimos que el hombre por sí solo es completamente incapaz de alcanzar la salvación eterna, porque dispuso el Señor que cuanto tiene y pueda tener, todo lo tenga con la ayuda de su gracia.

Y apresurémonos a decir que esta ayuda de la gracia, según su providencia ordinaria, no la concede el Señor, sino a aquel que reza, como lo afirma la célebre sentencia de Gennadio: Firmemente creemos que nadie desea llegar a la salvación si no es llamado por Dios ... que nadie camina hacia ella sin el auxilio de Dios ... que nadie merece ese auxilio, sino el que se lo pide a Dios.

Pues si tenemos, por una parte, que nada podemos sin el socorro de Dios y por otra que ese socorro no lo da ordinariamente el Señor sino al que reza ¿quién no ve que de aquí fluye naturalmente la consecuencia de que la oración es absolutamente necesaria para la salvación? Verdad es que las gracias primeras, como la vocación a la fe y la penitencia las tenemos sin ninguna cooperación nuestra, según San Agustín, el cual afirma claramente que las da el Señor aun a los que no rezan. Pero el mismo doctor sostiene como cierto que las otras gracias, sobre todo el don de la perseverancia, no se conceden sino a los que rezan.

De aquí que los teólogos con San Basilio, San Juan Crisóstomo, Clemente Alejandrino y otros muchos, entre los cuales se halla San Agustín, sostienen comúnmente que la oración es necesaria a los adultos y no tan sólo necesaria como necesidad de precepto, como dicen las escuelas, sino como necesidad de medio. Lo cual quiere decir que, según la providencia ordinaria de Dios, ningún cristiano puede salvarse sin encomendarse a Dios pidiéndole las gracias necesarias para su salvación. Y lo mismo sostiene Santo Tomás con estas graves palabras: Después del Bautismo le es necesaria al hombre continua oración, pues si es verdad que por el bautismo se borran todos los pecados, no lo es menos que queda la inclinación desordenada al pecado en las entrañas del alma y que por fuera el mundo y el demonio nos persiguen a todas horas.

He aquí como el Angélico Doctor demuestra en pocas palabras la necesidad que tenemos de la oración. Nosotros, dice, para salvamos tenernos que luchar y vencer, según aquello de San Pablo: El que combate en los juegos públicos no es coronado, si no combatiere según las leyes. Sin la gracia de Dios no podemos resistir a muchos y poderosos enemigos ... Y como esta gracia sólo se da a los que rezan, por tanto sin oración no hay victoria, no hay salvación.

Que la oración sea el único medio ordinario para alcanzar los dones divinos lo afirma claramente el mismo Santo Doctor en otro lugar, donde dice que el Señor ha ordenado que las gracias que desde toda la eternidad ha determinado concedernos nos las ha de dar sólo por medio de la oración. Y confirma lo mismo San Gregorio con estas palabras. Rezando alcanzan los hombres las gracias que Dios determinó concederles antes de todos los siglos. Y Santo Tomás sale al paso de una objeción con esta sentencia: No es necesario rezar para que Dios conozca nuestras necesidades, sino más bien para que nosotros lleguemos a convencernos de la necesidad que tenemos de acudir a Dios para alcanzar los medios convenientes para nuestra salvación y por este camino reconocerle a El como autor único de todos nuestros bienes. Digámoslo con las mismas palabras del Santo Doctor Por medio de la oración acabamos de comprender que tenemos que acudir al socorro divino y confesar paladinamente que El solo es el dador de todos nuestros bienes.

A la manera que quiso el Señor que sembrando trigo tuviéramos pan y plantando vides tuviéramos vino, así quiso también que sólo por medio de la oración tuviéramos las gracias necesarias para la vida eterna. Son sus divinas palabras Pedid.. y se os dará ... Buscad y hallaréis.

Confesemos que somos mendigos y que todos los dones de Dios son pura limosna de su misericordia. Así lo confesaba David: Yo mendigo soy y pobrecito. Lo mismo repite San Agustín: Quiere el Señor concedernos sus gracias, pero sólo las da a aquel que se las pide. Y vuelve a insistir el Señor: Pedid y se os dará ... Y concluye Santa Teresa: Luego el que no pide, no recibe ... Lo mismo demuestra San Juan Crisóstomo con esta comparación: A la manera que la lluvia es necesaria a las plantas para desarrollarse y no morir, así nos es necesaria la oración para lograr la vida eterna Y en otro lugar trae otra comparación el mismo Santo: Así como el cuerpo no puede vivir sin alma, de la misma manera el alma sin oración está muerta y corrompida. Dice que está corrompida y que despide hedor de tumba, porque aquel que deja de rezar bien pronto queda corrompido por multitud de pecados. Llámase también a la oración alimento del alma porque si es verdad que sin alimento no puede sostenerse la vida del cuerpo, no lo es menos que sin oración no puede el alma conservar la vida de la gracia. Así escribe San Agustín.

Todas estas comparaciones de los santos vienen a demostrar la misma verdad: la necesidad absoluta que tenemos de la oración para alcanzar la salvación eterna". (De la obra “El gran medio de la oración” de San Alfonso Mª de Ligorio).

80 millones...el fracaso de la UE.


La 65ª Asamblea General de Caritas Española denunció la “visión limitada” de la Unión Europea al “no reconocer que la pobreza y la exclusión social siguen siendo uno de los principales desafíos a los que se enfrenta la Unión”. Afirmó que en el continente hay 80 millones de pobres.

La organización humanitaria católica –según informa en su página web- denunció que la UE no reconoce “el impacto que tiene en las personas el hecho de vivir en sociedades con desigualdades notables –e incluso crecientes--, ni la quiebra de cohesión social en una sociedad en la que vivimos distintas culturas, ni el déficit de acogida e integración de los inmigrantes a los que reclamamos en tiempos de bonanza, ni el efecto que todo ello tiene sobre el bienestar de la sociedad en su conjunto”.

Esta afirmación se recoge en la declaración final de la Asamblea, celebrada el pasado fin de semana en la localidad madrileña de El Escorial, y que fue presentada este miércoles en Madrid por Sebastián Mora, secretario general de Caritas, durante una rueda de prensa en la que, junto a Natalia Peiró, coordinadora del Area de Cooperación Internacional, aportaron los últimos datos de la acción de la red Caritas en Haití.

Para los miembros de la Asamblea General de Caritas, “la pobreza y la exclusión social es una injusticia social que afecta a la dignidad de las personas y conculca los derechos humanos de un modo inadmisible en una sociedad que dispone de recursos y de riqueza suficiente para todos”.

Por ese motivo, muestran su preocupación, en el inicio de la convocatoria de 2010 como Año Europeo contra la Pobreza y la Exclusión Social, que en “la consulta realizada por la Comisión Europea sobre la denominada Estrategia EU2020, las fuertes presiones que se dan para subordinar todas las decisiones al crecimiento económico y que obvia los déficits estructurales de cohesión social, la fragilidad y la precariedad en el empleo, la fuerte desigualdad social y la baja intensidad protectora en los distintos ámbitos”.

“Reducir la agenda política a estas dimensiones –subrayó Sebastián Mora-- representa un retroceso en la visión integral de la Estrategia por la Inclusión Social”, sobre todo si se tiene en cuenta que estamos ante una visión que antepone la construcción de los “mercados” al de las “sociedades”, y que plantea una concepción del individuo como “consumidor” en lugar del de “ciudadano/a”.

De hecho, “los objetivos marcados para el Año 2010 son un fracaso a la vista de los 80 millones de pobres que viven en la Unión Europea”, apostilló.

Para Caritas, como primer paso para contribuir a un modelo social europeo basado en la solidaridad y la justicia, es indispensable que durante este año 2010 salgan reforzados estos tres ejes: dotar de significado real a la Carta de Derechos Fundamentales; impulsar una declaración clara de cómo la economía debe servir a objetivos sociales y sostenibles, a una sociedad más justa basada en una distribución equitativa que sirva a la cohesión social, la reducción de las desigualdades y a acabar con la pobreza y la exclusión social, al menos en sus expresiones más severas que afecta a 1,5 millones de personas en España; y garantizar el derecho a una vida digna mediante la creación de condiciones económicas sociales, culturales y éticas para una sociedad más comunitaria y accesible, y más participación.

Por ello, la Asamblea de Caritas reclama de las instituciones europeas “un cambio sustancial en el modelo social que se defina en la “Estrategia 2020”, de manera “que la cohesión social constituya un elemento sustantivo y estructural de esa estrategia, que esta estrategia recoja objetivos y prioridades que se comprometan en luchar contra la pobreza y la exclusión social, que ese compromiso no se quede en una declaración de intenciones y que asuma metas verificables y cuantitativas de reducción de la pobreza, y que sea compartido por los Estados miembros, los Gobiernos regionales y municipales, los agentes y las organizaciones sociales, con la participación de todos, incluidas las personas en situación de pobreza”.

Así mismo, en la declaración se insta a todas las instituciones políticas de España a impulsar “un Pacto de Estado por la inclusión social y el empleo de los más excluidos vulnerables, desde un Plan de Acción conjunto, especialmente entre el Estado y las Comunidades Autónomas, con la participación de todos los actores sociales”. (Información extraída del Boletín Zenit).

17 de enero de 2010

Mujer, ¡déjame!...



El Evangelio de este II domingo del Tiempo Ordinario nos lleva de bodas, por eso nos ponemos en camino hacia la región de Caná de Galilea.

Caná estaba situada a poco más de una hora de camino de Nazaret. Allí se encontraba María, la madre de Jesús. El interés que la Virgen muestra y su actividad en la boda señalan que no es una simple invitada, pues en aquella época, era costumbre que las mujeres cercanas a la familia preparasen todo lo necesario para la boda.

El Señor acababa de llegar de Judea con sus discípulos. Es el primer encuentro de María con Juan, con Pedro y con el resto de los discípulos. Juan estaba muy lejos de saber que aquella mujer sería también, unos años más tarde, su Madre, y a quien Jesús desde el madero de la Cruz, le encargaría su cuidado.

Al final de la fiesta comenzó a faltar el vino, bebida indispensable en cualquier banquete de bodas de la época. En las bodas judías, suponía una alegría desbordante. Los judíos, especialmente la gente sencilla, de ordinario no bebían vino, pero lo reservaban para las fiestas, sobre todo para las bodas.

La Virgen se dio cuenta enseguida de lo que pasaba, el vino escaseaba. Con motivo del problema, surge el diálogo que escuchamos en el evangelio de hoy, y que está lleno de interés.

La madre de Jesús le dijo: “no tienen vino”. Jesús le respondió con unas palabras algo misteriosas: "Mujer, ¡déjame!”. Jesús no la llama madre, ni María, sino que la llama Mujer, y a continuación añade: “todavía no ha llegado mi hora”. Jesús quiere indicar que aún no había llegado el momento de manifestar su poder divino al mundo mediante los milagros.

En Nazaret no habían abundado los milagros. Los días habían transcurrido llenos de normalidad; los parientes que habían vivido a su lado no tenían la menor idea del poder de Jesús y les costó mucho convencerse de que no era un hombre como los demás. En Nazaret, pocos creyeron en El, y ahora, a petición de su Madre, movida por el Espíritu Santo, pudo ser el comienzo de la hora de su Hijo.

Aquí en Caná, será el primer signo de Jesús. San Juan, testigo del milagro, escribe que había allí seis tinajas de piedra. No eran vasijas para vino sino para agua, para las purificaciones. Cada uno de estos cántaros podían contener entre 80 y 120 litros, y en total 480 a 720 litros entre las seis. El evangelio tiene interés en señalar el número y la capacidad de las vasijas para poner de manifiesto la generosidad del Señor, como hará también cuando narre el milagro de la multiplicación de los panes, pues una de las señales de la llegada del Mesías era la abundancia de bienes. Y como sabemos, el Señor siempre da con generosidad.

San Juan ofrece su relato evangélico desde el hilo conductor de la "hora". Todo cuanto él ha recogido sobre Jesús, tiene como finalidad llevar al lector a la contemplación de la entrega suprema de Cristo, verdadera "hora" en la que el Señor dará por terminado cuanto el Padre le ha confiado diciendo en la cruz, "todo se ha cumplido" (Jn 19,30). Por eso Jesús se resiste a que nadie modifique su "horario" redentor: se explica así que en el relato de las Bodas de Caná, Jesús diga a su Madre: "mujer déjame, porque todavía no ha llegado mi hora" (Jn 2,4). Aunque nos lo parezca, no es un desprecio del Señor hacia María, sino una afirmación que El hace de la absoluta primacía de estar en las cosas de su Padre.

María que ha dado cuenta de la carencia del vino, hace de su descubrimiento una petición a su Hijo e invita a los sirvientes a escuchar esa Palabra de Jesús: "Haced lo que El os diga". Les propone lo que en el fondo ha sido su vida desde que decidió que en ella se cumpliera los planes de Dios: "hágase en mí según tu Palabra", le dice al ángel. Ella propone a los otros algo que no le es extraño, y que es el sentido de su actitud ante Dios; la fidelidad.

¿Cuál es el vino que nos falta en nuestro mundo? Pues el vino de la paz, de la ternura, de la fe, de la esperanza y del amor; el vino de la verdad... Cuando faltan estos vinos, la vida se "avinagra", y surgen los intereses particulares, los problemas económicos, la mentira como herramienta de comunicación, el relativismo moral, la violencia y el terror.

María vio la carencia en la boda y se puso manos a la obra. No se quedó en que relatar lo que sucede y lamentase por lo que falta o va mal. Darse cuenta del "vino" que nos falta, es comenzar ya ha arrimar el hombro en lo que de nosotros depende, teniendo en la Palabra de Jesús nuestra fuerza y nuestra luz.

Termina el Evangelio diciendo que "los discípulos creyeron en El" (Jn 2,11). Habiendo vino, hubo fiesta, y los discípulos viendo el milagro, creyeron en Jesús.

El mundo necesita ver que los “vinos avinagrados” de este mundo, se transforman en “vino bueno y generoso”, el vino del amor y de la esperanza, el que hace que germine y crezca la fe.

“Hagan lo que Él les diga" son las últimas palabras de Nuestra Señora en el evangelio de hoy. De verdad que no podían haber sido mejores. Después de contemplar este primer milagro de Jesús, pidamos humildemente a María que seamos siempre fieles en el cumplimiento del mensaje que Ella hoy nos deja, haciendo en todo momento lo que Jesús nos dice. Así sea.

16 de enero de 2010

El don recibido.




Queridos hermanos en el Sacerdocio:

La parte esencial de la oración consagratoria nos recuerda como el Sacerdocio es esencialmente un don y, propio en la óptica del “don sobrenatural”, éste posee una dignidad que todos, fieles laicos y clero, deben reconocer. Se trata de una dignidad que no proviene de los hombres, sino que es puro don de la gracia, al cual uno ha sido llamado y que nadie puede exigir como un derecho. La dignidad del presbiterado, donada por el “Padre Todopoderoso”, debe aparecer en la vida de los sacerdotes, en su santidad, en su humanidad dispuesta a acoger, en su humildad y caridad pastoral, en la luminosidad a la fidelidad al Evangelio y a la doctrina de la Iglesia, en la sobriedad y solemnidad de las celebraciones de los divinos misterios, en el hábito eclesiástico. En el Sacerdote todo debe recordar – a él mismo y al mundo – que ha sido objeto de un don sin merecerlo y que no se puede merecer, que lo convierte en presencia eficaz del Absoluto en el mundo para la salvación de los hombres.

El Espíritu de santidad, del que se renueva la implorada efusión, es la garantía para poder vivir “en santidad” la vocación recibida y, al mismo tiempo, la condición de la misma posibilidad en “cumplir fielmente el ministerio”. La fidelidad es el encuentro espléndido entre la libertad fiel de Dios y la libertad creada y herida del hombre, quien, sin embargo, por la potencia del Espíritu, llega a ser capaz sacramentalmente de “guiar a todos hacia una íntegra conducta de vida” No hay que reducir el ministerio presbiteral a categorías moralizantes; tal exhortación indica la “plenitud” de la vida, una vida que sea realmente tal y que sea íntegramente cristiana.

El Sacerdote, revestido del Espíritu del Padre todopoderoso, ha sido llamado a “guiar” – con la enseñanza y la celebración de los sacramentos y, sobre todo, con la propia vida – el camino de santificación del pueblo que le ha sido encomendado, bajo la certeza que es éste el único fin por el cual el mismo presbiterado existe, el Paraíso.

El don del Padre hace que “sus hijos-Sacerdotes” sean los predilectos; una portio electa populi Dei, que ha sido llamada a “ser elegida” y a brillar con la santidad de la vida y el testimonio de la fe.

La memoria del don recibido, siempre renovado por el Espíritu, y la protección de la Bienaventurada Virgen María, Esclava del Señor y Tabernáculo del Espíritu Santo, hagan que cada uno de los Sacerdotes “cumplan fielmente” la propia misión en el mundo a la espera del premio eterno reservado a los hijos elegidos, que son también herederos.


En el Vaticano, a 15 de enero de 2010

+ Mauro Piacenza.
Arz. Titular de Vittoriana.
Secretario.

6 de enero de 2010

Vidimus stellam.


La Epifanía, es la fiesta de la manifestación de Dios al mundo. Es una manifestación brillante y a la vez universal, es la manifestación de la presencia amorosa de Dios a todos los hombres.

Con la celebración de esta Solemnidad de la Epifanía del Señor, terminan los días que hemos dedicado a recordar y celebrar el nacimiento de Jesús, nuestro Salvador, la Navidad.

Esta Solemnidad que hoy celebramos, es sobre todo, la fiesta de los niños, pero también de todos aquellos que buscan a Dios como los Magos de Oriente. Es, por tanto, un camino de búsqueda de Dios, desde la sencillez de los pequeños.

Con la liturgia de este día, nos dirigimos a nuestro Señor diciéndole: “Señor, tú que en este día revelaste a tu Hijo unigénito a los pueblos gentiles, por medio de una estrella, concede a los que ya te conocemos por la fe poder contemplar un día, cara a cara, la hermosura infinita de tu gloria”. Amén.

1 de enero de 2010

THEOTOKOS.



Apenas comenzado el Nuevo Año, dirijimos nuestra mirada a Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra.

En Ella, el Hijo eterno del Padre tomó nuestra misma carne y, a través de Ella, se convirtió en el Enmanuel, el Dios con nosotros. Por eso, María al dar a luz al Salvador del mundo, pasa a ser la Virgen Madre: ¡Ella es la Theotókos, la Madre de Dios!.

En este primer día del año, unidos a toda la Iglesia; Triunfante, Purgante y Militante, le decimos:


"Madre santa, Madre del Príncipe de la paz, ¡ayúdanos!.

Madre de la humanidad y Reina de la paz, ¡ruega por nosotros!".

25 de diciembre de 2009

Verbum caro factum est...


Nos es dado una señal, cuando el ángel añade: “Esto les servirá de señal: Hallarán un niño envuelto en pañales y puesto en un pesebre” (Lc 2, 12). Aquí debemos notar dos cosas: la humildad y la pobreza. ¡Feliz el hombre que tendrá esta señal en la frente y en la mano, o sea, en la confesión y en las obras. ¿Qué significa: “Hallarán a un niño”, sino: “Hallarán la sabiduría balbuciente, la potencia débil, la majestad rebajada, lo inmenso hecho niño, el rico hecho pobre, el rey de los ángeles recostado en un establo, el alimento de los ángeles casi pasto de los animales, el ¡limitado recostado en un angosto pesebre?.

Por el Verbo encarnado, por el parto de la Virgen, por el nacimiento del Salvador, “sea gloria a Dios Padre en los cielos altísimos, y sea paz a los hombres de buena voluntad”.

Dígnese concedernos esta paz Aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!. (De las meditaciones de San Antonio).

21 de diciembre de 2009

La Navidad, no es un cuento para niños...


“Hoy, como en los tiempos de Jesús, la Navidad no es un cuento para niños, sino la respuesta de Dios al drama de la humanidad en búsqueda de la paz verdadera.
La Navidad es “una profecía de paz para cada hombre”. Esta profecía empeña a los cristianos “a meterse en las cerrazones, en los dramas, a menudo desconocidos y escondidos, y en los conflictos del contexto en el que vive, con los sentimientos de Jesús, para ser en todas partes instrumentos y mensajeros de paz”.
Los cristianos, deben “ser en todas partes instrumentos y mensajeros de paz, para llevar amor adonde hay odio, perdón donde hay ofensa, alegría donde hay tristeza y verdad donde hay error”.
Dios será la paz. A nosotros nos toca abrir, desatrancar las puertas para acogerlo. Aprendamos de María y José: pongámonos con fe al servicio del designio de Dios. Aunque no lo comprendamos plenamente, confiémonos a su sabiduría y bondad. Busquemos ante todo el Reino de Dios, y la Providencia nos ayudará.
Este año, en Belén y en el mundo entero, se renovará en la Iglesia el misterio de la Navidad”.


Benedicto XVI.

13 de diciembre de 2009

DOMENICA GAUDETE.


Celebramos este fin de semana, el III domingo de Adviento. La Santa Madre Iglesia, desde tiempo inmemorial, denomina a este tercer domingo de Adviento -Domenica Gaudete- y así lo seguimos llamando, el domingo de la alegría. El origen de llamar así a este tercer domingo, se debe a las primeras palabras de la carta del apóstol de los gentiles, a los Filipenses, el cual les pide y nos pide que estemos siempre alegres. Y es que es para estarlo: “el Señor ya se acerca”. El próximo domingo es ya el último de Adviento y con ello iniciaremos el tiempo de Navidad.

Cada uno de nosotros, hemos de mostrar la máxima alegría por ese milagro de misericordia de nuestro Dios, que ha querido hacerse hombre para salvarnos.

El Apóstol, consciente de su papel de evangelizador, les expone a los filipenses, en el himno que encabeza la carta, la obra salvadora de Jesucristo, su origen divino, su muerte en cruz y la exaltación a la derecha de Padre mientras los exhorta a la unidad, al gozo y a la paz.

El profeta Sofonías anuncia el juicio de Dios: un día de castigo a causa de la idolatría que envenena todos los pueblos. Jerusalén, sin embargo, a causa de un resto humilde y pobre que se ha mantenido fiel al Señor, verá su renovación y también la de todos los pueblos: «El Señor está en medio de ti y se alegra con júbilo».

Pero, en medio de esta alegría, todos los textos nos exhortan a una actitud de espera. Sofonías nos dice que Dios poderoso y que salva está dentro de Jerusalén: ¿qué puede temer? Juan nos invita a una espera de conversión. Pablo exhorta al gozo en la espera: «El Señor está cerca».

Juan, el Bautista, el precursor, la voz que anuncia en el desierto a la Palabra, exhorta desde su autoridad de asceta, a la conversión, a la coherencia de vida. Pero exhorta a la espera del mensajero que traerá el bautismo del Espíritu y de fuego. Juan anuncia ya la Buena Nueva.

La predicación de Juan Bautista, que recoge el Evangelio de hoy es, todo un programa de vida cristiana.

De las distintas respuestas que da a los que le interrogan se deduce que, el Cristianismo, más allá de una simple religión de principios teóricos, consiste ante todo, en un conjunto de comportamientos que hemos de hacerlos vida de nuestras vidas.
Le preguntan a Juan; ¿Que hemos de hacer?

Las distintas respuestas que va dando el Precursor son clarificadoras respecto a una serie de aspectos concretos de la vida cristiana. De estas respuestas podemos concluir:

1º) Que nuestra conversión, no consiste sólo en abandonar el pecado, sino en un cambio de conducta y en hacer cosas positivas.

2º) Que la conversión, o lo que es lo mismo, la santidad a la que Dios nos llama, no está en hacer cosas raras o extraordinarias, sino en hacer extraordinariamente bien los deberes propios de cada estado.

3º) Que para agradar a Dios, no tenemos que abandonar la profesión o situación humana en la que nos encontremos.

4) Finalmente, conviene advertir como en todas las respuestas, hay un hilo conductor y ese no es otro que el amor al prójimo.

Para concluir, tres virtudes, especialmente, laten y nos recuerda el Señor en este pasaje:: la Justicia, la Caridad y la Autenticidad. Sería bueno que las tengamos, de modo especial, presentes en este tiempo de Adviento en el que nos preparamos para la venida del Señor que celebra la Navidad.

Dios Padre, en su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, traspasa la historia con su Amor. Anunciado por los profetas desde antiguo, deseado por las naciones, Dios envía a su Hijo para salvarnos. La liturgia de Adviento nos repite constantemente que debemos despertar del sueño de la rutina y de la mediocridad; debemos abandonar la tristeza y el desaliento. Es preciso que se alegre nuestro corazón porque “el Señor está cerca”.

Que María, nuestra Madre del Cielo, nos ayude a ser fieles, para preparar como ella, la venida del Salvador al mundo.

12 de diciembre de 2009

La oración en la vida del presbítero.


La siguiente carta, es del cardenal Cláudio Hummes, Arzobispo Emérito de San Pablo y Prefecto de la Congregación para el Clero, sobre la importancia de la oración en los presbíteros.


“Queridos Presbíteros:


La oración ocupa necesariamente un sitio central en la vida del Presbítero. No es difícil entenderlo, porque la oración cultiva la intimidad del discípulo con su Maestro, Jesucristo. Todos sabemos que cuando ella falta la fe se debilita y el ministerio pierde contenido y sentido. La consecuencia existencial para el Presbítero será aquella de tener menos alegría y menos felicidad en el ministerio de cada día. Es como si, en el camino del seguimiento a Cristo, el Presbítero, que camina junto a otros, comenzase a retardarse siempre más y de esta manera se alejase del Maestro, hasta perderlo de vista en el horizonte. Desde este momento, se encuentra perdido y vacilante.

San Juan Crisóstomo, comentando en una homilía la Primera Carta de San Pablo a Timoteo, advierte sabiamente: “El diablo interfiere contra el pastor […] Esto es, si matando las ovejas el rebaño disminuye, eliminando al pastor, él destruirá al rebaño entero”. El comentario hace pensar en muchas de las situaciones actuales. El Crisóstomo advierte que la disminución de los pastores hace y hará disminuir siempre más el número de los fieles de la comunidad. Sin pastores, nuestras comunidades quedarán destruidas.

Pero quisiera hablar aquí de la necesidad de la oración para que, como dice el Crisóstomo, los Padres venzan al diablo y no sean cada vez menos. Verdaderamente sin el alimento esencial de la oración, el Presbítero enferma, el discípulo no encuentra la fuerza para seguir al Maestro y, de esta manera, muere por desnutrición. Consecuentemente su rebaño se pierde y, a su vez, muere.

Cada Presbítero, pues, tiene una referencia esencial a la comunidad eclesial. Él es un discípulo muy especial de Jesús, quien lo ha llamado y, por el sacramento del Orden, lo ha configurado a sí, como Cabeza y Pastor de la Iglesia. Cristo es el único Pastor, pero ha querido hacer partícipe de su ministerio a los Doce y a sus Sucesores, por medio de los cuales también los Presbíteros, aunque en grado inferior, participan de este sacramento, de tal manera que también ellos llegan a participar en modo propio al ministerio de Cristo, Cabeza y Pastor. Esto comporta una unión esencial del Presbítero a la comunidad eclesial. El no puede hacer menos de esta responsabilidad, dado que la comunidad sin pastor muere. Como Moisés, el Presbítero debe quedarse con los brazos alzados hacia el cielo en oración para que el pueblo no perezca.

Por esto, el Presbítero debe permanecer fiel a Cristo y fiel a la comunidad; tiene necesidad de ser hombre de oración, un hombre que vive en la intimidad con el Señor. Además, tiene la necesidad de encontrar apoyo en la oración de la Iglesia y de cada cristiano. Las ovejas deben rezar por su pastor. Pero cuando el mismo Pastor se da cuenta de que su vida de oración resulta débil es entonces el momento de dirigirse al Espíritu Santo y pedir con el ánimo de un pobre. El Espíritu volverá a encender la pasión y el encanto hacia el Señor, que se encuentra siempre allí y que quiere cenar con él.

En este Año Sacerdotal queremos orar con perseverancia y con tanto amor por los Sacerdotes y con los Sacerdotes. A tal efecto, la Congregación para el Clero, cada primer jueves de mes, a las cuatro de la tarde, durante el Año Sacerdotal, celebra una Hora eucarística-mariana en la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma, con los Sacerdotes y por los Sacerdotes. Con gran alegría, muchas personas acuden a rezar con nosotros.

Queridísimos Sacerdotes, la Navidad del Señor está a la puerta. Quisiera daros mis más y mejores augurios de Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo 2010. Junto al pesebre, el Niño Jesús non invita a renovar hacia El aquella intimidad de amigo y de discípulo para enviarnos de nuevo como sus evangelizadores”.

10 de diciembre de 2009

Contra las asechanzas del demonio...


Oración a San Miguel Arcángel compuesta por el Papa León XIII, y que antiguamente se rezaba al final de la Santa Misa:


"San Miguel Arcángel,

defiéndenos en la batalla.

Sé nuestro amparo

contra la perversidad

y asechanzas del demonio.

Reprímale Dios,

pedimos suplicantes,

y tú Príncipe de la Milicia Celestial,

arroja al infierno con el divino poder

a Satanás y a los otros espíritus malignos

que andan dispersos por el mundo

para la perdición de las almas. Amén."

San Miguel Arcángel, ruega por nosotros.

Un pueblo que reniega de su historia...


A continuación podemos leer un artículo que me ha enviado un amigo sacerdote, sobre la retirada de los crucifijos de las escuelas. El autor es Mons. Fernando Sebastián, Arzobispo emérito de Pamplona. Ciertamente, Don Fernando sabe muy bien lo que dice, y sabe decirlo muy bien. No tiene desperdicio.

"¿Vamos a renegar de todo lo bueno de nuestra civilización?

Quieren quitar los crucifijos de las escuelas, de todos los centros concertados, aunque sean católicos. El gobierno necesita los votos de la extrema izquierda y éstos le ponen su precio. El PSOE pasa por todo con tal de seguir mandando.

El gran argumento es: el Estado español es laico y en donde se paga con dinero público no tiene que haber ningún signo religioso. Muy contundente, pero falso.

El Estado paga para que los ciudadanos puedan vivir de acuerdo con sus conciencias. Eso es lo que dice la Constitución. Los gobernantes no pueden imponer sus opiniones aprovechándose del dinero público. El dinero no es del Estado, es de los ciudadanos y para los ciudadanos. Los espacios públicos no son del Estado, son de los ciudadanos y tienen que reflejar los gustos y los deseos de los ciudadanos, no los de los gobernantes.

Los padres católicos no deben permitir que se quiten los crucifijos ni de los centros concertados ni de los públicos. Los centros públicos no son del Estado, son de los ciudadanos, los pagan los ciudadanos y tienen que responder a los deseos de los ciudadanos. Y si los alumnos son de varias religiones, lo justo es que cada grupo pueda poner sus signos, con paz, con respeto, con verdadera tolerancia y convivencia. Eso es lo civilizado, lo democrático, lo razonable. Lo otro es revanchismo, incultura, persecución cultural.

¿Por qué la voluntad de uno que no quiere el crucifijo se ha de imponer sobre la voluntad de muchos que sí lo queremos? Esto sin entrar a analizar lo que el crucifijo significa. Ante todo es un símbolo religioso de primera categoría, significa el amor y el perdón de Dios, la esperanza de la salvación, la unidad y la paz para todos los pueblos. ¿A quién le puede molestar? Son ganas de fastidiar. A mí no me molesta ver la media luna donde haya un grupo de devotos musulmanes. Por otra parte el crucifijo es el símbolo básico de la religión cristiana de la que ha nacido en gran parte la cultura europea, el conocimiento de la dignidad suprema de la persona humana, el concepto de libertad y de responsabilidad, la igualdad básica de varón y mujer, la estabilidad y fidelidad de la familia, la unidad de la humanidad y la igualdad de todos los pueblos, la esperanza de una historia abierta y progresista, la dignidad del trabajo humano, los valores morales de occidente, el perdón, la misericordia, el amor y la convivencia, la mayor parte del arte europeo, la pintura, la arquitectura, la música y tantas cosas más.

¿Vamos a renegar de todo lo que ha creado el cristianismo en la historia y en la vida de Europa y de España? Corrijamos los errores, de acuerdo, pero no destruyamos nuestra civilización.

Si nuestro gobierno termina aceptando e imponiendo esa consigna extranjera y sectaria –que se lo pensará–, manifestaría una increíble inmadurez cultural y una alarmante falta de patriotismo serio y profundo. Detrás de todo esto hay una negación del Cristianismo, una negación de la religión en general, y en el caso concreto de España un suicidio cultural e histórico.

Un pueblo que reniega de su historia no puede durar. Si en nuestra sociedad no nacen hijos y ahora negamos nuestra cultura y nuestra historia, tenemos los días contados. Esto tiene que cambiar. Alguien tiene que levantar otra bandera. "

7 de diciembre de 2009

"Purísima había de ser...


…Señor, la Virgen que nos diera el Cordero inocente que quita el pecado del mundo. Purísima a la que, entre los hombres, es abogada de gracia y ejemplo de santidad”, escuchamos en el Prefacio de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción.

En 1854 el Papa Pío IX, declaró solemnemente como dogma de fe, “la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María”, que celebramos cada 8 de diciembre.

Esto dogma de fe de la Iglesia Católica, nos viene a decir que la Santísima Virgen, fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original desde el primer instante de su concepción -por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente- en atención a los méritos de Cristo Jesús, Señor nuestro, Salvador del género humano.

“Busca a Dios en el fondo de tu corazón limpio, puro; en el fondo de tu alma cuando le eres fiel, ¡y no pierdas nunca esa intimidad!. Y, si alguna vez no sabes cómo hablarle, ni qué decir, o no te atreves a buscar a Jesús dentro de ti, acude a María, "tota pulchra" -toda pura, maravillosa-, para confiarle: Señora, Madre nuestra, el Señor ha querido que fueras tú, con tus manos, quien cuidara a Dios: ¡enséñanos a todos a tratar a tu Hijo!”. ( Forja 84. San Josemaría Escrivá).

Necesidad de conformarnos con la Voluntad de Dios.


Si queremos hacernos santos, nuestro único deseo ha de ser renunciar a la voluntad propia para abrazarnos con la de Dios, porque la médula de todos los preceptos y consejos divinos estriba en hacer y padecer cuanto Dios quiere y como lo quiere. Roguemos por tanto, al Señor que nos dé santa libertad de espíritu, libertad que nos hará abrazar cuanto agrada a Jesucristo, a pesar de las repugnancias del amor propio o del respeto humano. El amor de Jesucristo pone a sus amantes en una total indiferencia, siendo para ellos todo igual, lo dulce como lo amargo; nada quieren de lo que les agrada a sí mismo, y quieren cuanto agrada a Dios; con la misma paz se dan a las cosas grandes que a las pequeñas e igualmente reciben las cosas gratas que las ingratas; bástales agradar a Dios en todo.

Dice San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”; ama a Dios y haz lo que quieras. Quien ama a Dios en verdad no anda tras otros gustos que los de Dios y en esto solo halla su contento, en dar gusto a Dios. Santa Teresa escribía;”Oh Señor, que todo el daño nos viene de no tener puesto los ojos en vos, que si no mirásemos otra cosa sino el camino, presto llegaríamos; mas damos mil caídas y tropiezos y erramos el camino por no poner los ojos, como digo, en el verdadero camino”. He aquí, por tanto, cuál ha de ser el único fin de todos nuestros pensamientos, de las obras, de los deseos y de nuestras oraciones; el gusto de Dios; éste es el camino que ha de conducirnos a la perfección; ir siempre en pos de la voluntad de Dios.

Decía San Vicente de Paúl: “La conformidad con el divino querer es el tesoro del cristiano y el remedio de todos nuestros males, porque implica la abnegación de sí mismo y la unión con Dios y todas las virtudes”. Mas nuestra conformidad con el divino querer ha de ser entera y sin reserva, constante e irrevocable; que en esto, repito, se cifra toda la perfección y a esto deben encaminarse todas nuestras obras, todos nuestros deseos y todas nuestras oraciones. (De la obra de San Alfonso Mª de Ligorio: “Práctica de Amor a Jesucristo”).

5 de diciembre de 2009

Preparemos los caminos...





En el segundo domingo del Tiempo de Adviento, las lecturas de la misa de hoy nos presentan el Anuncio de la llegada del Señor y la preparación que debemos tener para recibirlo.

El Adviento es el tiempo de la preparación para la solemnidad de Navidad, cuando conmemoramos la primera venida del Hijo de Dios a los hombres. Pero también dirige nuestra mirada hacia la segunda venida del Señor al final de los tiempos, la Parusía.

Con el prefacio de este domingo decimos; “Cristo Señor nuestro, quién al venir por primera vez en la humildad de nuestra carne, realizó el plan de redención trazado desde antiguo y nos abrió el camino de salvación; para que, cuando venga de nuevo en la majestad de su gloria, revelando así la plenitud de su obra, podamos recibir los bienes prometidos, que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar”.

Durante el tiempo de adviento aparece el significado de la misión de San Juan Bautista. Su figura se impone como una actitud de fidelidad y de respuesta a la nueva manifestación de Dios que se avecina. San Juan, en el Evangelio de hoy, nos habla de la necesidad de la conversión, del cambio de mentalidad, para poder encontrar y seguir a Jesús.

En el Evangelio según San Lucas, se nos presenta hoy la imagen de Juan el Bautista. Juan el Bautista aparece como la señal de la llegada de la salvación. San Juan es una figura enigmática. Es un profeta movido por el Espíritu de los profetas, que llama a un bautismo en señal de penitencia, porque detrás de él viene el que bautizará con el Espíritu Santo. Es testigo de la luz, cuyo testimonio anuncia la llegada de los tiempos mesiánicos.

San Juan señala la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: es el último de los Profetas que anuncia la vendida del Señor, y el primero de los testigos de Jesús. Mientras los demás Profetas habían anunciado a Cristo desde lejos, Juan Bautista lo señala diciendo “Ese es el Cordero de Dios”.

Juan se presenta predicando la necesidad de convertirse. El bautismo de Juan tenía un marcado carácter de conversión interior, que disponía para recibir la llegada de Jesús.

El Bautista prepara el camino del Señor. El es simplemente el que anuncia la Salvación: “Viene aquel a quien yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias”.

Cuando en la casa de una familia antiguamente, se esperaba el nacimiento de un nuevo miembro todos vivían los preparativos con intensidad. Hasta los más alejados de la pareja se preocupan por preguntar cómo van las cosas, y los más cercanos colaboran en la preparación del niño que ya venía.

Preparar el nacimiento de Jesús en nuestra vida, debe ocasionar similares preparativos y revolucionar de manera parecida nuestro corazón. Por eso, es bueno preguntarnos cómo nos estamos preparando para el nacimiento de Cristo.

Debemos arreglar la habitación de nuestra vida, acercándonos al sacramento de la reconciliación, confeccionando una gran red de oraciones y consiguiendo todo lo necesario para que nuestra propia vida sea una estancia agradable donde pueda acomodarse nuestro Redentor.

Qué bueno sería, que para ese momento, estemos preparados interiormente. El Señor viene, allanemos los caminos, para que todos sean testigos de la salvación.

Pidamos a María y a San José, que con tanto esmero prepararon la llegada de Jesús, que nos ayuden también a nosotros, a que en nuestras familias, en todas las familias del mundo, todos lo recibamos como ellos lo recibieron.

Lo pesado que es llevar la Caridad...


A comienzos de año, viendo la genial película “Monsieur Vincent”, escuché en una de las escenas, unas palabras dirigidas por el “Padre de los Pobres”, San Vicente de Paúl a Juana, una Hija de la Caridad sobre el sentido de la verdadera caridad al hermano pobre. Palabras que no me dejaron indiferentes. Pasados varios meses, en un acto benéfico organizado por un sacerdote Paúl, descubro en un puesto de objetos religiosos, una tarjeta con la imagen de San Vicente, y debajo, para mi sorpresa, aparecían escritas las mismas palabras que San Vicente dirigía a esta hija suya. Por supuesto, que no dude en comprar algunas. De modo, que estas mismas palabras fueron tema de oración y reflexión el día siguiente. Y dicen así:

“…Juana, pronto te darás cuenta
lo pesado que es llevar la Caridad.
Mucho más que cargar con el jarro de sopa
y con la cesta llena…
Pero, conservarás tu dulzura y tu sonrisa.
No consiste todo en distribuir la sopa y el pan.
Eso, los ricos pueden hacerlo.
Tú eres la insignificante Sierva de los Pobres,
la Hija de la Caridad,
siempre sonriente y de buen humor.
Ellos son tus amos,
amos terriblemente susceptibles y exigentes,
ya lo verás.
Por tanto, ¡cuánto más repugnantes sean
y más sucios estén,
cuanto más injustos y groseros sean,
tanto más deberás darles tu amor!...
Sólo por tu amor, por tu amor únicamente,
te perdonarán los pobres el pan que tú les das”.

4 de diciembre de 2009

Sobre el sacerdocio.


A continuación, y con motivo del Año Sacerdotal, podemos leer una ponencia de Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, hace ya algunos años, sobre "San Josemaría Escrivá y los sacerdotes":

"Al alzar nuestro corazón a la Trinidad Santísima en acción de gracias, deseamos hacerlo con la renovación de nuestra fidelidad personal al don y misterio que hemos recibido: don de la vocación sacerdotal que ha enriquecido nuestra vida, misterio de predilección por parte de Jesús, que ha querido llamarnos amigos suyos (cfr. Jn 15, 15).

¿Qué nos dicen los santos sobre el sacerdocio?. He sido invitado a recoger aquí algunas ideas de la predicación de un santo sacerdote de nuestro siglo, San Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei. Cuando en algunos sectores de la comunidad eclesial se planteaban interrogantes sobre la identidad del sacerdote, San Josemaría no dudaba en escribir: "¿Cuál es la identidad del sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus, sino ipse Christus: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental (...). Por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser (...). En esto se fundamenta la incomparable dignidad del sacerdote. Una grandeza prestada, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor".

Es necesario – escribió también San Josemaría – que los "sacerdotes tengan, en su alma, una disposición fundamental: gastarse por entero al servicio de sus hermanos, convencidos de que el ministerio al que han sido llamados (...) es un gran honor, pero sobre todo una grave carga" . Esto es lo que el pueblo cristiano espera de los sacerdotes, como consecuencia inmediata de la identificación sacramental con Cristo. "Los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal: esperan que el sacerdote rece (...), que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesionario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios (...); que tenga consejo y caridad con los necesitados"

"La vocación sacerdotal lleva consigo la exigencia de la santidad", se lee en un apunte manuscrito de San Josemaría. "Esta santidad no es una santidad cualquiera, una santidad común, ni aun tan sólo eximia. Es una santidad heroica". En consecuencia, el gran enemigo para el cumplimiento de nuestra misión en la Iglesia no es la carencia de medios, ni la hostilidad del ambiente, ni aun las fragilidades personales – propias de toda criatura humana – , el enemigo sería quitar de nuestra vida la orientación sincera y decidida al ejercicio de la caridad perfecta.

Por eso, la primera ocupación del sacerdote ha de ser cultivar su trato diario con Dios, que se alimenta y desarrolla en el ejercicio del ministerio, apoyándose en la unidad de vida que hace que el presbítero sea – con expresión de San Josemaría – "sacerdote cien por cien". La seguridad de la identificación sacramental del ministro sagrado con Cristo llevaba a San Josemaría a afirmar también: "El sacerdote, si tiene verdadero espíritu sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca se podrá sentir solo. ¡Nadie como él podrá tener un corazón tan enamorado! Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Es una realidad divina, que me conmueve hasta las entrañas, cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del Canon: per ipsum, et cum ipso, et in ipso... Por Él, con Él, en Él, para Él y paras las almas vivo yo. De su amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizás por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva".
En una alocución, el Papa Juan Pablo II afirmaba: "Un sacerdote vale cuanto vale su vida eucarística, especialmente su Misa. Misa sin amor, sacerdote estéril; Misa fervorosa, sacerdote conquistador de almas". Ésta es la raíz de la fecundidad apostólica de la vida del sacerdote. En una ocasión, San Josemaría nos confiaba: "Subo al altar con ansia, y más que poner las manos sobre el ara, lo abrazo con cariño y lo beso como un enamorado, que eso soy: ¡enamorado!"

Ese amor lleva al sacerdote a cultivar santas pasiones en su alma, precisamente en el ejercicio del ministerio. El Fundador del Opus Dei señalaba "dos pasiones dominantes, aparte de amar mucho la Sagrada Eucaristía y por lo tanto la Misa, de hacer una Misa que dure todo el día, de no tener prisa. Esas dos pasiones dominantes son: atender a las almas en el confesionario y predicar abundantemente la Palabra de Dios".

La predicación era para San Josemaría transmisión de la Palabra de Dios contemplada y hecha vida propia: el sacerdote, cuando predica, debe hacer "su oración personal, cuajando en ruido de palabras (...) la oración de todos, ayudando a los demás a hablar con Dios (...), dando luz, moviendo los afectos, facilitando el diálogo divino". En cuanto a la administración del sacramento de la Penitencia, me limito a recordar estas palabras suyas: "sentaos en el confesionario todos los días (...), esperando allí a las almas como el pescador a los peces. Al principio quizá no venga nadie (...). Al cabo de dos meses no os dejarán vivir (...) porque vuestras manos ungidas estarán, como las de Cristo – confundidas con ellas, porque sois Cristo – diciendo: yo te absuelvo".

Tendría que hablar de muchos otros aspectos de la enseñanza de San Josemaría sobre los sacerdotes – desde la fraternidad sacerdotal a la unión con el propio Obispo, de la labor de catequesis al espíritu de reparación, etc... Sólo quiero referirme brevísimamente a dos puntos que me parecen fundamentales en la actualidad. Primero, la vida de oración. "La oración crea al sacerdote y el sacerdote se crea a través de la oración", ha escrito el Papa. San Josemaría aseguraba: "El tema de mi oración es el tema de mi vida". Su vida sacerdotal se hallaba plenamente inmersa en la Iglesia; las necesidades de las almas eran alimento cotidiano de su oración.

Si nos esforzamos por ser fieles a todas las consecuencias de nuestra vocación sacerdotal, hasta las más pequeñas, nuestra Madre la Virgen, Madre especialmente de los sacerdotes, nos hará gustar siempre, en cualquier circunstancia, el amor que nos ha sido otorgado con nuestro sacerdocio, y que nos identificará cada vez más íntimamente con Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote".

17 de junio de 2009

AÑO SACERDOTAL.


A continuación podemos leer la carta enviada por el Cardenal Claudio Hummes, a todos los sacerdotes con motivo del inicio del Año Sacerdotal:


Queridos Sacerdotes:

El Año Sacerdotal, promulgado por nuestro amado Papa Benedicto XVI, para celebrar el 150 aniversario de la muerte de San Juan María Bautista Vianney, el Santo Cura de Ars, está a punto de comenzar. Lo abrirá el Santo Padre el día 19 del próximo mes de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y de la Jornada Mundial de Oración para la santificación de los Sacerdotes. El anuncio de este año especial ha tenido una repercusión mundial eminentemente positiva, en especial entre los mismos Sacerdotes. Todos queremos empeñarnos, con determinación, profundidad y fervor, a fin de que sea un año ampliamente celebrado en todo el mundo, en las diócesis, en las parroquias y en las comunidades locales con toda su grandeza y con la calurosa participación de nuestro pueblo católico, que sin duda ama a sus Sacerdotes y los quiere ver felices, santos y llenos de alegría en su diario quehacer apostólico.
Deberá ser un año positivo y propositivo en el que la Iglesia quiere decir, sobre todo a los Sacerdotes, pero también a todos los cristianos, a la sociedad mundial, mediante los mass media globales, que está orgullosa de sus Sacerdotes, que los ama y que los venera, que los admira y que reconoce con gratitud su trabajo pastoral y su testimonio de vida. Verdaderamente los Sacerdotes son importantes no sólo por cuanto hacen sino, sobre todo, por aquello que son. Al mismo tiempo, es verdad que a algunos se les ha visto implicados en graves problemas y situaciones delictivas. Obviamente es necesario continuar la investigación, juzgarles debidamente e infligirles la pena merecida. Sin embargo, estos casos son un porcentaje muy pequeño en comparación con el número total del clero. La inmensa mayoría de Sacerdotes son personas dignísimas, dedicadas al ministerio, hombres de oración y de caridad pastoral, que consuman su total existencia en actuar la propia vocación y misión y, en tantas ocasiones, con grandes sacrificios personales, pero siempre con un amor auténtico a Jesucristo, a la Iglesia y al pueblo; solidarios con los pobres y con quienes sufren. Es por eso que la Iglesia se muestra orgullosa de sus sacerdotes esparcidos por el mundo.
Este Año debe ser una ocasión para un periodo de intensa profundización de la identidad sacerdotal, de la teología sobre el sacerdocio católico y del sentido extraordinario de la vocación y de la misión de los Sacerdotes en la Iglesia y en la sociedad. Para todo eso será necesario organizar encuentros de estudio, jornadas de reflexión, ejercicios espirituales específicos, conferencias y semanas teológicas en nuestras facultades eclesiásticas, además de estudios científicos y sus respectivas publicaciones.
El Santo Padre, en su discurso de promulgación durante la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Clero, el 16 de marzo pasado, dijo que con este año especial se quiere “favorecer esta tensión de los Sacerdotes hacia la perfección espiritual de la cual depende, sobre todo, la eficacia del ministerio”. Especialmente por eso, debe ser una año de oración de los Sacerdotes, con los Sacerdotes y por los Sacerdotes; un año de renovación de la espiritualidad del presbiterio y de cada uno de los presbíteros. En el referido contexto, la Eucaristía se presenta como el centro de la espiritualidad sacerdotal. La adoración eucarística para la santificación de los Sacerdotes y la maternidad espiritual de las religiosas, de las mujeres consagradas y de las mujeres laicas hacia cada uno de los presbíteros, como propuesto ya desde hace algún tiempo por la Congregación para el Clero, podría desarrollarse con mejores frutos de santificación.
Sea también un año en el que se examinen las condiciones concretas y el sustento material en el que viven nuestros Sacerdotes, en algunos casos obligados a subsistir en situaciones de dura pobreza.
Sea, al mismo tiempo, un año de celebraciones religiosas y públicas que conduzcan al pueblo, a las comunidades católicas locales, a rezar, a meditar, a festejar y a presentar el justo homenaje a sus Sacerdotes. La fiesta de la comunidad eclesial es una expresión muy cordial, que exprime y alimenta la alegría cristiana, que brota de la certeza de que Dios nos ama y que hace fiesta con nosotros. Será una oportunidad para acentuar la comunión y la amistad de los Sacerdotes con las comunidades a su cargo.
Otros muchos aspectos e iniciativas podrían enumerarse con el fin de enriquecer el Año Sacerdotal. Al respecto, deberá intervenir la justa creatividad de las Iglesias locales. Es por eso que en cada Conferencia Episcopal, en cada Diócesis o parroquia o en cada comunidad eclesial se establezca lo más pronto posible un verdadero y propio programa para este año especial. Obviamente será muy importante comenzar este año con una celebración significativa. En el mismo día de apertura del Año Sacerdotal, el día 19 de junio, con el Santo Padre en Roma, se invita a las Iglesias locales a participar, en el modo más conveniente, a dicha inauguración con un acto litúrgico específico y festivo. Serán bien recibidos todos aquellos que, en ocasión de la apertura, podrán estar presentes, con el fin de manifestar la propia participación a esta feliz iniciativa del Papa. Sin duda, Dios bendecirá este esfuerzo con grande amor. Y la Virgen María, Reina del Clero, intercederá por todos vosotros, queridos Sacerdotes.


Cardenal Claudio Hummes.
Arzobispo Emérito de San Pablo.
Prefecto de la Congregación para el Clero.

Te adoramos...


Este domingo, como cada año, celebramos con gozo la solemnidad del Corpus Christi, del Cuerpo y Sangre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Como nos dicen las Sagradas Escrituras; “La víspera de su Pasión, durante la Cena pascual, el Señor tomó el pan en sus manos y, tras pronunciar la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo». Después tomó el cáliz, dio gracias, se lo dio y todos bebieron de él. Y dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por vosotros».

Estas palabras, que escuchamos domingo tras domingo, y cada vez que celebramos la Eucaristía, no sólo recuerdan e interpretan hechos del pasado, lo que sucedió aquella noche santa de la institución de la Eucaristía, aquel lejano jueves santo, sino que anticipan también el futuro, la venida del Reino de Dios en el mundo.

Jesús, nuestro Señor, no sólo pronuncia palabras. Lo que Él anuncia es un acontecimiento, el acontecimiento central de la historia del mundo y de nuestra vida personal”. Jesús se queda con nosotros para siempre en el Santísimo Sacramento del Altar hasta su vuelta definitiva al final de los tiempos.

Al rendir públicamente culto a la Santísima Eucaristía en este día de Corpus Christi, sería bueno que meditásemos sobre la intima conexión que existe entre este adorable Sacramento, que contiene al mismo Señor, y nuestra obligación de servir a los demás.

Como ha resaltado el Papa Benedicto en su primera encíclica, “Deus est caritas”, no se puede separar en la vida de la Iglesia el anuncio de la palabra, de la celebración de los sacramentos y del servicio a la caridad con los que más sufren en su cuerpo o en su alma.

Una Comunidad cristiana que quiere verdaderamente ser servidora del Señor y de sus hermanos los hombres, debe vivir de la Eucaristía y sus hijos, deben de alimentarse con este sagrado convite.

Solo así, al ir poco a poco transformando nuestra vida con la de Cristo en la Eucaristía, la gracia ira transformando nuestra débil naturaleza en un instrumento al servicio de la gran obra de la redención, pues nuestra vida debe tener siempre esta dimensión misionera, apostólica, que tomando fuerza del mismo Señor que nos alimenta con su cuerpo, sale al mundo a anunciar a nuestro hermanos al Señor que vive, que nos ama y nos espera siempre.

Son aun muchos los hombres y mujeres de nuestro mundo que siguen esperando nuestra presencia, nuestra palabra, nuestro consuelo de cristianos. Pero para ello, hemos de identificarnos profundamente con Cristo, del tal forma que viéndonos actuar, descubran a nuestro Señor.

La Iglesia vive para servir al Señor y a los hombres y mujeres de nuestro mundo y hace todo lo que puede para que la cercanía con el Señor sea el estilo de vida de toda una sociedad, de la familia y de cada persona.

Por eso, la Iglesia mira con preocupación todas las dificultades que nosotros mismos, los que nos llamamos cristianos, vamos poniéndole al Señor para ser verdaderamente auténticos seguidores suyos, y una de esas dificultades, y podríamos decir que la más importante, es el poco aprecio o la falta de constancia y de compromiso para celebrar cada domingo el día del Señor, día de la Eucaristía, día de la comunidad cristiana, día de la Resurrección.

Una sociedad que empieza a dejar de lado este deber de celebrar cada domingo la Eucaristía, por eso es el centro de nuestra vida cristiana, es una sociedad que ya ha comenzado el camino del olvido de Dios, un camino de sufrimientos, de angustias y conflictos personales, donde la alegría verdadera y la esperanza brillan por su ausencia, alegría y esperanza que solo Cristo puede dar cuando nos damos enteramente a Él, cuando sin poner condiciones, nos abandonamos en sus manos.

En la solemnidad del Corpus Christi que celebramos, contemplamos sobre todo el signo del pan. Este signo, nos recuerda también, la peregrinación de Israel durante los cuarenta años en el desierto. La Hostia es nuestro maná con el que el Señor nos alimenta, es verdaderamente el pan del cielo. Él mismo se nos da, se nos entrega.

En las procesiones que haremos en este día con el Santísimo Sacramento, le pediremos a nuestro Señor que nos guie por los caminos del bien. Que mire a la humanidad que sufre, que camina insegura entre tantos interrogantes. Que mire el hambre física y psíquica que atormenta a la humanidad. Que dé a los hombres el pan necesario para el cuerpo y para el alma. Que les conceda trabajo y seguridad, paz y luz, para sus mentes y sus corazones. Que nos haga comprender que sólo a través de la participación en su Pasión y muerte, a través del «sí» a la cruz, a la renuncia, nuestra vida puede madurar y alcanzar su auténtico cumplimiento.

Que una a su Iglesia en un solo cuerpo, que una a la humanidad castigada y lacerada por las guerras, el sufrimiento, el dolor y la enfermedad. Que nos purifique y santifique. Que nos dé su salvación.

Gracias Señor, por haberte quedado con nosotros, gracias por tu continua presencia en el Santísimo Sacramento del Altar.


Jesús, a quien ahora vemos oculto,
te rogamos que se cumpla lo que tanto deseamos,
que al mirar tu rostro cara a cara
seamos felices viendo tu gloria. Amén.

30 de mayo de 2009

VEN, ESPÍRITU SANTO.


Ven, Espíritu Divino,

manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre;

don, en tus dones espléndido;

luz que penetra las almas;

fuente del mayor consuelo.


Ven, dulce huésped del alma,

descanso de nuestro esfuerzo,

tregua en el duro trabajo,

brisa en las horas de fuego,

gozo que enjuga las lágrimas

y reconforta en los duelos.


Entra hasta el fondo del alma,

divina luz y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre,

si tú le faltas por dentro;

mira el poder del pecado,

cuando no envías tu aliento.


Riega la tierra en sequía,

sana el corazón enfermo,

lava las manchas, infunde

calor de vida en el hielo,

doma el espíritu indómito,

guía al que tuerce el sendero.


Reparte tus siete dones,

según la fe de tus siervos;

por tu bondad y tu gracia,

dale al esfuerzo su mérito;

salva al que busca salvarse

y danos tu gozo eterno. Amén.

Nada te turbe, nada te espante, sólo Dios basta.


Eleva el pensamiento,

al cielo sube,

por nada te acongojes,

Nada te turbe.


A Jesucristo sigue

con pecho grande,

y venga lo que venga

Nada te espante.


¿Ves la gloria del mundo?

es gloria vana;

Nada tiene de estable,

Todo se pasa.


Aspira a lo celeste,

que siempre dura;

fiel y rico en promesas,

Dios no se muda.


Ámala cual se merece,

Bondad inmensa;

pero no hay amor fino sin

La paciencia.


Confianza y fe viva

mantenga el alma,

que quien cree y espera

Todo lo alcanza.


Del infierno acosado

aunque se viere,

burlará sus furores

Quien a Dios tiene.


Vénganle desamparos,

cruces, desgracias;

siendo Dios su tesoro,

Nada le falta.


Id, pues, bienes del mundo,

Id, dichas vanas;

aunque todo lo pierda

Sólo Dios basta.