19 de abril de 2009

¡Señor mío y Dios mío!.


Celebramos el II Domingo de Pascua. Los hechos de los apóstoles, en la 1ª lectura de la liturgia de este fin de semana, nos narra el ambiente de la primera comunidad cristiana. Una comunidad donde había comunión de pensamientos y sentimientos; una comunidad donde había una íntima preferencia por el prójimo y, sobre todo, una comunidad que daba testimonio de la Resurrección del Señor.

En la 2ª lectura, la primera carta de san Juan escrita hacia el final del primer siglo, cuando ya la comunidad cristiana había atravesado por diversas y dolorosas pruebas, hace presente que “quien ha nacido de Dios”, es decir, el que tiene fe, ha vencido al mundo.

El evangelio que hoy se proclama, expone la fe todavía incrédula de Tomás y su paso a una confesión magnífica de la divinidad del Señor.

La figura de Tomás, así llamado el “incrédulo” nos estimula en nuestra vida cristiana para vivir con un mayor compromiso. Tomás tiene dificultad para creer que Jesús ha resucitado. Es una verdad de tal magnitud y de tantas implicaciones, que no alcanza a aceptarla bien sea por el temor, bien sea por la inmensa alegría que le producía. Sin embargo, Tomás hizo una experiencia maravillosa: “logró tocar a Cristo”, logró sentirlo cerca de su propia vida, cerca de sus afanes, cerca de su misión. Tomás comprendió que aquel que estaba de frente a Él, no era un simple hombre: era el Verbo de Dios encarnado y por eso le dijo; ¡Señor mío y Dios mío!. Era Cristo mismo que había resucitado y no moría más. Evidentemente esta experiencia es necesaria para asumir un compromiso cristiano: quien no comprende quién es Cristo y qué ha hecho por él, no puede comprometerse realmente. Su fe será siempre una cuestión periférica. Pero quien se sabe salvado de la muerte eterna, de la “segunda muerte”, de la perdición eterna, no se puede sino “cantar las misericordias de Dios” que nos amó cuando éramos pecadores y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados.

Y así, Tomás no pudo quedar igual después de la experiencia de Cristo. Salió como un apóstol convencido, salió del cenáculo para anunciar a Cristo a sus hermanos. ¡Qué grande necesidad tenemos de hacer esta experiencia de Tomás! Ojalá que cada uno de nosotros pueda sentir el amor de Cristo con tanta intensidad que pueda salir del mismo modo que Tomás.

Este domingo de Pascua nos invita, a renovar “nuestra fe que vence al mundo”. Una fe que es sobre todo creer en Jesucristo, hijo de Dios que tomó carne en el seno de la Virgen, que predicó, padeció, murió y resucitó por nuestra salvación. Una fe que es valorar en toda su profundidad el misterio de la encarnación. Así como la primera comunidad vivía intensamente su fe en Cristo resucitado y daba testimonio de ella ante una sociedad pagana y gnóstica, así hoy nos corresponde dar testimonio de esa misma fe. Nos corresponde transmitir a las futuras generaciones la pureza de la doctrina y la rectitud de las costumbres emanadas del Evangelio y de la enseñanza de Cristo a su Iglesia.

Todo el que nace de Dios vence al mundo. En esta afirmación, encontramos una invitación profunda a volver a la raíz de nuestra fe. Nacer de Dios es recibir la fe, es recibir el bautismo y con él la gracia y la filiación divina. El mundo se presenta aquí como esa serie de actitudes, comportamientos, modos de pensar y de vivir que no provienen de Dios, que se oponen a Dios. Cristo mismo había dicho a sus apóstoles: vosotros estáis en el mundo, pero no sois del mundo. Así pues, vencer al mundo significa “ganarlo para Dios”, significa “restaurar todas las cosas en Cristo, piedra angular; significa valorar apropiadamente el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. En Cristo, Verbo de Dios hecho carne, nosotros los cristianos vencemos al mundo. Él ha establecido un “admirable comercio”: él tomo de nosotros nuestra carne mortal, nosotros hemos recibido de él la participación en la naturaleza divina.

Así como san Juan invitaba a la comunidad primitiva a afirmar su fe en el Hijo de Dios que ha venido realmente en la carne, así hoy nosotros estamos invitados a reafirmar nuestra fe en Cristo, en quien nosotros tenemos la salvación y el acceso al Padre, pues no hay otro nombre bajo el cual podamos ser salvados.

Juan invita a sus lectores a no separar su fe de su vida y sus obras, peligro que vivía la comunidad de entonces, y peligro que vive nuestras comunidades cristianas hoy. Se trata, de amar a Dios y cumplir sus mandatos. Tratemos de descubrir en los mandatos que vienen de Dios y se nos manifiesta a través de la Iglesia, no una imposición externa, sino la “verdad más profunda de nuestras vidas”. Aquello que nos conducirá a una plena vida cristiana, aquello que hará que triunfemos sobre el mundo y reinemos con Cristo resucitado, ¡Señor nuestro y Dios nuestro!.

16 de abril de 2009

¡Felicidades!, Santo Padre.


Hoy, 16 de abril, el Santo Padre Benedicto XVI, cumple 82 años. Nació en Marktl am Inn, diócesis de Passau (Alemania), el 16 de abril de 1927, un Sábado Santo. Además, el próximo domingo día 19, hará 4 años que fue elegido Papa. Hoy, unimos los dos acontecimientos y lo felicitamos, y que mejor que una oración elevada a Nuestro Señor por su persona y su ministerio:



Oh Dios,

que para suceder al apóstol san Pedro,

elegiste a tu siervo Benedicto XVI

como pastor de tu grey,

escucha la plegaria de tu pueblo

y haz que nuestro Papa,

Vicario de Cristo en la tierra,

confirme en la fe a todos los hermanos,

y que toda la Iglesia se mantenga en comunión con él

por el vínculo de la unidad, del amor y de la paz,

para que todos encuentren en ti,

Pastor de los hombres,

la verdad y la vida eterna.

Por nuestro Señor Jesucristo.

12 de abril de 2009

CRISTO VIVE, ¡HA RESUCITADO!.


¡Aleluya, aleluya!.

La Resurrección de Jesucristo es el misterio más importante de nuestra fe cristiana. En la Resurrección de Jesucristo está el centro de nuestra fe cristiana y de nuestra salvación. Por eso, la celebración de la fiesta de la Resurrección es la más grande del Año Litúrgico, pues si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe... y también nuestra esperanza.

Y esto es así, porque Jesucristo no sólo ha resucitado El, sino que nos ha prometido que nos resucitará también a nosotros. La Sagrada Escritura nos dice que saldremos a una resurrección de vida o a una resurrección de condenación, según hayan sido nuestras obras durante nuestra vida en la tierra.

Así, la Resurrección de Cristo nos anuncia nuestra salvación; es decir, ser santificados por El para poder llegar al Cielo. Y además nos anuncia nuestra propia resurrección, pues Cristo nos dice: “el que cree en Mí tendrá vida eterna: y yo lo resucitaré en el último día”.

La Resurrección del Señor recuerda un interrogante que siempre ha estado en la mente de los seres humanos, y que hoy en día surge con renovado interés: ¿Hay vida después de esta vida? ¿Qué sucede después de la muerte? ¿Queda el hombre reducido al polvo? ¿Hay un futuro a pesar de que nuestro cuerpo esté bajo tierra y en descomposición, o tal vez esté hecho cenizas, o pudiera quizá estar desaparecido en algún lugar desconocido?.

La Resurrección de Jesucristo nos da respuesta a todas estas preguntas. Y la respuesta es la siguiente: seremos resucitados, tal como Cristo resucitó y tal como El lo tiene prometido a todo el que cumpla la Voluntad del Padre. Su Resurrección es primicia de nuestra propia resurrección y de nuestra futura inmortalidad.

La vida de Jesucristo nos muestra el camino que hemos de recorrer todos nosotros para poder alcanzar esa promesa de nuestra resurrección. Su vida fue -y así debe ser la nuestra- de una total identificación de nuestra voluntad con la Voluntad de Dios durante esta vida. Sólo así podremos dar el paso a la otra Vida, al Cielo que Dios Padre nos tiene preparado desde toda la eternidad, donde estaremos en cuerpo y alma gloriosos, como está Jesucristo y como está su Madre, la Santísima Virgen María.

Por todo esto, la Resurrección de Cristo y su promesa de nuestra propia resurrección nos invita a cambiar nuestro modo de ser, nuestro modo de pensar, de actuar, de vivir. Es necesario “morir a nosotros mismos”; es necesario morir a “nuestro viejo yo”. Nuestro viejo yo debe quedar muerto, crucificado con Cristo, para dar paso al “hombre nuevo”, de manera de poder vivir una vida nueva.

Sin embargo, sabemos que todo cambio cuesta, sabemos que toda muerte duele. Y la muerte del propio “yo” va acompañada de dolor. No hay otra forma. Pero no habrá una vida nueva si no nos “despojamos del hombre viejo y de la manera de vivir de ese hombre viejo”.

Y así como no puede alguien resucitar sin antes haber pasado por la muerte física, así tampoco podemos resucitar a la vida eterna si no hemos enterrado nuestro “yo”. Y ¿qué es nuestro “yo”? El “yo” incluye nuestras tendencias al pecado, nuestros vicios y nuestras faltas de virtud.

Y el “yo” también incluye el apego a nuestros propios deseos y planes, a nuestras propias maneras de ver las cosas, a nuestras propias ideas, a nuestros propios razonamientos; es decir, a todo aquello que aún pareciendo lícito, no está en la línea de la voluntad de Dios para cada uno de nosotros.

Durante toda la Cuaresma la Palabra de Dios nos ha estado hablando de “conversión”, de cambio de vida. A esto se refiere ese llamado: a cambiar de vida, a enterrar nuestro “yo”, para poder resucitar con Cristo. Consiste todo esto en poner a Dios en primer lugar en nuestra vida y a amarlo sobre todo lo demás. Y amarlo significa complacerlo en todo. Y complacer a Dios en todo significa hacer sólo su Voluntad ... no la nuestra.

Así, poniendo a Dios de primero en todo, muriendo a nuestro “yo”, podremos estar seguros de esa resurrección de vida que Cristo promete a aquéllos que hayan obrado bien, es decir, que hayan cumplido, como El, la Voluntad del Padre.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!.

11 de abril de 2009

Stabat Mater Dolorosa...


Sí, todo ha terminado. Y la soledad la golpea. Estalla la soledad de María en la noche…

La han acompañado un rato. La han mirado con lástima. Le han dado palabras de consuelo. Pero, ahora se han ido. La han dejado sola; han vuelto a sus casas.

María está sola. En sus oídos de madre aún resuena el grito angustioso de su Hijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Sus labios de madre repiten ahora: “Hijo, ¿por qué me has abandonado?”

¡Quién pudiera sondear el misterio del alma de María! Porque, cualquiera puede imaginar su dolor de madre ante la muerte espantosa del hijo.

Pero, nadie puede imaginar el dolor de la Madre de un hombre que también es Dios. Nadie puede imaginar el dolor de una madre que, porque es Madre de Dios, es madre nuestra. Porque, el alma de María fue preparada por la gracia para que fuera capaz de llevar en sí todos los dolores de todas las madres.

Por eso, no nos engañe la humildad y pequeñez de la figura de María. Detrás de sus hábitos de aldeana, de su figura desapercibida, sin reporteros ni flashes; detrás de su silencio y del trabajo humilde de mujer de casa, María llevaba en sí la más admirable de las obras del Todopoderoso: su alma plena de Gracia...

Porque María no ve: María cree. Ella solo ve el fracaso de su Hijo, solo le queda el cuerpo destrozado en una tumba fría.

El fracaso del Hijo es su propio fracaso. Y la muerte del Hijo, su propia muerte. Cristo fracasa y muere. Ella debió vivir ese fracaso y esa muerte.

Tiene fe. La fe más sólida. La fe más pura. La fe más fuerte. Porque, el “hágase en mí según tu palabra”, pronunciado por María años atrás, resuena ahora en su soledad como el único hilo de esperanza.

Cristo y María han agotado hasta lo último todas las experiencias del sufrir humano. No hay un solo dolor que el hombre padezca que ellos no hayan padecido.

Todo faltó a Cristo. Todo faltó a María. La cruz fue para los dos el resumen, el colmo de todas las carencias. Ni riquezas, ni vestidos, ni agua, ni comida. No tuvieron en la cruz ni una sola cosa de las que ofrece el mundo: sólo hiel y vinagre, lanza y clavos.

En su desgarrada soledad, María sigue crucificada. Sigue pronunciando, libre y serena, el “hágase en mí” de su total despojo.

El mundo moderno no nos prepara para ser cristianos. Porque sus objetivos más vitales son simplemente la búsqueda de todo aquello a lo cual Cristo y María se negaron. Multiplica la riqueza, hace al hombre poseedor de bienes materiales; lo enloquece con su propaganda; le abre los brazos de un abundancia material inimaginable... María, muda, sigue señalando a su Hijo, muerto y desnudo, que colgó cocido con clavos al madero.

El mundo huye del dolor. María, en el silencio, sigue señalando a su Hijo muerto.

El mundo moderno adora al hombre, lo hace su “dios”; le da poder sobre el bien y el mal; lo libera de toda moral; lo hace rechazar toda autoridad, toda jerarquía; desprecia las canas del anciano, la palabra de los padres,… A nadie obedecen, a nadie prestan fe. No tienen ley. No agacha la cabeza, no cede el paso ni el asiento... María, siempre muda, sigue señalando a su Hijo muerto.

El mundo moderno huye de la soledad y se entrega al ruido y a la diversión desbordante. María, muda, nos muestra el rostro impasible de su soledad crucificada.

Pero, ¿qué le importa al mundo la soledad de María?, ¿qué le importa del Dios Jesús, que yace en el sepulcro?.

Porque, el hombre moderno es triste. Y vive la angustia de su soledad quizás sin darse cuenta, engañado por el mundo. Nada sabe de servicio, de abnegación. El mundo le ha enseñado que lo único que cuenta es afirmarse a sí mismo. Nadie le ha enseñado que amar es darse, y que el amor exige sacrificios.

El corazón del hombre no ha sido hecho para encerrarse en el pecho. Dios nos ha hecho para amar, para darnos al hermano en todo lo que somos.

Sólo Dios puede llenar el corazón del hombre, y sólo en Dios podemos amar verdaderamente a nuestros hermanos.

La soledad del egoísta es terrible y sin sentido; en cambio, la soledad del que da sin esperar recibir, elimina el absurdo con la esperanza de la Resurrección.

La Iglesia no quiere engañarnos. No puede predicar otra cosa que la cruz. La Iglesia nació en una Cruz. Y todo cristiano debe llevar la suya. María la llevó mil veces. Y María estaba sola. Pero, su soledad resuena con su “hágase”. Y su fe la sostiene en la crueldad del desamparo. No es soledad desesperada. Es la soledad fuerte de la que supo permanecer de pie, junto a la Cruz.

Cuando nos asalte la soledad; cuando pensemos que nadie nos quiere; cuando al sufrir parezcan ridículas las palabras de consuelo; cuando el apretón de manos no nos diga nada; cuando el dolor nos golpe sin cesar; cuando no entendamos nada y corramos el riesgo de enloquecernos o desesperarnos; cuando creamos que Dios nos ha abandonado y sintamos la tentación de la rebeldía... pensemos en María, nuestra Madre de los Dolores y de la Soledad.

10 de abril de 2009

Tarde de Viernes Santo.


Hoy es Viernes Santo, y la liturgia nos recuerda a los cristianos que nuestro destino está unido al de Dios Padre mediante la cruz de su Hijo. Hoy es Viernes Santo. Y el camino hacia el Calvario nos enseña a todos a vivir y a querer también la cara oscura de nuestro mundo: el sufrimiento, la debilidad y la muerte. Hoy es Viernes Santo, y el sueño de Jesucristo se realiza plenamente. El sueño de Jesucristo es dar vida, perdón, amor y salvación a todos mediante su muerte en cruz.

"Nadie tiene amor mayor que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15, 13), había dicho Jesús. Estas palabras fueron confirmadas con una muerte tan atroz como injusta. Sin embargo, este drama en el que la malicia humana y el Amor de Dios llegan al colmo, crea un orden nuevo: Dios saca de este mal el bien supremo de la Redención del mundo.

La Cruz de Cristo, a la que nos invita a mirar la Liturgia del Viernes Santo, es el árbol de la vida y el madero de nuestra salvación.

El amor de Jesús es verdadero y la cruz, a la que hoy dirigimos nuestra mirada, es la prueba del amor grande de Dios. La muerte de Jesús en la Cruz nos descubre la verdad de la Encarnación del Hijo de Dios. Vino a estar con nosotros con todas las consecuencias. Quiso entrar en nuestro mundo dominado por el pecado, privado de la gloria de Dios, dominado por la ceguera y la rebeldía con la colaboración de nuestros errores y nuestras ambiciones.

Todos hemos puesto nuestras manos en El. Cuando nos hemos olvidado del amor de Dios, cuando nos hemos dejado dominar por las cosas de este mundo, cuando no hemos querido ver el dolor de nuestros hermanos. Esa Cruz es la Cruz de nuestros olvidos y nuestras cobardías.

Pero el Calvario, lugar de dolor y de muerte, es también lugar de vida y de esperanza. Aceptando la muerte, Jesús alcanza la plenitud de su vida. Ahora ha cumplido enteramente la voluntad del Padre, ahora ha llevado su amor hasta el fin, ahora es levantado por la grandeza de su amor como Rey de la humanidad y de la creación entera.

En esta cumbre de su amor y de su misericordia, Jesús nos manifiesta el corazón de un Dios que es capaz de morir y de dejar morir a su Hijo para acercarse a nosotros, para convencernos de que nos ama de verdad y de que es El la verdadera fuente de nuestra vida y el verdadero objetivo de nuestra esperanza.

En la Cruz de Jesús, la Palabra eterna del Padre se hace palabra humana para decirnos la gran verdad del amor que Dios nos tiene. Desde entonces, cada uno de nosotros podemos decir, Dios me ama, Dios ha muerto por mí, puedo confiar en El, no me dejará solo ni siquiera en la gran soledad de la muerte. Nadie es despreciable a los ojos de Dios. Dios nos ama a todos, ha muerto por todos. Cada hombre, cada mujer, desde el momento de su concepción, está dignificado y engrandecido por el amor de un Dios que ha muerto por él para rescatarlo de la muerte y llevarlo hasta la vida eterna.

De esta manera, la cruz, que era el destino final de los esclavos y de los malhechores, se convierte en símbolo del amor desbordante de un Dios que sufre en su carne las consecuencias del poder del mal en el mundo. La Cruz de Jesús levantada hasta el Cielo, es el verdadero camino de nuestra salvación que llega hasta la vida eterna. Con sus brazos abiertos, es el ofrecimiento del perdón universal, el abrazo del amor eterno que nos da la vida. Desde entonces, esta cruz de Jesús nos acompaña en todos los momentos de nuestra vida, como signo gozoso del amor de Dios que por su Hijo Jesucristo nos salva para la vida eterna.

"Dios ha redimido al mundo mediante el sufrimiento, un dolor que alcanza las fronteras del misterio.” Pero precisamente mediante el sufrimiento, Él realiza la Redención, y expirando puede decir: “Todo está cumplido”.

Como le sucedió a Cristo, también para los cristianos cargar con la cruz no es algo opcional, sino una misión que hay que abrazar por amor. Cristo no deja de proponernos su invitación: “quien quiera ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga”.

En realidad, seguir a Cristo por el camino de la cruz significa renunciar al propio proyecto, para acoger el de Dios. Es decir, acoger la invitación de Cristo a caminar junto a Él con una vida coherente de cristianos. Es renunciar a la “ley del mínimo esfuerzo” para vivir más bien según la “ley de la máxima entrega”.

Jesús, obediente al Padre, ha completado con su vida la misión recibida. Todo está cumplido y el reloj de Dios marca una nueva hora, la hora del perdón.

Todo está cumplido y sin embargo, todo está por hacer. Porque la luz sigue viniendo a los hombres y muchos la rechazan. Porque el amor sigue viniendo a los hombres y muchos no lo entienden. Porque el perdón sigue viniendo a los hombres y muchos no lo acogen. Donde no hay luz, donde no reina el amor, donde no se celebra el perdón surge el Viernes Santo: violencia, odio, sangre y muerte.

En el Viernes Santo de Jesús la tierra tembló, el velo del templo se rasgó, la oscuridad cubrió la tierra. Eran los dolores del parto de la tierra nueva y los cielos nuevos. Era la alegría de la misión cumplida. Era el comienzo de la nueva vida en el Espíritu.

Nosotros estamos llamados a vivir el Viernes Santo de Jesús y completar su obra de redención y perdón. Mientras alguien sufra injustamente como Jesús será Viernes Santo.

Todo está cumplido pero Jesús no ha terminado. Jesús sigue actuando, salvando y perdonando a través de su Iglesia.

Este Viernes Santo, los cristianos somos invitados a mirar al que crucificaron y a llevar nuestra cruz, compartiendo la agonía de Cristo que sufre hasta el final de los tiempos. Nosotros, hoy, no hemos llorado pero sí hemos sentido el dolor de Jesús y sí hemos aprendido que su amor por cada uno de nosotros no tiene límites.

Señor Jesús, Tú nos has ganado el corazón. Nosotros somos el fruto de tu amor. Hoy, en esta tarde de Viernes Santo queremos acercarnos a tu Cruz, queremos estar cerca de Tí. Necesitamos sentirnos envueltos por tu mirada de amor, misericordia y compasión, queremos vivir siempre dentro de tu Iglesia, fruto de tu fidelidad, de la grandeza del amor de Dios y del don del Espíritu Santo que brota de Tí.

Señor Jesús, humildemente, en nuestra pobre vida, y sobre todo, en esta tarde de Viernes Santo, queremos ayudarte a llevar el peso de la Cruz, manteniendo viva nuestra fe en la bondad de Dios en medio de todos los sufrimientos, confiando en el triunfo del amor de Dios sobre todos los fracasos y decepciones de nuestra vida, devolviendo bien por mal, haciendo el bien a nuestros hermanos y anunciando con inmensa gratitud la esperanza de la gran pascua de la vida que Tú has inaugurado desde el árbol fecundo de la Cruz.


9 de abril de 2009

IN COENA DOMINI.


Este día, como cada Jueves Santo, la Iglesia lo celebra lleno de acontecimientos: recordamos y agradecemos al Señor; la institución de la Eucaristía, el sacerdocio ministerial, el amor hecho de servicio a todos los hombres...

La Cena Eucarística es la Nueva y Eterna Alianza que sustituye a la del Antiguo Testamento. La celebración de esta tarde enlaza con aquel Jueves en que Cristo se reúne con sus discípulos. El misterio de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía al que adoramos con profunda reverencia, une estos dos Jueves, el de hace más de 2000 años y el de hoy. El misterio elimina el tiempo y nos permite estar también con el Señor en aquella tarde de Jueves Santo en Jerusalem. Porque alli sucedieron muchas cosas. Jesús había deseado ardientemente que llegara ese momento. Ante la inoportuna discusión por parte de los discípulos sobre quién sería el primero en el Reino, Jesús hizo ese servicio sorprendente de lavarles los pies uno a uno y que escandalizó a Pedro porque ésta era una tarea de esclavos. Fue una lección inolvidable.

"Sabiendo Jesús que había llegado la hora..., comenzó a lavar los pies de los discípulos". El Maestro les dijo: “¿Entienden lo que he hecho con ustedes...?”. Es decir, la entrega servicial y el amor a los demás no deben detenerse ante nada ni ante nadie, ni siquiera ante la muerte, porque ahí se demuestra el amor más grande.

La pasión y la muerte de Cristo, constituyen el servicio de amor fundamental con el que el Hijo de Dios liberó a la humanidad del pecado. Al mismo tiempo, la pasión y muerte de Cristo revelan el sentido profundo del nuevo mandamiento que confió a los apóstoles: «como yo os he amado, amaos también los unos a los otros» (Juan 13, 34). También al entregar el pan convertido en su Cuerpo y el vino convertido en su Sangre les dijo: “Haced esto en conmemoración mía» (1 Corintios 11, 24. 25).

El Señor les pide que se amen unos a otros como Él les ha amado y les deja el Santísimo Sacramento de la Eucaristía

La Eucaristía es un memorial en plenitud: el pan y el vino, por la acción del Espíritu Santo, se convierten realmente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que se entrega para ser alimento del hombre en su camino sobre la tierra. La encarnación del Verbo en el seno de María y su presencia en la Eucaristía se rigen por la misma lógica de amor. Es el amor en el sentido más bello y puro. Jesús pidió insistentemente a sus discípulos que permanecieran en este amor suyo.

Para permanecer fieles a este mandato, para permanecer unidos a Él como los sarmientos a la vid, para amar como Él ha amado es necesario alimentarse de su Cuerpo y de su Sangre. Al decirles a los apóstoles, «haced esto en conmemoración mía», el Señor unió la Iglesia al memorial viviente de su Pascua.

Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, no deja un símbolo o un recuerdo al marcharse, sino que deja la realidad: se queda Él mismo. Irá al Padre, pero permanecerá con los hombres. No nos deja un simple regalo que nos haga evocar su memoria, una imagen que tienda a desaparecer con el tiempo. Bajo las especies del pan y del vino está El, realmente presente con su Cuerpo y con su Sangre.

La alegría del Jueves Santo arranca de ahí: de comprender que el Creador se ha desbordado en cariño por sus criaturas. Nuestro Señor Jesucristo, como si aún no fueran suficientes todas las otras pruebas de su misericordia, instituye la Eucaristía para que podamos tenerle siempre cerca y movido por su Amor, quien no necesita de nada, no quiere prescindir de nosotros».

Jesucristo, sacerdote eterno, a pesar de ser el único sacerdote de la Nueva Alianza, quiso que hombres consagrados por el Espíritu Santo, actuaran en íntima unión con su Persona, distribuyendo el alimento de la vida.

Por este motivo, al contemplar a Cristo que instituye la Eucaristía, tomamos nuevamente conciencia de la importancia de los presbíteros en la Iglesia y de su relación con el Sacramento eucarístico.

El Sacramento del altar es «don y misterio», don y misterio es el sacerdocio, ambos surgidos del Corazón de Cristo en la Última Cena. Sólo una Iglesia enamorada de la Eucaristía genera, santas y numerosas vocaciones sacerdotales. Y lo hace a través de la oración y el testimonio de vida .

Pidamos al Señor en este Jueves Santo, que no le falte nunca al Pueblo de Dios el Pan que le sostenga a través de esta nuestra peregrinación terrena y supliquémosle que no deje de llamar a su servicio, a sacerdotes según su corazón.

Que aprendamos tus sacerdotes, Señor, a ser tus testigos fieles, sacrificados, comprometidos y portadores de la Verdad, no de nuestros intereses.

Que el sentido de lavatorio de los pies, no sea un simple rito, sino que sea el ejemplo de nuestra condición de cristianos, de que nos amamos de verdad.

Gracias Señor por esta tarde de Jueves Santo. Gracias por congregarnos en tu presencia. Gracias por tu ejemplo y amor incondicional y gracias por quedarte en la Eucaristía.

Que nos maravillemos cada día Señor al descubrir que toda la vida cristiana está ligada al «misterio de la fe», que en esta tarde celebramos solemnemente.

5 de abril de 2009

Dios nos ama desde el vientre materno.


Hace unos días, una religiosa colaboradora de la parroquia, me envió este relato sobre el tema del aborto. Como me ha parecido muy interesante, lo comparto con todos vosotros. Y dice así:

“Llega una mujer muy asustada al consultorio de su ginecólogo, y le dice:
-Doctor, por favor, ayúdeme, tengo un problema muy serio. Mi bebé aún no cumple un año y ya estoy de nuevo embarazada. No quiero tener hijos en tan poco tiempo, prefiero un espacio mayor entre uno y otro...
El médico entonces le preguntó:
-Muy bien, entonces ¿qué quiere que yo haga?
Ella respondió:
-Deseo interrumpir mi embarazo y quiero contar con su ayuda.
El médico se quedó pensando un poco y, después de algún tiempo de silencio, le dijo a la mujer:
-Creo que tengo un método mejor para solucionar el problema y es menos peligroso para usted.
La mujer sonrió, pensando que el médico aceptaría ayudarla. Él siguió hablando:
-Vea bien, señora, para no tener que estar con dos bebés a la vez en tan corto espacio de tiempo, vamos a matar a este niño que está en sus brazos. Así usted podrá descansar para tener el otro, tendrá un periodo de descanso hasta que el otro niño nazca. Si vamos a matar, no hay diferencia entre uno y otro de los niños. Y hasta es más fácil sacrificar éste que usted tiene entre sus brazos, puesto que usted no correrá ningún riesgo.
La mujer se asustó y dijo:
-¡No, doctor! ¡Qué horror! ¡Matar a un niño es un crimen!
-También pienso lo mismo, señora, pero me pareció usted tan convencida de eso, que por un momento pensé en ayudarla.
El médico sonrió y, después de algunas consideraciones, vio que su lección surtía efecto. Convenció a la madre que no hay la menor diferencia entre matar un niño que ya nació y matar a uno que está por nacer, y que está vivo en el seno materno.
¡El crimen es exactamente el mismo!

Tú, ¿sabes desde cuándo Dios te ama?. ¡Desde el vientre materno!. (Salmo 139).

SHALOM, HOSANNA.


Jesús entra en la Ciudad Santa de Jerusalén a lomos de un asno, el animal de la sencilla gente del campo, y además un asno que no le pertenece, que ha tomado prestado para esta ocasión. No llega en una lujosa carroza real, ni a caballo como los grandes del mundo, sino en un asno tomado prestado. Juan nos cuenta que en un primer momento los discípulos no entendieron esto. Sólo después de la Pascua se dieron cuenta de que de este modo Jesús estaba cumpliendo los anuncios de los profetas, mostraba que su acción derivaba de la Palabra de Dios y la llevaba a su cumplimiento. Se acordaron de que en el profeta Zacarías se lee: “No temas, hija de Sión; mira que viene tu Rey montado en un pollino de asna”.


El profeta Zacarías, hace tres afirmaciones sobre el rey que ha de venir.

En primer lugar, dice que será un rey de los pobres, un pobre entre los pobres y para los pobres. Uno puede ser materialmente pobre pero tener el corazón lleno del ansia de riqueza y del poder que deriva de la riqueza. La pobreza en el sentido de Jesús presupone sobre todo la libertad interior, para ir contra la avaricia y el afán de poder. Se trata, ante todo, de la purificación del corazón, que se deja guiar por Cristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros. En el Domingo de Ramos aclamamos al rey que nos indica el camino hacia esta meta, Jesús, y le pedimos que nos lleve consigo en su camino.


En segundo lugar, el profeta nos muestra que este rey será un rey de paz: hará que desaparezcan los carros de guerra y los caballos de batalla, romperá los arcos y anunciará la paz. La nueva arma que Jesús pone en nuestras manos es la Cruz, signo de reconciliación, signo del amor que es más fuerte que la muerte. Cada vez que nos hacemos la señal de la Cruz tenemos que acordarnos de no responder a la injusticia con otra injusticia, a la violencia con otra violencia; tenemos que acordarnos de que sólo podemos vencer al mal con el bien.


La tercera afirmación del profeta es el anuncio de la universalidad: el reino del rey de la paz se extiende «de mar a mar… hasta los confines de la tierra». Su país es la tierra, el mundo entero. Él llega a todas las culturas y a todas las partes del mundo, a las cabañas y a los pobres pueblos, así como al esplendor de las catedrales. Por doquier él es el mismo, el Único, y de este modo, todos los reunidos en la comunión con él, están unidos también entre sí en un único cuerpo. Cristo gobierna haciéndose nuestro pan y entregándose a nosotros. De este modo construye su Reino.


En el Domingo de Ramos, la muchedumbre aclama a Jesús: «¡Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor». En Jesús reconocen a quien verdaderamente viene en el nombre del Señor y trae la presencia de Dios entre ellos. Este grito de esperanza de Israel, esta aclamación a Jesús durante su entrada a Jerusalén, se ha convertido con razón en la Iglesia en la aclamación a quien, en la Eucaristía, nos sale al encuentro de una manera nueva. Saludamos a quien en la Eucaristía siempre llega entre nosotros en el nombre del Señor uniendo en la paz de Dios los confines de la tierra. Esta experiencia de la universalidad forma parte de la Eucaristía. Dado que el Señor viene, nosotros salimos de nuestros mundos personales y pasamos a formar parte de la gran comunidad de todos los que celebran este santo sacramento.


Las tres características anunciadas por el profeta –pobreza, paz, universalidad– están resumidas en el signo de la Cruz. El domingo de los Ramos, nos dice que el auténtico gran «sí» es precisamente la Cruz, que la Cruz es el auténtico árbol de la vida. No alcanzamos la vida apoderándonos de ella, sino dándola. El amor es la entrega de nosotros mismos y, por este motivo, es el camino de la vida auténtica simbolizada por la Cruz. Es el camino de quien, con el signo de la Cruz, nos entrega la paz y hace de nosotros portadores de su paz. Pidámosle en este día al Señor que al mismo tiempo que entra triunfalmente en Jerusalem, entre en nuestras vidas y abra nuestros corazones para que, siguiendo su cruz, nos convirtamos en mensajeros de su amor y de su paz.

27 de marzo de 2009

Carta de un "no nacido", desde el Reino del Amor...


Hace poco, me encontré con esta carta, redactada y dirigida a una madre, en nombre de su hijo abortado intencionalmente, tal vez ya la conozcan, pero para los que no, la carta dice asi;


Querida mamá:

Soy tu hijo, ¿recuerdas?. No he desaparecido, pues Dios me infundió un alma eterna en el momento en que fui concebido. No vi nunca la luz del día pero vivo para siempre. Sé porqué me mataste. El que debió haber sido mi padre andaba lejos del país. Tu te sentías sola porque él andaba muy ocupado en sus negocios. En su ausencia, surgió otro hombre. De ese romance fui engendrado yo.

Nunca olvidaré los meses que me acunaste en tu vientre, ¡me sentí tan seguro y amado! Comprendo que no me desearas, ¿qué pensaría papá a su regreso? Había que blanquear el desliz matando al delator, y ese era YO. Por entonces no supe de las discusiones con tu amante, pues él quería verme nacido y tú no. ¡Qué peleas, hasta que le arrancaste el dinero que costó mi defunción! A todo le ponen precio, hasta el asesinato de un inocente. “Qué caros son los abortos”, comentaste.

No justifico tu crimen, pero te perdono. Perdono a papá por haber sido tan irresponsable. También perdono al que, vestido de blanco, se manchó con mi sangre. ¡Qué dolor cuando me punzó con aquella enorme aguja y después me despedazó a sangre fría! Sé que tú nunca olvidarás el ruido de aquella aspiradora que se tragó mi cuerpecito a pedazos. Sé que te causó un trauma que llevas en silencio tratando de pensar que no fue nada. Sí era algo, era alguien… era yo, tu hijo.

Conozco mamá, tus largas noches en vela y tus sobresaltos. Sé que luchaste mucho en tu interior sobre tu decisión de abortarme. En el fondo me amabas pero pudo más en ti el miedo. Sé que me amabas, pues aún sueñas conmigo y más de una vez te has preguntado, con remordimientos, si soy niña o niño, piensas cómo sería hoy día y qué alegrías te hubiera traído… ¡Soy niño! Me parezco más a ti que al seductor con el que andabas. ¿Cómo me vas a olvidar, si yo a cada momento pido a Papá Dios que borre esas pesadillas que turban tu descanso y te dan muerte en vida? Por eso, qué alegría cuando buscaste a un sacerdote que te inspiró confianza y te reconciliaste con el Señor de la Vida.

Querida mamá, quiero verte feliz. Recuerda los consejos que te dio el sacerdote al despedirte: “hija, Dios Padre ya ha hecho su obra de amor en ti y a su tiempo irás sanando”. Mientras te estoy escribiendo, tengo a mi lado a mi amigo Antonio. Lo mató su mamá porque ella decía ser demasiado joven para ocuparse con ser madre. Tampoco él recibió nombre alguno de sus padres pero sí de Dios, quien nos ama infinitamente. Tengo muchísimos amigos que corrieron la misma suerte. A Carlitos lo abortaron porque su madre fue violada. El odio y el dolor resultante lo descargaron sobre el pobre inocente. Él siempre pregunta: “¿Por qué si mi mamá no amaba al hombre que la violó, me mato a mí, que la hubiera amado siempre y jamás me hubiera avergonzado de ella?”.

Aquí en el reino del amor, sólo entendemos el lenguaje del amor. Por eso, no comprendemos esos “argumentos” acerca del aborto: por malformación del feto, por violación, por dificultades económicas de los padres, por no querer más hijos…

Me cuentan que ni las guerras, ni Hitler con sus cámaras de gas letal han realizado tan brutal y desmedida masacre. Con los abortos se ha privado a la humanidad de brillantes poetas, sacerdotes, médicos, filósofos, músicos, pilotos, estadistas, pintores, arquitectos, santos y santas. A mí todos me dicen que quizá hubiera sido un habilidoso cirujano o un pianista a lo Mozart. Cuando nos reunamos, ya verás qué manos tengo, mami. Lo que más me gusta es cuando me dicen “tu mamá tiene que ser muy hermosa”.

No llores mami. Confía en Dios hasta que nos volvamos a ver. ¡Ah, se me olvidaba! Aunque me consumo por verte, no te des prisa en venir, pues mis hermanos te necesitan. Hazles a ellos lo que nunca pudiste hacerme a mí. Fíjate que cuando bañas a mis hermanitos o les das de mamar, no sé, me entra un poquito de añoranza de todo lo que pudo ser y no fue. Me hubiera gustado ser amamantado con la leche de tus pechos, ser acariciado por esas manos tuyas tan lindas y tan semejantes a las mías, manos de cirujano malogrado.

Quizás te preguntas dónde estoy. No te preocupes, estoy en los brazos de Jesús que me amó hasta dar su vida por mí. En Él todos encontramos la Vida.

Y termino pidiéndote un favor. No para mí, como comprenderás, sino para otros niños. Que no los maten como a mí. Si conoces a una joven que quiera abortar o a un sujeto que monta campañas a favor del aborto, un médico asesino que se burla de Hipócrates o una enfermera que se presta a ese crimen, extiéndeles el amor de Dios, nuestro Padre. Entonces acuérdate de nosotros y díle que no mate más, que los niños le pertenecen a Dios. Grítales a todos que tenemos derecho a vivir como ellos, y que aunque nadie nos ame tenemos derecho a vivir y amar.

Te espero con la boca aún sin estrenar, rebosante de besos que tengo guardados solamente para ti…te quiero mucho mami... Muaaahhhhhhhh.

25 de marzo de 2009

Angelus Domini nuntiavit Mariae.


En este día, los cristianos nos recogemos ante el gran misterio de la Encarnación del Verbo, del Hijo de Dios.

La fiesta de la Encarnación, hunde sus raíces en los primeros siglos de la era cristiana. Es así, que los primeros testimonios de esta solemnidad litúrgica aparecen en el siglo IV. Los Padres de la Iglesia, así lo creían, demostraban y predicaban. Ya en el siglo VII, el Papa Sergio I, introdujo esta celebración en la Iglesia Romana y ya, desde el principio, se viene celebrando la fiesta el 25 de marzo.

La Encarnación se encuentra en el centro de nuestra fe, en la que se revela la gloria de la Trinidad y su amor por los hombres.

Dios envía a su arcángel Gabriel a una ciudad desconocida, a una mujer humilde, para decirle que será la madre de su Hijo. María no se asusta ante la presencia, ante la aparición del enviado, del mensajero de Dios. Lo que le turba es el mensaje, ella siendo tan pequeña, no sabe si estará a la altura de las circunstancias, pero se fía plenamente de Dios y pone en sus manos, el destino de su vida.

La encarnación del verbo en las entrañas purísimas de María, fue así de sencillo. No hubo grandes eventos ni portentosas y extraordinarias manifestaciones. La sencillez de María fue así, de principio a fin, y todos los eventos que la rodearon así lo fueron. Ella, una joven más, de entre las muchas jóvenes doncellas del Israel de su tiempo, fue la elegida y predestinada por Dios desde mucho tiempo atrás, para que fuese la Madre del Salvador.

El misterio de la Encarnación significa que en un instante, la segunda persona de la Trinidad, el verbo de naturaleza divina, asumió plenamente la naturaleza humana, sin desechar su condición divina y se hizo carne en las entrañas de María.

Sin saber lo que acontecía, María dando su Sí a las palabras del ángel, engendró antes al Señor en su corazón que en sus entrañas. María por ser la Madre de Dios, fue adornada por parte del Creador, con una serie de privilegios. Entre otros, el de permanecer al margen del pecado original en su propia concepción. Por ello, la propia Iglesia considera que la Santísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio, concedido por Dios omnipotente y en previsión de los méritos de su Hijo, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de pecado, es decir, honramos a la virgen María con el título de la Inmaculada Concepción, por ser la Madre de Cristo.

María es mujer sencilla, mujer valiente, mujer fiel, mujer de fe, esperanza y caridad. Ella es la estrella que nos guía en el camino de Jesucristo. A Jesús se va y se viene por María.

Gracias Madre por tu fidelidad al plan de Dios; gracias Madre, por el regalo de tu Hijo; gracias Madre, por ser ejemplo, modelo y guía en el seguimiento de Cristo. Gracias Madre, porque tu Sí, mereció la pena.

20 de marzo de 2009

NO AL ABORTO, SÍ A LA VIDA.


A continuación, pueden leer el "Manifiesto de Madrid" o "declaración de Madrid" (sobre el aborto y la prevista Ley del gobierno de Zapatero).

«Nosotros, profesores de universidad, investigadores, académicos, e intelectuales de diferentes profesiones, ante la iniciativa del Grupo Socialista en el Congreso, por medio de la Subcomisión del aborto, de promover una ley de plazos, suscribimos el presente Manifiesto en defensa de la vida humana en su etapa inicial, embrionaria y fetal y rechazamos su instrumentalización al servicio de lucrativos intereses económicos ó ideológicos.

En primer lugar, reclamamos una correcta interpretación de los datos de la ciencia en relación con la vida humana en todas sus etapas y a este respecto deseamos se tengan en consideración los siguientes hechos:

a) Existe sobrada evidencia científica de que la vida empieza en el momento de la fecundación. Los conocimientos más actuales así lo demuestran: la Genética señala que la fecundación es el momento en que se constituye la identidad genética singular; la Biología Celular explica que los seres pluricelulares se constituyen a partir de una única célula inicial, el cigoto, en cuyo núcleo se encuentra la información genética que se conserva en todas las células y es la que determina la diferenciación celular; la Embriología describe el desarrollo y revela cómo se desenvuelve sin solución de continuidad.

b) El cigoto es la primera realidad corporal del ser humano. Tras la fusión de los núcleos gaméticos materno y paterno, el núcleo resultante es el centro coordinador del desarrollo, que reside en las moléculas de ADN, resultado de la adición de los genes paternos y maternos en una combinación nueva y singular.

c) El embrión (desde la fecundación hasta la octava semana) y el feto (a partir de la octava semana) son las primeras fases del desarrollo de un nuevo ser humano y en el claustro materno no forman parte de la sustantividad ni de ningún órgano de la madre, aunque dependa de ésta para su propio desarrollo.

d) La naturaleza biológica del embrión y del feto humano es independiente del modo en que se haya originado, bien sea proveniente de una reproducción natural o producto de reproducción asistida.

e) Un aborto no es sólo la «interrupción voluntaria del embarazo» sino un acto simple y cruel de «interrupción de una vida humana».

f) Es preciso que la mujer a quien se proponga abortar adopte libremente su decisión, tras un conocimiento informado y preciso del procedimiento y las consecuencias.

g) El aborto es un drama con dos víctimas: una muere y la otra sobrevive y sufre a diario las consecuencias de una decisión dramática e irreparable. Quien aborta es siempre la madre y quien sufre las consecuencias también, aunque sea el resultado de una relación compartida y voluntaria.

h) Es por tanto preciso que las mujeres que decidan abortar conozcan las secuelas psicológicas de tal acto y en particular del cuadro psicopatológico conocido como el «Síndrome Postaborto» (cuadro depresivo, sentimiento de culpa, pesadillas recurrentes, alteraciones de conducta, pérdida de autoestima, etc.).

i) Dada la trascendencia del acto para el se reclama la intervención de personal médico es preciso respetar la libertad de objeción de conciencia en esta materia.

j) El aborto es además una tragedia para la sociedad. Una sociedad indiferente a la matanza de cerca de 120.000 bebés al año es una sociedad fracasada y enferma.

k) Lejos de suponer la conquista de un derecho para la mujer, una Ley del aborto sin limitaciones fijaría a la mujer como la única responsable de un acto violento contra la vida de su propio hijo.

l) El aborto es especialmente duro para una joven de 16-17 años, a quien se pretende privar de la presencia, del consejo y del apoyo de sus padres para tomar la decisión de seguir con el embarazo o abortar. Obligar a una joven a decidir sola a tan temprana edad es una irresponsabilidad y una forma clara de violencia contra la mujer.

En definitiva, consideramos que las conclusiones que el Grupo Socialista en el Congreso, por medio de la Subcomisión del aborto, trasladará al Gobierno para que se ponga en marcha una ley de plazos, agrava la situación actual y desoye a una sociedad, que lejos de desear una nueva Ley para legitimar un acto violento para el no nacido y para su madre, reclama una regulación para detener los abusos y el fraude de Ley de los centros donde se practican los abortos».

19 de marzo de 2009

De María esposo, y de Dios, padre en la tierra.


Celebramos a San José, esposo de la Virgen María y padre terreno de nuestro Señor.
De San José, muy pocas cosas podemos decir si nos atenemos a los datos que las Sagradas Escrituras nos ofrecen. De él sabemos que fue un hombre corriente de su tiempo al que Dios confió llevar a cabo obras grandes y que supo vivir tal y como el Señor quería, todos y cada uno de los acontecimientos que conformaron su vida. Por ello, la Sagrada Escritura alaba a José afirmando de él que fue un hombre justo. Y en la lengua hebrea, justo quiere decir piadoso, servidor de Dios, cumplidor de la voluntad de divina. Otras veces significa bueno y caritativo con el prójimo. Es decir, el justo es el que ama a Dios y demuestra ese amor cumpliendo sus mandamientos y orientando toda su vida en servicio de sus hermanos los hombres.
No hay que negar, que María, su esposa, sea la causa de gran parte de los honores que se le rinden al Santo Patriarca. Sin embargo, hay todavía un motivo superior para amar más a José, y ese motivo superior es Jesús mismo. Por ello, no podemos ignorar la santidad de aquel hombre que fue escogido para cuidar de Jesús y de su María.
Esta devoción que estaba latente en el corazón de los cristianos desde el comienzo de la Iglesia, ha ido creciendo con el paso de los siglos. Y a pesar de ese ocultamiento, del silencio y de la escasa mención que hace de Él la Escritura Santa, han sido muchos los santos, teólogos y pontífices que a lo largo de la historia del cristianismo han dado testimonio de la importancia del Santo Patriarca.
¡Cómo tendría que ser la santidad de aquel hombre, al que se le encargó la tarea de formar y enseñar humanamente a quien era el mismo Hijo de Dios!.Su calidad humana y sobrenatural tuvo que estar a la altura de su misión.
Por ello, la figura de José se ha ido descubriendo paulatinamente en el seno de la propia Iglesia. Hasta el año 1621, no se incorporó el día de San José como festividad en el calendario de la Iglesia universal y el Papa Benedicto XV, lo nombró en 1920, Patrono de los obreros, de los padres de familia y de los moribundos.
A lo largo de los siglos se ha hablado de él subrayando diversos aspectos de su vida, pero siempre fiel a la misión que Dios le confió. Son diversos los autores espirituales que han dado un notable impulso a la devoción del Santo Patriarca.
La Santa de Ávila, Teresa de Jesús, en el Libro de su vida nos dice; “Tomé por abogado y señor al glorioso San José y me encomendé mucho a él. No recuerdo haberle suplicado cosa que haya dejado de hacer. Muchas son las gracias que Dios me ha concedido por medio del bienaventurado San José y muchos son los peligros de los que me ha librado”.
San Josemaría Escrivá refiriéndose a San José decía; “desde hace años, me gusta invocarle con el título de “Padre y Señor” por dos motivos. Primero porque protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre, y en segundo lugar, por ser “maestro de vida interior”.
Por su parte, San Juan Crisóstomo añade; “Dios, que ama a los hombres, mezclaba trabajos y dulzuras. Ni los peligros ni los consuelos nos los da continuos, sino que de unos y otros va Él entretejiendo la vida de los justos, y así lo hizo con José”.
También, el Papa Juan Pablo II, destacó durante su pontificado la figura de San José tanto en la Exhortación Apostólica Redemptoris Custos como en sus Homilías, Audiencias y Alocuciones. El Papa dirá: “Los cristianos han reconocido siempre en José, a aquel que vivió una comunión íntima con María y con Jesús, deduciendo que también en la muerte gozó de su presencia consoladora y afectuosa. De esta constante tradición cristiana se ha desarrollado en muchos lugares una especial devoción a la Sagrada Familia y a San José, custodio del Redentor”.
La Iglesia no ha cesado de recordar como Dios ha confiado los primeros misterios del Salvador a la ferviente custodia de San José. Mirando quién y cómo es San José, contemplamos su vocación y su misión. San José es el hombre al cual se le confió de un modo excepcional el gran misterio de Dios mismo, el misterio de la Encarnación. Esto le convierte en el hombre de confianza de Dios.
San José encontró en su amor a Dios, la razón de su vida. Cuando conoce que el Niño, Hijo de María, es el Mesías, Cristo se convierte en el motor de todas sus acciones y se esfuerza en alcanzar la identificación con Él. Los cristianos hemos de identificarnos cada día y cada vez más con Jesús. Hemos de vivir en este mundo alejado cada vez más de Dios como San José vivió, es decir, inmersos en Dios.
San José fue el hombre del amor fiel, de la fe amorosa y de la esperanza confiada. Esta es la fidelidad que vivió José, y esta es la que el Señor espera de cada uno de nosotros, una caridad que se traduce en obras concretas.
Que San José, nuestro "padre y señor", interceda por nosotros.

16 de marzo de 2009

Sacerdotes para servir.


En medio del tiempo cuaresmal y coincidiendo con la fiesta de San José, se celebra en la Iglesia el Día del Seminario. Todos sabemos lo necesarias que son las vocaciones para la vida, el testimonio y la acción pastoral de nuestras comunidades eclesiales. Y sabemos también que, a menudo, la disminución de las vocaciones en una diócesis o en una nación es consecuencia de la flojera en la intensidad de la fe y del fervor espiritual. No debemos por tanto, contentarnos fácilmente con la explicación según la cual la escasez de las vocaciones sacerdotales quedaría compensada con el crecimiento del compromiso apostólico de los laicos o que, incluso, sería algo querido por la Providencia para favorecer el crecimiento del laicado. Al contrario, cuanto más numerosos son los laicos que quieren vivir con generosidad su vocación bautismal, tanto más necesarias son la presencia y la obra específica de los ministros ordenados.

Por tanto, el empeño de la Iglesia en favor de las vocaciones debe basarse en un gran compromiso común, en el que han de colaborar tanto los laicos como los sacerdotes y los religiosos, y que consiste en redescubrir la dimensión fundamental de nuestra fe, para la cual la vida misma, toda vida humana, es fruto de la llamada de Dios y sólo puede realizarse positivamente como respuesta a esta llamada.

Dentro de esta gran realidad de la vida como vocación, y en concreto de nuestra vocación bautismal común, manifiesta todo su extraordinario significado la vocación al ministerio ordenado, la vocación sacerdotal. En efecto, es don y misterio, el misterio de la gratuita elección divina: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15, 16).

El primer y principal compromiso en favor de las vocaciones no puede ser otro que la oración: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 37-38; cf. Lc 10, 2). La oración por las vocaciones, significa fiarse de él, ponerse en sus manos, lo que a su vez, nos da confianza y nos dispone para realizar las obras de Dios.

La oración debe ir acompañada por toda una pastoral que tenga un claro carácter vocacional. Desde que los niños y jóvenes comienzan a conocer a Dios y a formarse una conciencia moral hay que ayudarles a descubrir que la vida es vocación y que Dios llama a algunos a seguirlo más íntimamente, en la comunión con él y en la entrega de sí. En este campo, las familias cristianas tienen una gran e insustituible misión y responsabilidad con respecto a las vocaciones, y es preciso ayudarles a corresponder a ellas de manera consciente y generosa.

Si los niños y los jóvenes ven a sacerdotes afanados en demasiadas cosas, inclinados al mal humor y al lamento, descuidados en la oración y en las tareas propias de su ministerio, ¿cómo podrán sentirse atraídos por el camino del sacerdocio? Por el contrario, si perciben en los sacerdotes la alegría de ser ministros de Cristo, la generosidad en el servicio a la Iglesia y el interés por promover el crecimiento humano y espiritual de las personas que se nos han confiado, se sentirán impulsados a preguntarse si esta no puede ser, también para ellos, la elección más hermosa para su vida.

Encomendamos a María santísima, Madre de Cristo, Madre de la Iglesia y, en particular, Madre de los sacerdotes, nuestra peculiar solicitud por las vocaciones. Le encomendamos de igual modo nuestro camino cuaresmal y, sobre todo, nuestra santificación personal. En efecto, la Iglesia necesita sacerdotes santos para abrir a Cristo incluso las puertas que parecen más cerradas. (Extraído de un encuentro del Papa con sacerdotes)

14 de marzo de 2009

De negocios con el Señor.


Celebramos el III domingo de Cuaresma. Al leer el pasaje de los mercaderes del Templo de Jerusalén (Jn. 2, 13-25), los cuales fueron expulsados por Jesús a fuerza de látigo, las mesas de los cambistas volteadas y las monedas desparramadas por el suelo, tenemos que pensar qué nos quiere decir hoy a nosotros el Señor con este incidente. Y sobre todo cuando nos dice: “no conviertan en un mercado la casa de mi Padre”.

El Señor se refiriere también a ese mercadeo y comercio, que con mucha frecuencia usamos en nuestra relación con Dios, concretamente en nuestra forma de pedirle a Dios tantas y tantas cosas. Es decir, queremos que el Señor entre a formar parte de nuestros negocios y trapicheos mundanos, y Él no está para eso.

Si pensamos bien en la forma en que oramos ¿no se parece nuestra oración a un negocio que estamos conviniendo con Dios? “Yo te pido esto, esto y esto, y a cambio te ofrezco tal cosa” ¿Cuántas veces no hemos orado así?. A veces también nuestra oración parece ser un pliego de peticiones, con una lista interminable de necesidades -reales o ficticias- sin ofrecer nada a cambio. A ambas actitudes puede estarse refiriendo el Señor cuando se opone al mercadeo en nuestra relación con El.

Fijémonos que en este pasaje del Evangelio los judíos “intervinieron para preguntarle ‘¿qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?’”. Y, a juzgar por la respuesta, al Señor no le gustó que le pidieran señales.

¿Y nosotros? ¿No pedimos también señales? “Dios mío, quiero un milagro”, nos atrevemos a pedirle al Señor. “Señor, dame una señal”. Más aún: ¡cómo nos gusta ir tras las señales extraordinarias!

Estos fenómenos extraordinarios pueden venir de Dios o no... Cuando no vienen de Dios sirven para desviarnos del camino que nos lleva a Dios, pues lo que pretende el Enemigo es que nos quedemos apegados a esas señales y que realmente no busquemos a Dios, sino que vayamos tras esas manifestaciones extraordinaria., como si fueran Dios mismo.

Los fenómenos extraordinarios, cuando son realmente de origen divino, son signos de la presencia de Dios y de su Madre en medio de nosotros. Son signos de gracias especialísimas que sirven para llamarnos a la conversión, al cambio de vida, a enderezar rumbos para dirigir nuestra mirada y nuestro caminar hacia aquella Casa del Padre que es el Cielo que nos espera, si cumplimos la Voluntad de Dios aquí en la tierra.

Y esas señales son justamente para ayudarnos a que nos acerquemos a Dios. Pero ¿en qué consiste ese acercamiento? ¿En seguir buscando fenómenos extraordinarios? ¿En entusiasmarnos con esas señales como si éstas fueran el centro de la vida en Dios? No. El acercarnos a Dios consiste en que cumplamos su Voluntad, y en que nos ciñamos a sus criterios, a sus planes, a sus modos de ver las cosas.

Pero ¿qué sucede con demasiada frecuencia?. Pues sucede que, a pesar de estas señales, seguimos apegados a nuestra voluntad , a nuestros criterios, a nuestros modos de ver las cosas y no a Dios. Los criterios de Dios son contrarios a los criterios de los hombres.

No podemos quedarnos en lo externo, en lo que podemos ver y palpar con los sentidos del cuerpo. No podemos seguir buscando estos fenómenos por todas partes, como si fueran el centro de la cuestión, pues el centro de la cuestión es otro: es buscar la Voluntad de Dios para cumplirla.

Jesús expulsó a los mercaderes y cambistas de la casa de su Padre. No corramos nosotros el riesgo de ser expulsados para siempre de la morada eterna que nos espera en la otra Vida, la Casa del Padre.

7 de marzo de 2009

Llamados a contemplar su gloria.


Celebramos el II domingo de Cuaresma. La lectura del Santo Evangelio según San Marcos, nos lleva a la contemplación de la Trasnfiguración de nuestro Señor ante la asombrosa mirada de sus discípulos.

Jesús había anunciado a los suyos la cercanía de su Pasión y los sufrimientos que había de padecer a manos de los judíos y de los gentiles. Y los animó a que le siguieran por el camino de la cruz y del sacrificio.
Nuestra vida es un camino hacia la Casa del Padre. Pero es una camino que pasa a través de la Cruz y del sacrificio. Hasta el último momento habremos de luchar contra corriente, y es posible que también llegue a nosotros la tentación de querer hacer compatible la entrega que nos pide el Señor con una vida fácil, cómoda, placentera, como la de tantos que viven con el pensamiento puesto exclusivamente en esta vida, en las cosas materiales, perecederas.

El Papa Pablo VI, llegó a afirmar, que el cristianismo no puede dispensarse de la cruz: la vida cristiana no es posible sin el peso fuerte y grande del deber. Si tratásemos de quitarle la cruz a nuestra vida, nos crearíamos ilusiones y debilitaríamos el cristianismo; lo habríamos transformado en una interpretación cómoda de la vida. Y no es esa, la senda que nos indicó el Señor.

Los discípulos iban a quedar profundamente desconcertados cuando presenciasen los hechos de la Pasión. Por eso, el Señor condujo a tres de ellos, a Pedro, Santiago y Juan, a la cima del monte Tabor para que contemplaran su gloria.

También a nosotros, como a Pedro, Santiago y Juan, quiere el Señor confortarnos con la esperanza que nos aguarda, especialmente si alguna vez el camino se hace costoso y asoma el desaliento. Pensar en lo que nos aguarda nos ayudará a ser fuertes y a perseverar en el camino.

No dejemos de traer a nuestra memoria el lugar que nuestro Padre Dios nos tiene preparado y al que nos encaminamos. Cada día que pasa nos acercamos un poco más. El paso del tiempo para el cristiano no es, en modo alguno, una tragedia; acorta, por el contrario, el camino que hemos de recorrer para el abrazo definitivo con Dios Padre.

¿Cómo será el Cielo que nos espera, donde contemplaremos, si somos fieles, a Cristo glorioso, no en un instante, sino toda una eternidad?

El misterio que celebramos no sólo fue un signo y anticipo de la glorificación de Cristo, sino también de la nuestra, pues, como nos enseña San Pablo, el Espíritu da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal que padezcamos con Él, para ser con Él también glorificados.

Si nos mantenemos siempre cerca de Jesús, nada nos hará verdaderamente daño: ni la ruina económica, ni la cárcel, ni la enfermedad grave..., mucho menos las pequeñas contrariedades diarias que tienden a quitarnos la paz.

Pidamos a Nuestra Señora que sepamos ofrecer con paz el dolor y la fatiga que cada día trae consigo, con el pensamiento puesto en Jesús, que nos acompaña en esta vida y que nos espera, glorioso al final del camino. Y cuando llegue la hora en que se cierren nuestros ojos para esta vida, nos permita el Señor abrirlos, para contemplar como aquellos tres discípulos en el Tabor, la hermosura infinita de su gloria.

24 de febrero de 2009

Una Iglesia que no sirve...



Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada.
¿Sirve la Iglesia para algo?.

No hace mucho que leí un magnífico artículo sobre la indiferencia religiosa, en donde una persona trataba de justificar su indiferencia ante la religión diciendo más o menos que la Iglesia no le mantenía a los hijos. Desde luego, y como decía el autor, que si sólo es bueno lo que da de comer, cabría decir que hay muchas cosas y personas que no sirven para nada como el ver una obra de arte, leer un poema o cuidar de un niño o un anciano. ¿Será la Iglesia una institución inútil que no sirve para nada?, ¿Qué puede hacer la Iglesia por este mundo? ¿No basta con la labor de los políticos, de los economistas, de los científicos...?


El autor nos proponía imaginar que en el mundo habían desaparecido los problemas más acuciantes: el hambre, el paro, la guerra, las injusticias, las enfermedades, la incultura... Pues bien, creemos que a pesar de ello sería legítimo hacerse una pregunta: ¿qué sentido tiene la vida?. Y esa es una pregunta que siempre será preciso hacerla, pues el corazón humano nunca se sacia plenamente con las cosas de la tierra. Sólo Dios podrá dar respuesta a las más profundas aspiraciones del hombre. Por eso, por muchas vueltas que de la vida, los hombres nunca podrán ser totalmente indiferentes al problema religioso. Y es precisamente la Iglesia quien puede recordar a la humanidad el sentido y la verdad más profunda de la vida, que no se reduce a este mundo. La Iglesia recuerda cómo Dios creó el mundo por amor y envió a su Hijo al mundo para salvarlo. Y, guiada por el Espíritu Santo, prolonga a lo largo del tiempo la obra de Jesús.Es misión de la Iglesia recordar la gran verdad que el mundo pretende ignorar, la esperanza a la que el ser humano está llamado a vivir. La falta de esperanza en Dios y el reducir todo el esfuerzo a conseguir los bienes materiales, es con mucha frecuencia, causa de egoísmos, injusticias y otros muchos males.


Es verdad que la misión de la Iglesia no es de orden político, económico o social, sino religioso. Pero de esta misión religiosa se deriva el esfuerzo por hacer un mundo más humano, en el que se garantice la dignidad de las personas o se garanticen sus derechos.


La Iglesia tiene el deber de crear obras al servicio de los hombres, sobre todo de los más necesitados. Así por ejemplo nada tiene de extraño que se preocupe de crear residencias para ancianos, centros para personas con deficiencia mental, hogares para las mujeres en situación difícil, centros de rehabilitación de toxicómanos, colegios de enseñanza, hospitales y dispensarios, hogares para transeúntes, etc... Así mismo la Iglesia debe preocuparse y así lo hace, de defender los derechos humanos, de contribuir a la paz, a la cultura... No cabe duda de que, en este sentido, ha prestado y está prestando un gran servicio a la humanidad, impulsando la lucha contra la miseria, la injusticia, las discriminaciones de todo tipo...


La Constitución pastoral Gaudium et spes, nº 43 nos dice: "Se equivocan los cristianos que con el pretexto de que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta de que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas... El cristiano que falta a sus deberes temporales falta a sus deberes para con el prójimo, falta a sus deberes para con Dios y pone en peligro su eterna salvación".


Es un gran error pensar que la práctica de la religión consiste solamente en acudir a los actos de culto y que no tiene nada que ver con los trabajos y asuntos temporales (como la economía, la política, la cultura...) Es lo que el Concilio llama "divorcio entre la fe y la vida diaria". Por eso es un mal cristiano quien no se compromete en serio, en la medida de sus posibilidades, a mejorar este mundo.


Recordemos aquella frase: “Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada”. Pero si la misión de la Iglesia es, precisamente, colaborar a hacer un mundo mejor y, además, a conseguir la salvación eterna, y eso lo hace, está prestando un gran servicio a la humanidad.



"Gracias, Señor, por la Iglesia. De veras que no entiendo a los que dicen que creen en ti, pero no creen en ella.¿Para qué hacen falta intermediarios? ¿Para qué hace falta la Iglesia?, balbucean. De nuevo te digo: gracias por la Iglesia. Gracias a ella me ha llegado tu palabra, gracias a ella he podido conocerte. Si su voz se apagara en este mundo, ¿quién podría gritar en favor de los más débiles? ¿Quién podría recordar que tu eres Padre y que son los otros hombres mis hermanos?Ayúdanos, Señor, a amar a tu Iglesia, a trabajar con ilusión en ella, a descubrir la tarea tan inmensa que tú has puesto en nuestras manos. Amén".

LA SANTA CUARESMA.


La Cuaresma es el tiempo litúrgico de conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. Es tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo.


La Cuaresma dura 40 días; comienza el Miércoles de ceniza y termina antes de la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santo. A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes que debemos vivir como hijos de Dios.


El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa luto y penitencia. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de conversión espiritual; tiempo de preparación al misterio pascual.


En la Cuaresma, Cristo nos invita a cambiar de vida. La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un camino hacia Jesucristo, escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo y haciendo obras buenas. Nos invita a vivir una serie de actitudes cristianas que nos ayudan a parecernos más a Jesucristo, ya que por acción de nuestro pecado, nos alejamos más de Dios.


Por ello, la Cuaresma es el tiempo del perdón y de la reconciliación fraterna. Cada día, durante toda la vida, hemos de arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos que se oponen a nuestro amor a Dios y a los hermanos. En Cuaresma, aprendemos a conocer y apreciar la Cruz de Jesús. Con esto aprendemos también a tomar nuestra cruz con alegría para alcanzar la gloria de la resurrección.


Al mismo tiempo, la ceniza que se nos impone al comienzo de este tiempo, es símbolo de penitencia, y bendecida por la Iglesia, se convierte en un sacramental que nos mueve a desarrollar el espíritu de humildad y de sacrificio.


"Señor, hoy nos recuerdas que somos pecadores, invitándonos a la conversión radical de nuestras vidas. Hoy nos dices: conviértanse y crean en el Evangelio. Es una consigna de liberación de todo lo que nos degrada. He aquí la tarea de la cuaresma en camino hacia la pascua. La ceniza es garantía de resurrección del hombre nuevo. Queremos despojarnos de la hipocresía que nos corroe. Que sepamos buscarte y agradarte en lo secreto. Queremos rehacer nuestra opción bautismal para llegar a la noche de la vigilia pascual como hombres y mujeres nuevos, renacidos de tu Espíritu. Amén".


14 de febrero de 2009

San Valentín, presbítero y mártir.


Según los escritos antiguos y la tradición, San Valentín, fue presbítero y mártir cristiano de la Iglesia primitiva. Valentín, junto con San Mario, y su familia, socorría a los mártires de la persecución de Claudio II. Su virtud y sabiduría le habían granjeado la veneración de los cristianos y de los gentiles. Mereció el nombre de "Padre de los pobres" por su caridad y su celo pastoral. Obligado a apostatar de la fe en Cristo, fue detenido, encarcelado, encadenado y apaleado con mazas. Ante tanta fortaleza en el martirio, fue enviado por el emperador al prefecto de Roma, quien al ver que todas sus promesas para hacerlo renunciar a la fe eran ineficaces mandó a que lo decapitaran. Esto tuvo lugar el 14 de febrero del año 270. Parece que fue el Papa Julio I quien hizo construir una iglesia cerca de Ponte Mole en memoria del mártir. La mayor parte de sus reliquias están ahora en la iglesia de Santa Praxedes. La costumbre sajona de que los jóvenes y las doncellas se escogieran como prometidos en este día, probablemente se basa en la creencia popular que encontramos relatada en la literatura desde los tiempos del poeta inglés Chaucer, de que los pájaros comenzaban a formar parejas el día de San Valentín. “Yo soy la luz del mundo. Quien me sigue, no anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan, 8, 12).

12 de febrero de 2009

En el día del enfermo.

Cada 11 de febrero, fiesta de Ntra. Sra. de Lourdes, la Iglesia celebra el día del enfermo. Aunque se les recuerda en un día concreto, todos los días son "día del enfermo". Recemos por ellos, por los enfermos de nuestra familia, de nuestra parroquia, de nuestro mundo, por toda la gente que sufre a nuestro alrededor, en muchos hogares, en los hospitales, en las residencias... Por todos ellos, por los que los cuidan, para que el Señor los llene de su paz, de su amor, de su consuelo... y también por los que tarde o temprano tendremos que abrazar la cruz del dolor, la enfermedad y el sufrimiento, recemos esta oración del Papa Juan Pablo II.

Señor, Tu conoces mi vida y sabes mi dolor,
haz visto mis ojos llorar,
mi rostro entristecerse,
mi cuerpo lleno de dolencias
y mi alma traspasada por la angustia.

Lo mismo que te pasó a ti
cuando, camino de la cruz,
todos te abandonaron.
Hazme comprender tus sufrimientos
y con ellos el Amor que Tu nos tienes,
y que yo también aprenda
que uniendo mis dolores a Tus Dolores
tienen un valor redentor por mis hermanos.

Ayúdame a sufrir con Amor,
hasta con alegría.
Si no es ¨posible que pase de mí este cáliz¨.
Te pido por todos los que sufren:
por los enfermos como yo,
por los pobres, los abandonados, los desvalidos,
los que no tienen cariño ni comprensión y se sienten solos.

Señor: Sé que también el dolor lo permites tu
para mayor bien de los que te amamos.
Haz que estas dolencias que me aquejan,
me purifiquen, me hagan más humano,
me transformen y me acerque más a Tí. Amén.

29 de enero de 2009

Doctor Angélico.


Santo Tomás de Aquino, conocido también como el Doctor Angélico, es el filósofo escolástico de mayor trascendencia y uno de los más importantes filósofos cristianos de todos los tiempos, nació en Roccasecca (cerca de Aquino, Italia) en 1224. Tras realizar sus primeros estudios en el monasterio benedictino de Monte Cassino y en la Universidad de Nápoles, ingresó con veinte años de edad en la orden de dominicos. Marcha a París y allí estudia con San Alberto Magno, quien será su maestro.
Tomás era de cuerpo grande y solía presenciar las clases desde los últimos lugares, tomando apuntes y permaneciendo en silencio. Sus compañeros lo llamaban "el buey mudo", y según cuenta la tradición, San Alberto Magno dijo al respecto: “este buey mudo un día llenará al mundo con sus bramidos”, y por la bastedad y la repercusión de sus escritos, podemos decir que así fue.
En 1252 retornó a París para graduarse como Maestro de Teología. Enseñó en París entre 1256 y 1259, y continuó luego con esta labor en distintas ciudades italianas. Se estableció nuevamente en París en 1269 y en 1272, retornó a Nápoles. Redactó mientras tanto sus dos obras fundamentales: la Suma contra gentiles y la Suma teológica.
Murió en el año 1274, mientras viajaba al Concilio de Lyón, en el monasterio cisterciense de Fossanova.
Entre sus obras encontramos los Comentarios a Aristóteles, La Suma Teológica (su obra más extensa) es una presentación completa y simplificada de su pensamiento en Teología. La Suma contra gentiles, es una fundamentación más profunda de los temas tratados. Entre las cuestiones disputadas se destacan De Veritate y De Potencia.
Al mismo tiempo, sus demostraciones de la existencia de Dios, conocidas como "Las Cinco Vías", han tenido a lo largo de estos siglos, una trascendencia enorme.

27 de enero de 2009

Eucaristía y comunión.


Como nos dice el Papa, durante la celebración de la Misa, el altar se convierte, de cierta forma, en punto de encuentro entre el Cielo y la tierra; el centro, podríamos decir, de la única Iglesia que es celeste y al mismo tiempo peregrina en la tierra.

Cada celebración eucarística anticipa el triunfo de Cristo sobre el pecado y sobre el mundo, y muestra en el misterio el fulgor de la Iglesia.

La presencia real de Cristo en la Eucaristía, nos dice Benedicto XVI, es una presencia dinámica, que nos aferra para hacernos suyos, para asimilarnos a él; nos atrae con la fuerza de su amor haciéndonos salir de nosotros mismos para unirnos a Él, haciendo de nosotros una sola cosa con Él.

Pero una cosa fundamental al celebrarse la Eucaristía, es la unidad de los hermanos en la fe. Podemos preguntarnos, si posible estar en comunión con el Señor si no estamos en comunión entre nosotros, o si podemos presentarnos ante el altar de Dios divididos, lejanos unos de otros.

Es necesario el perdón y la reconciliación fraterna antes de comulgar. Nuestra alma debe abrirse al perdón y a la reconciliación fraterna, dispuestos a aceptar las excusas de cuantos nos hayan herido y dispuestos siempre a perdonar.

Cuando los creyentes estamos unidos por la caridad, y tomando la frase de San Agustín, nos convertimos verdaderamente en casa de Dios que no teme derrumbarse.

En este sentido, es urgente la necesidad no sólo de la comunión, sino también de la corresponsabilidad, pues la comunión eclesial es también una tarea confiada a la responsabilidad de cada uno.

Que el Señor nos conceda una comunión cada vez más convencida y operante, en la colaboración y en la corresponsabilidad en todos los niveles: entre obispos y presbíteros, consagrados y laicos, y entre las distintas comunidades cristianas.

26 de enero de 2009

La conversión de San Pablo.


Celebramos la Fiesta de la conversión de San Pablo. Con esta fiesta, la Iglesia recuerda y conmemora uno de los mayores acontecimientos ocurridos en los tiempos apostólicos; la conversión del que fue perseguidor y fanático exterminador de la naciente comunidad cristiana. Es ver morir al judío radical, y presenciar el nacimiento esplendoroso del cristiano y del apóstol". San Jerónimo afirmaba que "El mundo no verá jamás otro hombre de la talla de San Pablo".

La vocación de Pablo es un llamamiento personal de Cristo, y que tiene como respuesta la generosidad. En los santos Evangelio hay otros llamamientos personales del Señor, pero son llamadas que tuvieron por respuesta el no seguimiento y la no perseverancia.

San Pablo será ahora tras su conversión al Señor, como un fariseo al revés. Antes, sólo la Ley de ahora en adelante, únicamente Cristo será el centro de su vida. Por ello, Pablo es llamado "el Primero después del único".

Normalmente los llamamientos del Señor son mucho más sencillos, menos espectaculares. No suelen llegar en medio del huracán y la tormenta, sino que se presentan en medio de la suave brisa de los acontecimientos ordinarios de la vida, Todos tenemos nuestro camino de Damasco y a cada uno de nosotros nos llama el Señor en el tramo más inesperado del camino a ser sus discípulos.

Discípulo, por tanto, no es alguien que abandona algo; es aquel que, respondiendo decididamente a una llamada, ha encontrado a alguien. Lo que uno cree que ha perdido, se compensa con creces, y luego termina siendo una ganancia. El propio Pablo llega a afirma: "Todo lo que para mí era ganancia, lo tengo por pérdida comparado con Cristo. Todo lo tengo por basura con tal de ganar a Cristo. Sólo una cosa me interesa: olvidando lo que queda atrás y lanzándome a lo que está delante, corro hacia la meta, hacia el galardón de Dios, en Cristo Jesús".

Que siguiendo el ejemplo de Pablo tras su conversión, también nosotros sepamos estar siempre prestos a escuchar la voz del Señor y a trabajar incansablemente por la extensión del Reino.

11 de enero de 2009

En la fiesta del Bautismo del Señor


Las fiestas de Navidad, ya han finalizado, y comienza el Tiempo Ordinario en la Liturgia de la Iglesia.

Después de estas fiestas de Navidad y de Epifanía, que hemos vivido, la Iglesia nos invita este domingo, a contemplar los hechos y las enseñanzas de Jesús en el inicio de su vida pública, inaugurada con su Bautismo en el río Jordán.

Ahora es el tiempo de vivir con Jesús, proclamando la venida del Reino de Dios. Ahora es el tiempo de compartir la gloria del Señor, aclamado por todos como el salvador de Israel, pero además, es el tiempo de seguir a Jesús hasta el Calvario, para entrar por siempre en la Gloria del cielo.

El bautismo para el cristiano, es el sacramento por el cual nos incorporamos a la Iglesia, es la puerta que se nos abre para seguir a Jesús y entrar en su vida inmortal.

Juan Bautista bautizó con agua; Jesús ahora nos bautiza en el Espíritu Santo. Porque este es el Espíritu de Amor que, en el momento de la Creación, aleteaba sobre la superficie de las aguas, y este es el mismo Espíritu de Amor que condujo a Jesús a ofrecerse por Amor, a su Padre, para todos los hombres.

Jesús es nuestro Salvador: él está puro de cualquier pecado. ¿Entonces por qué lo bautizó Juan? Simplemente, para que se manifestara visiblemente en Jesús, la gloria del Padre, por medio del Espíritu Santo.

No nos olvidemos: el Espíritu Santo está ahí para recordarnos todo lo que el Señor ha dicho y hecho. El Espíritu Santo invita a la Iglesia a vivir otra vez la humildad de su Maestro, de manera que ella pueda compartir, un día, la Gloria de su Resurrección.

En el Bautismo, recordamos que Jesús fue glorificado por su Padre: Jesús se humilló ante Juan el Bautista, y su Padre manifestó su Gloria, Omnipotencia y su amor para con Él. Pero es el Espíritu Santo que viene para manifestar su presencia, visible, corporal, bajo la forma de una paloma nada más ser bautizado.

También nosotros hemos recibido en el sacramento del Bautismo al Espíritu Santo, que hace posible en nuestra existencia una vida nueva como hijos e hijas de Dios para en todo amarlo y servirlo, participando así en su reino de amor y de paz, en esta vida y en la eterna. Pero para que esto sea posible en nosotros, depende de la disposición que tengamos para escuchar y poner en práctica sus enseñanzas, identificándonos con Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y el Servidor por excelencia. Hoy es un día para recordar nuestro propio bautismo y darle gracias al Señor por abrirnos las puertas de la Iglesia, de la gran familia de los Hijos de Dios. Hoy es un día propicio, para renovar nuestra fe, la fe que nuestros padres nos transmitieron, la misma fe que hace que descubramos cada día en Jesús, a nuestro Dios y Señor, al Salvador del mundo.

1 de enero de 2009

SANCTA MARIA, MATER DEI.


Hoy, como cada 1 de enero, celebramos a Nuestra Señora bajo el título de Madre de Dios. La Iglesia Católica quiere comenzar el año pidiendo la protección de la Santísima Virgen María. La fiesta mariana más antigua que se conoce en Occidente es la de "María Madre de Dios". Ya en las Catacumbas o subterráneos más antiguos, cavados debajo de la ciudad de Roma y donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Santa Misa, en tiempos de las persecuciones, hay pinturas de la Virgen María con este título de "María, Madre de Dios".

Si nosotros hubiéramos podido formar a nuestra madre, ¿qué cualidades no le habríamos dado? Pues Cristo, que es Dios, sí formó a su propia madre. Y ya podemos imaginar que la dotó de las mejores cualidades que una criatura humana puede tener.

Pero, ¿es que Dios ha tenido principio? Sabemos que no. Dios nunca tuvo principio, y la Virgen no formó a Dios. Pero Ella es Madre de Jesús, segunda persona de la Santísima Trinidad, el Verbo hecho carne en las entrañas puras de la Virgen Santa y por eso, la Virgen María es la Madre de Dios.

Decía San Estanislao: "La Madre de Dios es también madre mía". Quien nos dio a su Madre santísima como madre nuestra, en la cruz al decir al discípulo que nos representaba a nosotros: "He ahí a tu madre", ¿será capaz de negarnos algún favor si se lo pedimos en nombre de la Madre Santísima?

Cuando en el año 431 el hereje Nestorio se atrevió a decir que María no era Madre de Dios, se reunieron los 200 obispos del mundo en Éfeso, e iluminados por el Espíritu Santo, declararon: "La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios". Y acompañados por todo el gentío de la ciudad que los rodeaba portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén".

El título "Madre de Dios" es el principal y el más importante de la Virgen María, y de él dependen todos los demás títulos y cualidades y privilegios que Ella tiene.

Los santos muy antiguos dicen que en Oriente y Occidente, el nombre más generalizado con el que los cristianos llamaban a la Virgen era el de "María, Madre de Dios".
Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis.